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Lectura del Santo Evangelio según San Juan (6,60-69)

- 21:29 El Evangelio

En aquel tiempo, muchos de los discípulos de Jesús dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?”.

Sabiendo Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: “¿Esto os escandaliza?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, hay algunos de entre vosotros que no creen”.

Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: “Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede”.

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él.

Entonces Jesús les dijo a los Doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”.

Simón Pedro le contestó: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”.

Comentario

Los primeros discípulos y misioneros anunciaban de palabra y de obra la buena noticia de Jesús. La experiencia de Dios que encontramos en Jesús nos debe llevar a esa coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Nuestras comunidades cristianas están llamadas a tener el coraje y la valentía de anunciar el Reino de Dios con obras y palabras. No podemos conformarnos con la vivencia de una fe por costumbre, a medias, sin convicción.

San Óscar Romero en una homilía del 29 de octubre de 1978 decía: “Una comunidad cristiana se evangeliza para evangelizar. Una luz se enciende para alumbrar. No se enciende una candela y se mete debajo de un canasto, decía Cristo; se enciende y se pone en alto para que ilumine. Esto es una comunidad verdadera. Una comunidad de hombres y mujeres que han encontrado en Cristo y en su Evangelio la verdad y la siguen, y se unen para seguirla más fuertemente. No es simplemente una conversión individual; es conversión comunitaria, es familia que cree, es un grupo que acepta a Dios. Y, como grupo, cada uno siente allí que el hermano lo fortifica y que en momentos de debilidad se ayudan mutuamente y, amándose y creyendo, dan luz, son ejemplo, de tal manera que el predicador ya no necesita predicar cuando hay cristianos que han hecho de su propia vida una predicación”.

Después de la amplia revelación de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm sobre el pan de vida, los discípulos manifiestan su malestar y comentaban que un discurso así “¿quién puede hacerle caso?”. Delante del escándalo y la murmuración de los discípulos, Jesús puntualiza que “el Espíritu es quien da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que les he dicho son espíritu y vida”.

La fe en la persona de Jesús y el seguimiento son un don, es una gracia que se nos concede. Cuando no somos capaces de reconocer la vida nueva que Jesús nos da, nos pasa como a esos discípulos que se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Pidamos en nuestra oración que el Señor nos alimente siempre con el pan de su Palabra, con su cuerpo y su sangre, con su espíritu de vida. Haciendo nuestras las palabras de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.


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