×

Historias de vida: 10 lecciones que aprendió un joven santiagueño al cumplir su sueño de vivir en Francia

Estudiaba abogacía hasta que se dio cuenta de que no era lo suyo. Su vocación era la programación. Y saltó detrás de ese sueño que lo llevó a vivir hoy en Francia.

- 09:25 Santiago

Gonzalo Díaz Ailán, es un joven santiagueño que actualmente está radicado en Lyon, Francia, donde lo sorprendió la pandemia de coronavirus a poco de haber llegado, sin nada en concreto, pero sí con un gran sueño: el de desarrollarse personal y profesionalmente como programador. Para eso se había ido de la Argentina. Para conseguir ese anhelo es que dio el gran salto, armado solo con su gran ambición y su fuerte convicción.

Hoy se desempeña como programador de una empresa francesa, y se esmera en el estudio del idioma francés para poder relacionarse con mayor fluidez y como para desarrollar también su ambición pedagógica.

Una ambición que la puso de manifiesto al redactar y difundir “10 lecciones que aprendí al cumplir mi sueño de vivir en Francia”, con el propósito de que su experiencia le sea útil a todos aquellos jóvenes que tienen sueños, que tienen ambiciones, que aman alguna profesión u oficio y que por diferentes motivos no se animan a perseguirlos.

En una de sus lecciones habla del miedo a dar el paso, algo que él mismo lo tuvo, pero que le sirvió como motivación.

Su historia

“Yo estudiaba abogacía en Santiago y cuando estaba en tercer año me di cuenta de que no quería ser abogado. Amaba la programación, estudiaba y tenía contacto fluido con esa actividad. Gracias a contactos de mi hermano en Buenos Aires, viajé y trabajé en una empresa como programador junior, como aprendiz”, relató en diálogo con EL LIBERAL.

Sobre por qué decidió luego ir a Francia, dijo que “no hay una razón principal” y porque en su vida siempre hubo cosas que lo relacionaron con ese país, desde “la literatura con El Principito y la filosofía política”, hasta “el idioma, la comida y los vinos”.

Gonzalo llegó dos días antes de que se declarase la cuarentena por la pandemia de coronavirus, por lo que tuvo que estar encerrado, lo cual no le impidió el contacto externo a través de las redes sociales para tratar de conseguir trabajo.

“No fue fácil. Me costaba con el idioma. Hubo momentos en los que quería abandonar, pero había trabajado tanto para esto, así que seguí adelante. Todos los días con entrevistas, mandando correos, enviando notas, rindiendo exámenes técnicos. Así junté propuestas de empresas, tuve tres concretas y al final me quedé con una que me pudiera contratar más rápido, porque había vivido tres meses ya con mis ahorros y se estaban acabando”, contó.

Según contó, se trata de una empresa pequeña, pero que a su vez lo subcontrató para una empresa que hace tecnología para abogados y escribanos, para lo cual encajaba perfectamente su perfil, ya que además de la programación tiene conocimientos jurídicos.

“De alguna forma le saqué provecho a lo aprendido en mi estudio de abogacía”, asegura.

Admitió que le gusta mucho la pedagogía, enseñar y transmitir, que se da en él de una manera natural, y que por ello quiere aprender a hablar con fluidez el francés.

Mensaje

Sobre lo que quiso dejar al publicar estas cosas de su vida, dijo: “A veces veo gente renegando, sufriendo o haciendo cosas que no quieren, y creo que todos tenemos la posibilidad de hacer un cambio en nuestras vidas. Algunos no tienen opción, pero hay quienes no lo hacen porque no se animan, tienen miedo, no creen en ellos mismos, quizás nadie los alentó a pensar de una forma distinta, y eso me parece una lástima”.

Invitó a los que puedan y se sientan identificados a que se animen a vivir su propia historia a través de la suya, sin considerar el qué dirán o sentir miedo.

“Cuando uno hace lo que ama, lo hace mucho mejor y el efecto se multiplica”, concluyó.

Las enseñanzas que le quedaron a Gonzalo

1 - Visualiza tus metas

Había terminado de cursar abogacía y estaba haciendo la práctica profesional en un consultorio jurídico junto a unos compañeros de la universidad.

En mi tiempo libre programaba de manera casual, practicaba y estudiaba con la intención de dedicarme a ser desarrollador una vez me recibiera de abogado (pequeño desafío que me había montado).

En ese entonces le conté a mi hermano que soñaba con viajar algún día a conocer la Tour Eiffel, y al poco tiempo me regaló este cuadro que colgué en mi habitación justo al lado de mi escritorio, mismo escritorio desde el cual estoy escribiendo esta nota ahora mismo.

