Padre Koffi Gilbert OPINA SANTIAGO

Protegidos de toda perturbación

Por el padre Gilbert - Párroco de Ma. Auxiliadora

04/03/2018 -

Hoy queremos hablar de la perturbación. Sabemos que es una alteración del orden, o la quietud de una cosa o de un ser humano. La perturbación se produce ante algunas situaciones traumáticas, por eso, durante la eucaristía, después del Padrenuestro, continúa el sacerdote diciendo “y protegidos de toda perturbación”.

Tenemos muchas perturbaciones en este mundo, como tenemos muchas tentaciones, y cuando éstas se presentan no sabemos qué hacer, y es Dios quien siempre está para protegernos.

En el Salmo 91 se nos muestra a ese Dios que nos protege, nos cuida y nos ayuda para sacar todos los obstáculos. ¿Quiénes no necesitan ser protegidos por Dios?

Hay momentos de necesidad; hay momentos en que podemos sentir la protección y el descanso de Dios, eso silencia cualquier situación y nos hace sentir que nos cuida.

A veces, podemos llegar a ignorar a Dios como protector y que es quien “tiene el poder de hacer que podamos refugiarnos en él” (Ezequiel 34-11,16).

Dios, como protector, nos protege físicamente y espiritualmente, no necesitamos otros objetos. Cuántas veces hemos visto que se fabrican crucifijos o imágenes de santos que dicen que nos van a proteger y eso no es cierto, porque es la gracia de Dios, es Él mismo quien nos protege y nos hace superar todas las perturbaciones y todo lo que puede hacer que no vivamos en paz.

Hoy hay muchos que buscan protección en todos lados, hay que saber que es Dios quien siempre protege y quien da la posibilidad para que podamos vivir.

En el Salmo 91 dice: “Él te liberará del lazo del cazador y del azote de la desgracia; te cubrirá con sus plumas y hallarás bajo sus alas un refugio; no temerás los mitos de la noche ni las flechas disparadas de día; ni la peste que avanza en las tinieblas, ni la plaga que azota a pleno sol”.

Entonces, esta manera de vivir, hoy puede darnos a nosotros la posibilidad de vivir con confianza.

“Aunque caigan mil hombres a tu lado y diez mil a tu derecha, tú estarás fuera de peligro, su lealtad será tu escudo y armadura; sus manos te habrán de sostener para que no tropiece tu pie en alguna piedra; andarás sobre víboras y pisarás cachorros, pero vas a vivir, pues a mí se acogió, lo liberé y lo protegeré, pues mi nombre ha conocido. Si me invoca yo le responderé y en la angustia estaré junto a él, lo salvaré, le rendiré honores, alargaré sus días como desea y le haré ver mi salvación”.

Tenemos todo para vivir nuestra fe. Tenemos todo para vivir con quietud, con paz, con tranquilidad. No busquemos en curanderos protecciones; no busquemos en las personas que dicen que tienen poder para protegernos, es la gracia de Dios la que nos protege.

Cuidado, porque también se puede pensar que el sacerdote tiene la gracia y sana, pero no, es Dios quien sana, que protege y da todo. Con él nada nos puede faltar.

A veces podemos dudar de esa presencia. El Salmo 22 es el salmo de esperanza, de confianza, para superar todo. Y dice: “El Señor es mi pastor; él es el pastor verdadero, no va a huir cuando hay que protegernos y defendernos; nada me puede faltar. El señor es mi pastor, él guía mis pasos y me hace reposar; a las aguas del descanso me conduce; reconforta mi alma; por el camino del bien me dirige por amor a su nombre, aunque pase por quebradas muy oscuras, no temo ningún mal, porque está conmigo. Con su vara y su bastón, al verlas voy sin miedo, irá conmigo la dicha mientras dure mi vida. Mi mansión será la casa del Señor por largos y largos días”.

Entonces, hermanos y hermanas, cuando el sacerdote continúa después del Padrenuestro, es para darnos a nosotros esas palabras de consuelo, de fuerza y sobre todo, de esperanza. Que nuestra vida no sea una vida de miedo, para vivirla sin pensar que Dios está cerca de nosotros, y así podremos llegar a superar todas las perturbaciones y dar testimonio.

Que nuestra Madre, que nunca ha aceptado esas perturbaciones, vivía esa serenidad y esa paz. Que ella sea para nosotros una oportunidad para imitar esa serenidad y dejar a Dios obrar en nuestras vidas, para que seamos testigos de ese Dios, sin inquietudes, sin angustias; sin tristezas, hoy y para siempre. Amén.

 
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