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Cuando la patota cometió la salvajada brutal

- 10:22 Opinión

Dr. Carlos Iver Scaglione

Especialista en Medicina del Deporte Ex-Presidente del Santiago Lawn Tennis

La tipificación jurídica, responsabilidad penal y carradas de opiniones sobre el crimen, con mayor o menor espesura analítica, no le devolverán la vida al joven de 19 años y nos colocan en una endeble situación argumentativa. Soy de los que piensan que antes de escribir, hay que sentir. En un caso como éste, todavía más. Hay que sentir empatía con la víctima y su familia. Respetar su duelo, acompañarlo con palabras medidas y no hablar por decir algo, por quedar bien, con un sentido políticamente correcto de la oportunidad.

El asesinato de Fernando Báez Sosa perpetrado en Villa Gesell por un grupo de rugbiers, despertó polémica en torno a la relación entre rugby y violencia. Varios hechos similares se sucedieron este verano y parecen ser cada vez más habituales. ¿Existe en el deporte en sí algún aspecto que engendre la violencia desatada fuera de la cancha? ¿Cómo se cruzan estos aspectos con otras variables socioculturales? ¿Inciden las cuestiones de clase y de género?

Aunque las problemáticas como la violencia nocturna o la riña callejera no son privativas del rugby, sí es cierto que este deporte tiene un grado de compromiso físico muy fuerte y un nivel de violencia inevitable; además fomenta mucho la cuestión del grupo y la cohesión, lo que hace que en ciertas circunstancias la tendencia a la respuesta violenta sea más rápida.

Ningún deporte en sí mismo genera valores negativos; lo más relevante a la hora de analizar los fenómenos de violencia, son los factores “socioculturales”: aunque fue cambiando mucho, el rugby en sus comienzo estuvo reservado a la elite, es innegable que tiene algunas aristas conservadoras y, sobre todo, hay un gran machismo que lo atraviesa, pero hoy lo practican amplios sectores populares.

Nadie puede decir en público “somos mejores porque jugamos al rugby”, pero sí se puede decir “somos mejores porque tenemos tales valores”, es una manera socialmente aceptada de mostrarse superior, son algunas desviaciones que adoptan algunos.

Esta violencia se detenta en grupos de varones, en un deporte que en un 95 por ciento es practicado por hombres.

Las crónicas policiales reflejan que los varones actúan en manada no solo para golpear, también hay muchos casos de abusos y violaciones. El rugby existe una estructura en forma de “cadena”. El machismo también golpea a los varones, el que es un poco más ‘débil’ es víctima de los más ‘fuertes’ y después, como no existen espacios para que la víctima hable del tema, lo termina descargando sobre otro más ‘débil’ y así se genera una cadena interminable. Eso se naturaliza desde chico: ‘sos varón, sos fuerte y de vez en cuando es normal que te agarres a piñas’. Es un mandato incorrecto con el que aun se manejan ciertos padres.

Hay que criar chicos más libres, que sean capaces de empatizar con individuos de cualquier tipo de género y clase social.

Que sean o no jugadores de rugby los involucrados en cualquier hecho repudiable eso debería ser algo anecdótico, no central. Las verdaderas causas tienen que ver con la carencia de valores en general y de los niveles de educación de nuestros jugadores que viene de su entorno familiar primero y de las escuelas después. Familia, escuela, instituciones, es lo que los psicoanalistas denominan el desfallecimiento de la función paterna (desde ya, más allá del género de quien cumpla tal función).

La actividad lúdica constituye uno de los más genuinos y dignos recursos para que los impulsos primarios se encaucen por carriles civilizados: es lo que Freud denominó sublimación. Hasta hace un tiempo el rugby se destacaba por dejar en la cancha la violencia que no conviene aplicar en sus alrededores. Sin embargo, todo indica que el culto a la amistad y el respeto al árbitro ya no bastan para contener los impulsos de jóvenes muy fornidos, pero con escasos recursos para tramitar las insensatas demandas y provocaciones del entorno.

Mejor que mirar hacia otro lado o descargar responsabilidades en otras instituciones, ya es tiempo que los que tenemos responsabilidades en el deporte en general y los del rugby en particular tomen nota de las presiones que sus practicantes experimentan no bien la adolescencia asoma con sus irrefrenables ímpetus.