Ariel (mi hermano) pensaba que tener ese cuadro cerca y verlo todos los días me ayudaría a visualizar mis metas y no abandonar mis objetivos; y cuán en lo cierto estaba.

2 - A veces dejamos cosas en el camino

Fui jugador y juez (arbitro) de “Magic: the Gathering” muchos años, más de 10 con toda seguridad. Para quienes no estén familiarizados, es un juego de estrategia con cartas coleccionables que mueve un mercado paralelo bastante interesante (más jugoso que algunos stock markets en rentabilidad, según mi opinión) y con el tiempo alcancé a formar una colección bastante decente en base a comprar y vender cartas por su valor económico.

Magic me ha dado muchísimo, me ha hecho viajar dentro y fuera del país, conocer gente, aprender mucho de otras personas, reflexionar, divertirme y hacer amistades que todavía perduran al día de hoy ¿Pero saben cómo visite Francia la primera vez y cumplí mi sueño de conocer la Tour Eiffel? Vendí prácticamente toda mi colección de Magic y me fui a Europa dos semanas. Al día de hoy creo que me quedé con lo mejor que podría haberme ofrecido el juego a nivel personal (amistades que duran para toda la vida y muchos viajes).

Supongo que a veces tenemos que dejar cosas de lado cuando tenemos un objetivo ambicioso en mente, y está bien que así sea, ya que mi percepción es que la vida suele darte más abundancia cuando estás dispuesto a desprenderte de las cosas.

3- Empezar es más importante que tener un plan meticuloso

Para el momento de mi primer viaje a Europa, ya había dejado de estudiar abogacía (cuento esa historia en este artículo) y empezaba a trabajar como programador en una startup de e-commerce junto a mi hermano. Durante el viaje me deslumbré conociendo Bélgica y Francia y comencé a hablar con un amigo muy querido de ahí sobre cuál sería el plan ideal para algún día volver a quedarme un buen tiempo. Para nosotros la idea fue clara: tenía que impulsar mi carrera de programador desde Buenos Aires (vengo de Santiago del Estero que es una ciudad mucho más chica) para poder insertarme en un mercado laboral importante, armarme de herramientas y aventurarme a viajar de vuelta. Era un plan ambicioso y había muchos detalles que faltaban por definir, pero el esqueleto me parecía bueno así que comencé.

Empecé a enviar CV’s a todas partes, contestar mails, enviar ejercicios prácticos y al cabo de 4 meses había reunido un par de entrevistas de trabajo para las cuales debía viajar a la capital para concretar ya que eran presenciales (también en parte quería causar la buena impresión de que había hecho semejante viaje solo porque realmente deseaba el puesto).

Era un plan ambicioso y había muchos detalles que faltaban por definir, pero el esqueleto me parecía bueno así que comencé.

Como fruto de todo este esfuerzo y una suma de factores oportunos, llegué a Almundo, la empresa que me recibió esos 3 años que viví en la ciudad.

Aunque en ocasiones no es claro cómo, cuándo o dónde vamos a terminar, es claro que la única forma de llegar a otro lugar es ponerse en movimiento.

4- Hay que ser consistente

En mi familia somos solo 3 personas, mi mamá partió hace un tiempo, por lo cual estamos solamente mi papá, mi hermano y yo.

Cuando me mudé a Buenos Aires, mi padre de repente se encontró con que tenía a sus dos hijos no solo fuera de la casa, sino fuera de la ciudad. Es así que entre los 3 resolvimos que sería buena idea pasar unas vacaciones juntos porque no sabíamos cuándo lo podríamos repetir.

El destino: Europa. Puntualmente España, Francia e Inglaterra. Tanto mi hermano como mi papá se habían ilusionado con las historias de mi viaje por el viejo continente y deseaban conocerlo.

El segundo viaje me permitió reafirmar la determinación con la que ya venía del primero, y como a la capital me había mudado con pocas cosas, no había llevado conmigo el cuadro que me regaló mi hermano. Decidí entonces comprar esta pequeña miniatura de la Tour Eiffel. Quizá no era mucho, pero verla todos los días en mi escritorio al volver del trabajo me permitía volver a mentalizar el objetivo.

5- Sé optimista y persistente

Este pequeño y gracioso juguete es probablemente uno de los mejores y más originales regalos que se le puede hacer a alguien. Me lo regaló un amigo cuando volvió de su viaje por Japón y se llaman Daruma.

El muñeco está basado en Bodhidharma, un monje budista que, según cuenta la leyenda, perdió sus brazos y piernas tras meditar 9 años en esa posición, quedando firme como una roca.

