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Evangelio según San Juan 21,1-19

- 23:29 El Evangelio

Ante la muerte de Jesús, sus discípulos habían dejado Jerusalén, ciudad hostil, y regresaron a su tierra de origen, Galilea, y a su antiguo trabajo de pescadores. Ahora, se encuentran juntos, a orillas del mar de Tiberíades, donde Jesús multiplicó los panes. Siguiendo una iniciativa de Simón –Pedro, embarcan todos para ir a pescar. Pero aquella noche no consiguieron nada. Y es que de noche, sin la presencia de Jesús, la pesca será inútil.

Al regresar, al amanecer, Jesús resucitado los espera en la orilla y los interpela: “¿muchachos tendrían algo de comer?” Ante la respuesta negativa, les dice: “echen la red al lado derecho de la barca y encontrarán”. El resultado fue sobreabundante, la red se llena de peces hasta el punto que no consiguen subirla a bordo. El discípulo que Jesús amaba dice a Pedro: “es el Señor”. Pedro se echó al mar y salió al encuentro de Jesús. Los de más discípulos vinieron con la abarca, arrastrando la red llena de peces y al llegar a la costa encontraron preparado un fuego de brasas y puesto encima pescado y pan. Luego, ante la orden de Jesús de traer los peces, Pedro subió a la barca y los sacó a tierra.

En este relato de aparición, el signo nos permite reconocer la tarea evangelizadora de la comunidad cuyo éxito depende de la presencia de Jesús que hace eficaz la acción de sus discípulos.

Luego, Jesús les dice: “vengan a almorzar”. Reunidos, él “toma el pan y se lo da, lo mismo hizo con el pescado”. El horizonte es claramente eucarístico, la comida atestigua la plena reconciliación entre el Señor y los discípulos que lo habían abandonado.

Conclusión

Después de la cena, Jesús interpela a Pedro acerca de su amor: “¿Me amas más que a éstos?” El amor a Jesús es la única exigencia que se le pide al discípulo, no sólo a Pedro, sino a todos los que escuchan el llamado y quieren seguirlo.

La Iglesia es la comunidad de los que aman a Jesús, sobre todo y principalmente los que lo aman con todo el corazón, los que lo consideran su tesoro más importante. Es esa la clave para entender lo que muchas veces pasa en nuestras comunidades, avejentadas, sin rumbo, sin reacción ante las necesidades del mundo, encerradas en sus propios límites. Nos falta el fuego del amor, la presencia resucitada de Jesús, que nos hace vivir en comunión y nos envía al mundo para ser sus testigos.

El amor a Jesús es la única carta de presentación de los discípulos, amor incondicional, que hace fecunda la tarea evangelizadora, porque acompaña gestos de misericordia, tal como los realizó Jesús, perdonando, sanando, cuidando la vida. El amor a Jesús debería ser la única razón del comportamiento del discípulo, de la acción de la Iglesia, no puede haber otra, así se hace fecunda, se multiplica, busca a los perdidos, a los últimos, llega con la alegría de la gratuidad, nada espera a cambio, sólo agradar al Señor y hacer felices a los hermanos.

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