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Historias de guerreros argentinos: anécdotas de valientes coroneles de la tierra y el mar

Por Eduardo Lazzari. Historiador.

- 23:32 Santiago

Las disputas que la Argentina ha librado a lo largo del siglo XIX han sido protagonizadas por jefes y soldados que se destacaron en las guerras continentales, desde los tiempos de la Independencia, pasando por la guerra contra el imperio del Brasil, hasta llegar a la contienda de la Triple Alianza, contra el Paraguay. Hay que destacar algo notable: la presencia de grandes guerreros, oficiales cuya actuación patriótica ha tenido además una impronta de fervor por la lucha, una valentía imposible de empardar y un arrojo que los convirtió en héroes épicos, muchas veces admirados no sólo por sus compañeros de armas, sino por el enemigo que los enfrentó.

Sin duda, hay que lamentar que estos personajes de nuestra historia no son protagonistas de una serie de televisión, de una saga de películas o de una obra de teatro, en artes que a veces muestran una pobreza argumental que la vida de un Rosales, un Espora o un Pringles enriquecería de una manera extraordinaria. Hoy, vamos por el camino de las anécdotas de estos coroneles que hicieron del combate su servicio a la Argentina.

Juan Pascual Pringles, el vencido de Chancay

La vida del “Vencido de Chancay” está marcada por una originalidad que lo convierte en el héroe máximo puntano. Su familia, formada por Gabriel Pringles y Andrea Sosa, se inicia en la colonia, desde el tiempo en que Juan Gómez Isleño, un español nacido en 1533 o 34, participó de la fundación de Mendoza y de San Juan, y cuyo hijo de igual nombre se casa a inicios del siglo XVII con una princesa india, Arocena Koslay, de la dinastía de los Michilingües. Así, Juan Pascual será linaje de un conquistador indiano y una noble americana.

La Revolución de Mayo lo encuentra a Pringles ejerciendo el comercio en la tienda de don Manuel Tabla, y al llegar a sus veinte años, se alista bajo las órdenes de Vicente Dupuy, en los tiempos en que gobernaba Cuyo el general José de San Martín, allá por 1815. Su primer destino fue la frontera sur, donde debió repeler los ataques de los ranqueles. El 7 de febrero de 1819 se produce en la capital puntana un levantamiento de los oficiales prisioneros de la campaña de Chile, episodio recordado como la “matanza de San Luis”, ya que los amotinados y los vecinos fieles al rey Fernando VII fueron ajusticiados en su gran mayoría. En esa circunstancia se destacan dos argentinos legendarios: Pringles y el riojano Juan Facundo Quiroga.

En 1819 Pringles cruza los Andes y se enrola como alférez en el regimiento de Granaderos a Caballo. Participa del desembarco de Paracas, en el Perú y ya en tierra, San Martín le encomienda llevar instrucciones secretas para las vanguardias libertadoras. El 27 de noviembre de 1820 Pringles y sus hombres fueron sorprendidos por una avanzada realista y en el combate de Pescadores, cerca del pueblo de Chancay, el puntano se arroja al mar antes que rendirse. Por ese gesto extraordinario el jefe enemigo Gerónimo Valdés, luego de capturarlo, les perdonó la vida a los argentinos, les permitió destruir los documentos que portaban y los remitió a la prisión militar de El Callao. Son Martín tomó ese baluarte realista el 21 de septiembre de 1821, liberó a Pringles, lo reincorporó al ejército y lo condecoró, al igual que a sus granaderos, con una curiosa medalla que señala: “Gloria a los Vencidos de Chancay”, única presea otorgada por San Martín para exaltar el valor de una derrota.

Pringles combatió en Pasco, Torata, Moquehua, Junín y Ayacucho. Terminada la guerra de la Independencia viajó en 1826 a Buenos Aires y fue destinado al frente de batalla en la guerra contra el Brasil. Combatiendo en Taim y Merim. De regreso, adhirió al bando unitario bajo las órdenes del general José María Paz. Se destacó en las batallas de San Roque y La Tablada y Oncativo, en Córdoba. El 10 de noviembre de 1829, ya como coronel, es nombrado gobernador de San Luis, cargo que ocupa un año.

Pringles es derrotado por los federales en San José del Morro, cerca de San Luis y a los pocos días, el 19 de marzo de 1931, en el lugar que desde entonces se llama Chañaral de las Ánimas, a orillas del río Quinto, fue alcanzado e intimado a rendirse, dijo que sólo lo haría ante Quiroga, el jefe adversario. A pesar de la orden del riojano de respetar la vida del héroe de Chancay, un soldado le disparó y moribundo fue llevado ante el “Tigre de los Llanos”, que lo vio morir. Quiroga, furioso, tomó en sus manos al soldado y le gritó: “¡Por no manchar con tu sangre el cadáver del valiente coronel Pringles, no te hago pegar cuatro tiros ya mismo!”.

El coronel Juan Pascual Pringles murió a los 36 años y fue sepultado en el campo de batalla. En 1860 sus restos fueron trasladados al cementerio de la capital puntana y finalmente reposan en la Catedral provincial.

