El Evangelio EL EVANGELIO DEL DOMINGO - Pbro. Mario Ramón Tenti

Si quieres, puedes limpiarme

Marcos 1, 40-45

11/02/2018 -

Marcos convierte en misionero este relato de curación de un leproso, porque tiene como finalidad acompañar el proceso de evangelización de la Iglesia naciente. Jesús no sólo anuncia la llegada del Reino de Dios, sino que lo hace presente a través de signos que muestran su poder sanante.

La enfermedad de lepra ocasionaba a una persona un sinfín de males, no sólo desde el punto de vista físico sino también social y religioso.

En la Biblia, en Levítico 13, 45-46 se dice al respecto: “el afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gritando: ¡impuro! ¡impuro! Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará sólo; fuera del campamento tendrá su morada”. A la exclusión y abandono del enfermo que tendrá que arreglárselas solo para vivir debemos sumar la marginación religiosa ya que la lepra era considerada un “castigo de Dios” por pecados cometidos. El leproso era considerado también “un pecador”.

El leproso se acerca a Jesús y con gestos suplicantes (se pone de rodillas) le pide ayuda. El confía en Jesús por eso le dice “si quieres puedes limpiarme”. Jesús siente compasión por el enfermo, por su situación de marginación social y religiosa e inmediatamente “extendió su mano, lo toco y le dijo: quiero, queda limpio. La lepra desapareció. No le importó tocar al leproso, a pesar de las prescripciones legales que lo impedían; para Jesús, las personas son más importantes que la ley, no teme a la crítica, su acción curativa sana, incluye, renueva la vida.

Después de curarlo, Jesús le mandó guardar silencio y presentarse ante el sacerdote para que pueda testificar la curación tal como estaba prescripto en la ley según lo relata Levítico 13.

La persona curada, lejos de guardar silencio, se convierte en pregonero de Jesús y su acción liberadora en favor del pueblo.

Conclusión

Hoy en nuestra sociedad, hay algunas enfermedades como las adicciones al alcohol y las drogas ilícitas, que pueden compararse en cierto sentido con la lepra, no por sus características y síntomas físicos, sino por la marginalidad y exclusión social y religiosa que infringe en quienes la padecen. Cientos de chicas y chicos en nuestra provincia sufren, a la par de su situación adictiva, exclusión social y religiosa. Ellos y sus familias deambulan en busca de ayuda, de contención, que les devuelva la salud, la dignidad de personas. Puertas cerradas, promesas incumplidas, discursos grandilocuentes sin ofertas concretas, burocracia y desencanto. La Iglesia tampoco está a la altura de las circunstancias. El proyecto sanador de Jesús que cura, incluye y devuelve la dignidad parece lejano a la praxis eclesial actual. Muchos de estos chicos se hunden en la tristeza, en la desesperanza y el olvido. Sólo son un número, una estadística. ¿Vamos a seguir abandonándolos? ¿Vamos a mirar a otro lado como si no existieran? ¿Cómo Iglesia vamos a seguir predicando un Jesús lejano a la realidad de la gente? En esto se juega nuestra credibilidad, y hasta la suerte de la fe en Jesús.

 
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