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El sueño del espejo

Por Miguel Fernando Massara

- 13:04 Viceversa

Cuando escuchó por primera vez los pasos detallados de la liturgia pensó que se burlaban de él y sus olores todavía frescos a colonia inglesa. Había descendido del ferrocarril con la idea de ver cómo iba aquello de los trenes en el país, los trabajos indispensables del tendal de hombres trenzando vías y la desesperación de sus superiores por ver la avanzada de los desbroces para nuevos sembradíos.

Había ocurrido en la pulpería de don Joao Pessoa Carranza. Un grupo de hombres demasiado viejos para esas horas de la noche y demasiado aletargados para esa vida de cuchilleros y adelantos de producción se hallaban en torno a una mesa. Tomaban caña bajo un candil que siempre hacía gestos de apagarse. -El único problema es conseguir un espejo grande –dijo uno de ellos, vaciando el vaso-. Era lo indispensable.

Según sus prejuicios de hombre soltero, pero avezado en el idioma y en las jugarretas de los ebrios, supuso que todo era falaz. El más anciano; terroso, rasgos de sembradío y manos de construir estructuras, explicó, usando los vasos, la botella y los cigarros de la mesa como ejemplo, cada cosa.

Lo hizo en el plenilunio de marzo. Había evaporado unos frasquitos de Peón en las brasas para adecuar el ambiente, echado las tres caladas de cigarro sobre un puñado de sal que luego diluyó en agua, para acabar con el espejo tirado bocarriba humede c ido con esas mezclas.

Miró a todos, con un ojo más cerrado que otro, haciendo un círculo perfecto sobre la madera de la mesa con su índice. <<Lo juro. Cuando el reflejo de la luna se vuelve rojizo, ya uno puede descender>>.

-¿Y qué hay?, preguntó uno de ellos. -Lo mismo que acá – repuso, dando caladas profundas al tabaco-. Pero no hay gente, sino estatuas. En medio del silencio que se hubo generado se levantó de súbito, se encaminó hasta la mesa y profirió, siempre con tónica de respeto y distancia, que no comprendía esa extraña idea de jugar con él. Sabían que los escuchaba, que los analizaba con precisión de hermeneuta, y le parecía de mal gusto ensar que él asumió aquel trámite de disquisición sólo para aprovecharse de alguno de ellos.

-Lo que hago es una especie de heurística – expuso, viendo los rostros pacíficos-. Es una disciplina del conocimiento. Explicó que sólo hacía aquello para comprender más el medio en que había empezado a vivir, lejos de las lluvias cotidianas y las callejas empedradas adornadas de ecos.

-Yo no miento, señor –aclaró el anciano-. Lo hice dos veces, y las dos veces regresé más avejentado.

Era un procedimiento tan certero e inapelable que no recomendaba siquiera atreverse a conseguir las cosas para el ritual.

Y el lugar era tan triste y dañino que las cenizas terminaban adhiriéndose a uno.

-Míreme –dijo, indicándose el rostro y la giba de edad-. Todavía no he llegado a los cincuenta.

Desde esa noche, siempre aferrándose a su practicidad científica, intentaba no echar un espejo en el piso las noches de luna llena.

<< ¿Y si así como podemos entrar algo pudiera salir?>>, había preguntado un sexagenario en aquella mesa. Mas nadie respondió.

La noche del martes, con un plenilunio desmesurado, se atrevió a echar el espejo en la tierra blanda del patio, cubrirlo de la película de agua salada y esperar a que la solidez del brillo se tornara claramente de oquedad. Nunca más volvió a saberse de él, pero se halló el vidrio resquebrajado por un perdigón de piedra caído por impulsos del azar. 

BIO DEL AUTOR

Miguel Fernando Massara tiene 33 años y vive en la ciudad de Frías. Escribe desde los 16, es un autodidacta que recientemente comenzó a publicar sus textos.

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