Por ejemplo: charlas y cursos sobre prevención contra todo tipo de violencia (o sea: violencia de género incluida) para jugadores y dirigentes, junto con la más calificada formación para los entrenadores de adolescentes deben ser tan, o más importantes, que practicar un scrum o una formación móvil. De hecho, tras lamentar el ominoso episodio, en estas horas la UAR ha prometido iniciar “un programa de concientización”. Más vale tarde que nunca.

Lo verdaderamente grave y doloroso es lo que señala Juan Branz. “No fue un acto de salvajismo”, sostiene el investigador del Conicet docente de la Universidad de La Plata y autor del libro Machos de verdad. Masculinidades, Deporte y Clase en Argentina. El experto asegura que el ataque en patota que terminó con la muerte violenta de Fernando Báez Sosa debe leerse en contexto: lo que pasó en la madrugada del domingo, en el marco de “un modo de ser varón y de vincularse con otros varones” no fue disruptivo, sino, por el contrario, “totalmente legítimo”.

Tiene que ver con lógicas propias que articulan la masculinidad dominante, que se organiza en múltiples aristas –sexuales, físicas, sociales, de clase– para determinar un modo de ser varón y de vincularse con otros varones. Lo que pasó es totalmente “legítimo”. No lo dice en modo celebratorio, por cierto sino que los que mataron a ese pibe estaban haciendo lo que ellos entienden que deben hacer. Para Branz no fue, como se dice, un acto de salvajismo. Fue un hecho que ocurre dentro de un sistema consciente y racional. Incluso premeditado, no la muerte pero sí el ataque, la pelea, demostrarle al otro quién es más fuerte, quién es “más hombre”.

La violencia es la forma para constituirse como varón y reafirmar esa identidad. Es el canal, la manera de relacionarse entre sí. Se reafirma la masculinidad, la clase, la heterosexualidad. Y en el rugby además se afirma el prestigio. En tendencia, la mayor parte de los varones del rugby se concibe como un sujeto prestigioso, y las peleas, el sometimiento hacia un otro, son necesarias para certificar ese lugar de poder.

La violencia es cultural y contextual, y lamentablemente se potencian en el grupo. Y no es exclusiva del rugby, los acontecimientos de diferentes espacios habitados históricamente por varones, como el ámbito de las hinchadas de fútbol o el sindicalismo, que hablan de una generalidad en la estructuración del ser varón a través de una trama que incluye violencias físicas y simbólicas. Una caja de herramientas que se va llenando de elementos: estos muchachos “solucionaron” así el conflicto, escogiendo el ataque entre su repertorio de herramientas con las que se manejan cotidianamente.

El alcohol puede tener efectos desinhibidores, pero no es el origen del conflicto. Lo mismo con la noche, es un factor de contexto. No lo vinculo directamente porque sería como poner el foco de los problemas de los jóvenes y adolescentes en el consumo de drogas y el alcohol, cuando los problemas tienen su foco en una estructura más amplia que configura los entramados sociales.

Alguna vez, Dante Panzeri, un maestro del periodismo dijo de su libro más célebre Fútbol dinámica de lo impensado que “no servía para nada”. Hago mía la frase. Esta columna tampoco sirve para nada, por el resultado que pueda producir. No es un llamado de atención, ni mucho menos está escrita desde un púlpito desde donde se disparan verdades sacralizadas. Me cuesta analizar lo que pasó. La salvajada de un ataque en patota contra una víctima indefensa.

Se apunta hacia el rugby y hay muertes de sobra para inferir que algo subyace ahí, en su masculinidad repotenciada, pero se dieron y se dan asesinatos en patota también en el fútbol. El de Emanuel Balbo, hincha de Belgrano de Córdoba en 2017 –lo arrojaron desde una tribuna-, por citar un ejemplo.

Cualquier campaña de concientización que busque antídotos contra la brutalidad de una manada de rugbiers, debería tomar en cuenta cuál es la única droga social legalizada y cuyo consumo está lejos de llegar a su techo. l


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