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Lectura del santo evangelio según san Marcos 4,26-34

- 23:35 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”. Dijo también: “¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas. Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado”. Comentario Todos los cristianos, incluso todos los reconocidos como santos, estamos atravesados por la formaleza y la debilidad. Y hay momentos en los que la debilidad prevalece en nuestro estado de ánimo. Un ejemplo de ello, lo tenemos en San Timoteo, “hijo querido” de Pablo. ¿Qué hace San Pablo para animar a Timoteo? Le habla al corazón y la habla a la inteligencia. Hablándole al corazón, con expresiva ternura, le dice: “Tengo siempre tu nombre en mis labios cuando rezo, de noche y de día. Cuando me acuerdo de tus lágrimas, ansío verte para llenarme de alegría”, y le recuerda la fe de su madre y de su abuela. También le habla a su inteligencia, dándoles razones para que recupere fuerzas y “avive el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos”. Para ello, nada mejor que acudir a Jesús: “Acuérdate de Jesucristo” y de todo lo que ha hecho contigo y con todos sus seguidores. Acuérdate que te llamó a ser su amigo y te demostró su gran amor, acuérdate que siempre camina a tu lado, acuérdate que llenó tu vida de su luz ante los grandes interrogantes humanos, acuérdate de que al final de tu vida te estará esperando para invitarte al banquete eterno de su amor... Haciendo memoria de Jesucristo, Timoteo, recuperó el buen ánimo y “soportó los trabajos por la causa del Evangelio”. A Pablo, a Tito, a Timoteo... a todos los cristianos, cada uno desde su situación, nos tocan tres cosas. Primera, predicar el evangelio, es decir, sembrar la semilla de la Palabra de Dios allí donde estemos. Segunda, hacer que germine y dé fruto en nuestra propia persona. Tercera, ayudar a otras personas a que acojan bien, sean buena tierra, a Jesús y su evangelio. No olvidando nunca que “Pablo plantó, Apolo regó, pero el que da el crecimiento es Dios”. Nunca hemos de olvidar, en la tarea de predicar el evangelio, de sembrar la buena semilla del evangelio, lo que nos corresponde a cada uno. Pero siempre lo hemos de hacer sabiendo que es el gran regalo que podemos ofrecer a nuestros oyentes, porque acoger a Jesús y su evangelio es la mejor manera de vivir nuestra vida humana y encontrar la alegría, el sentido y la esperanza que todos anhelamos.

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