Cuando a uno le regalan uno de estos juguetes, viene con los dos ojos completamente en blanco y uno debe definir un objetivo y pintar la pupila izquierda, entonces el Daruma servirá como un recordatorio de esa tarea que debe ser terminada. Una vez alcanzada la meta debe pintarse la pupila derecha. Obviamente lo utilicé pensando en mi viaje a Francia.

Como detalle muy interesante, tiene un peso extra en la base, lo cual hace que sin importar de dónde caiga, como lo golpeen o muevan, siempre va a volver a su posición de reposo. Un recuerdo de que a la vida hay que enfrentarla con optimismo y persistencia.

6- Si no tuvieras miedo ¿Qué harías?

La duda y el miedo han sido excelentes aliadas de nuestros antepasados a la hora de escapar de un depredador o ponderar riesgos ridículos que podían comprometer su integridad física y su salud, pero hoy en día son una especie de sesgo cognitivo a la que nos enfrentan a peligros ilusorios.

Bueno, en mi caso habían pasado dos años en los que hice una carrera de la cual estoy orgulloso, crecí como persona y profesional y reuní las herramientas que necesitaba para emprender mi viaje, pero sin embargo, empecé a llenarme de dudas ¿Estaba listo? ¿Y si me iba mal? ¿Podré adaptarme? Son todas preguntas que uno razonablemente puede hacerse y que me paralizaron por casi un mes, pero al final del día la única verdad es que nunca sabrás si no lo intentas y cualquier otra especulación es solo eso: especulación.

7- “Las paredes están allí por una razón…"

Una vez que finalmente superé mi proceso de duda y me di cuenta que no habían excusas para postergar mi sueño, tomé cartas en el asunto. Como argentino y sin ascendencia europea inmediata, no contaba con una ciudadanía europea y debía optar por alguna de las múltiples visas que el estado francés otorga cada año para poder trabajar en el país.

Ponderé muchas cosas pero finalmente opté por una VVT (Visa de vacaciones y trabajo) luego de investigar bastante e informarme.

Al día siguiente de haber tomado la decisión, me entero que todas las visas del año habían sido tomadas y que no se entregarían más hasta el año siguiente…

Sobra decir que me sentía bastante torpe por demorar tanto tiempo en tomar una decisión y me desmoralicé mucho en el momento. No obstante, me acordé que “Las paredes están allí por una razón”. En ese tiempo me dediqué a reforzar mis estudios de programación y me inscribí en la Alianza Francesa para no decaer en mis conocimientos del idioma. Si quería viajar el año próximo, bastaba con prepararme y poco a poco hacer cosas para que lo que yo deseaba ocurriera.

A veces tenemos que movernos aún si no parece que nuestros esfuerzos fueran a tener un resultado inmediato en nuestras vidas.

8- ¡Piensa fuera de la caja, improvisa, toma riesgos!

Fueron meses de mucha preparación. En ese tiempo me sentía mucho más confiado con mis conocimientos y habilidades, pude aprender algo de francés y conseguí recolectar más información para mi viaje. Las cosas marchaban muy bien.

Hacía un mes se había confirmado que se habilitarían los turnos para visas VVT durante el mes de diciembre, pero nada se había dicho respecto al día o la hora. Me sentía bastante confiado en que conseguiría un turno con facilidad, más aún considerando que este año se emitían 900 visas en lugar de las 500 que se habían emitido el año pasado.

Era uno de los primeros días de diciembre, tenía que recuperar un examen escrito de francés y rendir un oral después de eso. Al salir de rendir, abrí mi compu y revisé las novedades ¡Cuál fue mi sorpresa al descubrir que en ese lapso de tiempo se habían habilitado 300 turnos y se habían acabado todos! Por lo pronto no iban a repartir más turnos hasta el siguiente mes. En poco más de una hora mis expectativas para el año entrante se comenzaban a esfumar como polvo en el viento.

Resulta que mi país no está pasando por su mejor momento económico ahora, por lo cual muchos jóvenes deciden probar suerte afuera, y eso provocó que este año las visas fueran mucho más demandadas que años anteriores.

La frustración fue muy grande e inmediatamente me culpe por ser tan confiado y despistado. Sin embargo un pensamiento se asomó con mucha fuerza en mi mente: “¿Cómo hago para que no me ocurra de nuevo?”. La respuesta no se hizo esperar dentro de mi cabeza: “Sos programador ¡Tu trabajo diario es resolver problemas y automatizar procesos!” ¡La base de la ingeniería es resolver problemas! Iba a desarrollar una solución que pudiera conseguirme un turno por mí.