Los coroneles de Marina Rosales y Espora: dos de los tres valientes

En los orígenes de la Patria, los escalafones militar y naval se imitaban, a tal punto que el primer jefe de la escuadra, el irlandés Guillermo Brown, revistaba como “general de marina”. Es interesante recordar que la primera ciudad bautizada en su honor en 1872 fue “General Brown”, al sur de Buenos Aires, hoy llamada Adrogué, en homenaje a su fundador. Los escalafones serían establecidos definitivamente en 1882 por el ministro Benjamín Victorica durante el gobierno de Julio A. Roca. Entonces los coroneles de marina se convirtieron en capitanes de navío. Es tarea del historiador contar los hechos tal como se produjeron en el pasado y contar todos los hechos. Por eso, el anecdotario de Rosales y Espora remite a los coroneles del mar que pelearon junto al general Brown.

Tomás Espora y Leonardo Rosales son los porteños que se convierten en los primeros oficiales de la flota argentina nacidos en el país. El combate de Quilmes, ocurrido entre el 29 y 30 de julio de 1826 durante la guerra contra el Brasil, puso a Brown no sólo frente al enemigo sino frente a algunos oficiales levantiscos como el capitán del “República”, a quien destituye con esta frase genial: “¡Retírese Mr. Clark de mi presencia, que no reconozco a más valientes que a Brown, Espora y Rosales!”. La cierta petulancia del comandante, que habla de sí en tercera persona, los convirtió para la historia en los “Tres Valientes”. Herido Espora, es trasladado inconsciente a la presencia del comandante. Cuando todos temen lo peor, reacciona Tomás y dice, con su rostro ensangrentado y ennegrecido por la pólvora: “No es nada, mientras viva la Patria”. En los días previos a Juncal, en febrero de 1827, Brown estaba concentrado en que todo estuviese listo para la batalla inminente, ya que la flota enemiga estaba cada vez más cerca. De pronto Rosales y Espora se le aproximan. Eran tan amigos uno del otro que incluso se los conocía como “los gemelos de la gloria”. El jefe percibe algo inusual. La expresión de ambos era severa y se advierte que ninguno le dirige al otro mirada o palabra alguna. Le formulan una petición insólita: habían decidido batirse a duelo y solicitaban permiso para bajar a tierra para efectuar el lance.

El viejo lobo de mar era muy estricto en las cuestiones de honor. Miró a sus oficiales y, en esa mezcla de castellano e inglés que lo acompañaría hasta sus últimos días, les dijo: “Ante todo, hay que postergar el encuentro. El enemigo está cerca y debemos salir en su busca. En cuanto a ustedes, les prometo que pronto se batirán”. Ambos asintieron. En los primeros escarceos de la batalla, Brown los llamó y dijo: “Llegó el momento de realizar el lance pendiente. No olviden que cuento con su promesa de cumplir escrupulosamente mis órdenes”. Espora y Rosales inclinaron la cabeza y el jefe prosiguió: “Dentro de unos momentos entraremos en combate. Nosotros estamos listos. ¿Distinguen ustedes la insignia de la capitana brasileña?... Van a atacar esa nave por ambos costados. Aquel de ustedes que consiga hacer arriar su pabellón, será el vencedor del duelo. La sangre de unos bravos como ustedes sólo debe derramarse en aras de la patria. Andando, pues”.

Espora y Rosales se lanzaron al combate de inmediato. La batalla fue dura y sangrienta y fue coronada por la victoria republicana. Cada uno se lanzó al abordaje que Brown les había ordenado. Luego de una ardua resistencia los imperiales se rindieron. Ambos coroneles corrieron hacia el palo que oficiaba de mástil, en el que la bandera enemiga comenzaba a caer. Los duelistas se miraron fijamente, y sin decir palabra, se dieron un fuerte abrazo. Atrás había quedado la rivalidad, y bien guardada en cambio, la unidad y fraternidad de dos oficiales legendarios de la historia argentina en el mar. Terminada la guerra, el prestigio de Brown lo puso a salvo de las luchas civiles. Fue el único almirante hasta su muerte en 1857. Perseguidos por Rosas, don Leonardo fue separado de la escuadra al ser incluido en la “Lista de Jefes perjudiciales por sus opiniones y conducta”, se exilió en el puerto de Las Vacas, en el Uruguay, y murió el 20 de mayo de 1836, a los 43 años. Sus restos fueron repatriados y hoy reposan en la iglesia de Punta Alta, frente a la base naval de Puerto Belgrano, y muy cerca de la base aeronaval que lleva su nombre. Don Tomás, calumniado por no adherir al partido federal, pidió la baja y se encerró en su casa porteña, que se conserva hoy en Parque de los Patricios y es un museo naval, donde murió el 25 de julio de 1835, a los 34 años. Brown, desafiando a todos, asistió al funeral en la Recoleta del primer argentino que dio la vuelta al mundo junto a Bouchard. Su entierro no fue registrado y se ha perdido su tumba. Crueles son los tiempos en que las ideas políticas no reconocen valentías, y ni siquiera permiten que los héroes descansen en paz.

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