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Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 10,13-16

- 21:28 El Evangelio

En aquel tiempo, le acercaban a Jesús niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos. Reflexión La primera lectura nos relata parte de la historia de Dios con el hombre. Fue Dios quien creó al hombre. Le creó muy superior a todos los otros seres, de tal manera que solo él “fue revestido de un poder como el suyo y lo hizo a su propia imagen”. Por eso, no solo “le formó boca y lengua y ojos y oídos”, sino que dando un salto muy alto le regaló también “la mente para entender, lo colmó de inteligencia y sabiduría”. Con estas “armas”, sería capaz de distinguir entre bien y mal, disfrutar de las maravillas de toda la creación, descubrir las grandezas que había hecho el Señor en la creación y alabar su santo nombre. Al autor del Eclesiástico, todavía en el Antiguo Testamento, todo esto le parece mucho y tiene razón, pero para él la vida del hombre tenía un límite: la muerte, con la que todo se acababa. “El Señor formó al hombre de la tierra y le hizo volver de nuevo a ella”. Tuvo que venir Jesús, el Hijo de Dios, para que las maravillas que Dios ha hecho con el hombre se alargaran después de la muerte, con nuestra resurrección a un mundo de total y eterna felicidad. “Yo soy la resurrección y la vida, el que cree en mí aunque muera vivirá y vivirá para siempre”. Aceptar el Reino de Dios como un niño. El tema central de la predicación de Jesús fue el reino de Dios. “Se ha cumplido el tiempo, y el Reino de Dios está cerca: convertíos y creed en la Buena Noticia”. De manera directa o indirecta todas sus palabras giraban en torno al Reino de Dios, esa sociedad formada por todos los que aceptan la invitación de Dios a que sea él su Rey y Señor y que guíe y dirija toda su vida. Un Reino que ya empieza en este mundo pero que tendrá su plena realización al final de los tiempos, después de nuestra resurrección, cuando “Dios, sea todo en todos”, y el mal sea destruido para siempre y nuestra felicidad sea total. Jesús nos pide que aceptemos el anuncio del Reino de Dios por él predicado con la ingenuidad de un niño, que siempre cree todo lo que su padre le dice. “El que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Es decir, creyendo de arriba a abajo todo lo que nos dice Jesús sobre él, en el que depositamos toda nuestra confianza. Jesús es amor y es la verdad, nos ama entrañablemente y no nos puede engañar. El Reino de Dios ya ha empezado a cumplirse y su realización perfecta se va a realizar con nuestra resurrección. “Sé de quién me he fiado”.

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