Es así que comencé a hablar con amigos y colegas, leer, informarme, intentar un par de cosas y llegué a la conclusión de hacer mi propio “scraper” para la tarea. Este “scraper” sería una suerte de programa o “robot” que se encargaría de entrar al sitio del consulado francés por mí y reportarme cuando hubiese un turno disponible las 24 horas del día, los 7 días de la semana ¿Funcionaria? No lo sabía, pero había que intentarlo. Tenía que confiar en lo que se me daba mejor en el momento: programar.

9- Tarda en llegar y al final hay recompensa

Los detalles técnicos de este pequeño programa son material para otro artículo, pero si algo quisiera compartir de esta experiencia es la idea de sacrificio y recompensa.

A pesar de que varias veces en mi trabajo tuve que automatizar tareas, no sabía absolutamente nada sobre “scraping” salvo lo más básico, nunca había hecho nada así antes, así que el aprendizaje fue duro e intenso, más que nada porque quería tener mi solución andando lo más pronto posible. Leí al respecto, unos amigos me dieron recomendaciones y una mano con el programa en una ocasión, y al cabo de una semana y media de quedarme a programar después del trabajo, investigar mucho y de rechazar casi cualquier compromiso social, tenía una versión muy precaria y básica de mi programa andando. El programa corría cada 3 minutos aproximadamente (por limitaciones técnicas no podía correr más rápido), generaba reportes continuamente de si habían o no turnos disponibles (gran sorpresa, nunca había turnos) y me alertaba si algo fuera de lo habitual había ocurrido.

Bueno. El programa a veces también se equivocaba (fallo en la conexión, caída de algún servidor, etc) y me alertaba con una alarma. Cada vez que eso pasaba era un sobresalto sólo para ver que no habían turnos disponibles, una desilusión continua. La primera noche dormí con el programa corriendo y me despertó 3 veces durante la noche sin resultados efectivos. Ahí decidí que había llevado esto demasiado lejos y que si quería tener un descanso y una vida sana, debía elegir horarios para tenerlo corriendo. Opté por tenerlo corriendo durante el horario de trabajo, de modo que si alertaba, sería una pequeña distracción de 15 segundos y no todo un sueño estropeado, ni tampoco el estrés de estar en algún evento social cargando mi computadora.

Creo que me hice inmune a la desilusión en esa época. El programa daba reportes erróneos entre 5 o 6 veces al día. Me limitaba a revisar personalmente el resultado, comprobar si había o no encontrado algo útil, y luego reiniciaba el sistema. Este proceso se repitió a lo largo de casi 2 semanas. Fue así hasta que un día alertó a las 11 de la mañana estando en la oficina…

En esa ocasión, cuando sonó la alarma del programa, me dispuse a hacer todo el proceso de siempre con mucha apatía “Otra vez fallando…!” protesté en mi cabeza mientras revisaba el reporte y no lo pude creer: “Turno disponible 7 de enero 11am” decía el sitio del consulado. El corazón se me frenó por un segundo y pensé “No puede ser…”. Empecé a llenar el formulario inmediatamente ¡Todo el estrés, el trabajo y los sacrificios que había hecho finalmente dieron su fruto! Es cierto después de todo que “A la suerte hay que ayudarla con esfuerzo”.

10- “Suerte es lo que sucede cuando la preparación y la oportunidad se encuentran”

Mientras llenaba el formulario de solicitud de visa en mi oficina, me di cuenta de un detalle no menor. Para llenarlo necesitaba mi número de pasaporte “¡Pero claro!” pensé. Era bastante claro que si quería aplicar a una visa para ir a otro país necesitaba tener esta documentación a mano y no me sabía mi número de pasaporte de memoria.

En plena oficina, me saqué los auriculares, cerré la compu y dije “Me voy a almorzar a casa”, ya que contaba con la suerte de vivir a 3 cuadras de mi trabajo y volver a mi departamento para el almuerzo era algo que hacía de vez en cuando.

Creo que ese día nadie atravesó la 9 de Julio (la avenida más ancha de Buenos Aires) más rápido que yo. Corrí a mi casa como alma que se lleva el diablo.

Sobra decir que esta historia terminó bien, porque sino no estaría escribiendo este artículo. Llegué a mi casa, busqué el pasaporte, llené el formulario y envié la solicitud. En menos de 15 segundos recibí en mi mail la cita para presentarme en el consulado. No lo creía, leí y releí el mail varias veces, y solo cuando me convencí de que estaba todo bien, llamé a mi papá, a mi hermano y a mis amigos para contarles la gran novedad y festejar. Me sentía pleno y realizado.


Más noticias de hoy