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La enfermedad como oportunidad para transformarnos

Por Rosana Batalla.

- 23:50 Opinión

El kintsugi es un arte japonés que consiste en embellecer las zonas dañadas de un objeto, rellenando las grietas con hilos de oro. La técnica supone dejar visibles las restauraciones como símbolo de fuerza y belleza, pero también dando cuenta de que ha sufrido daño y tiene una historia. Así como la fragilidad de ese objeto pudo ser recreada en belleza, el corazón herido puede repararse con hilos dorados de amor.

Vamos andando la vida intentando atravesar puertas, cruzar puentes, yendo de un lado a otro, cumpliendo objetivos de acuerdo con un sistema de creencias que durante mucho tiempo ha sido nuestra red de contención: los vínculos fuertes y verdaderos con nuestros seres queridos, hábitos, sentires, pensares, épocas y geografías que habitamos, y la propia percepción del mundo, van aportando para que seamos quienes creemos ser, con aciertos y desaciertos porque, sencillamente, somos humanos.

Pero de repente ocurre. Ocurre que la vida duele. Ocurre que las sutiles grietas van desnudando las heridas, las superficiales y las más profundas. Ocurre que el alma nos habla a través del cuerpo.

En agosto de 2013, a mí me habló tan fuerte que me dejó paralizada. El título: cáncer de mama. La introducción: dos operaciones, quimioterapia (“se te va a caer el pelo”, dijeron), rayos y hormonoterapia por 5 ó 10 años.

Entonces, me asaltó un sentimiento de terror y ahogo y la idea de la muerte: mis hijas en ese momento tenían 11 y 16 años. Fue un miedo tan grande que me hundió en las profundidades del océano más oscuro.

Era el momento de comenzar a escribir el desarrollo de esta historia. ¿Pero cómo? ¿Cómo emerger a la superficie cuando el agua entraba por esas grietas de heridas cada vez más abiertas? ¿Hacia dónde empezar a buscar la luz, la corriente que me llevara a buen puerto? Si alguien me hubiese preguntado, en medio de ese naufragio: “Rosana, ¿qué quisieras cambiar?”, la lista hubiese sido bien larga. Pero quizá la pregunta debiera ser otra: “¿Qué quisieras conservar?”.

Los invito a hacer esta tarea. Verán que siempre es más fácil listar los cambios que anhelamos con la mirada puesta en el afuera, y nos perdemos la oportunidad de fortalecer aquello que está en nuestro interior. Mi respuesta, desde mi presente, es: libertad. Para comprender que “enterarme” de lo que me pasaba a través de mi cáncer era una posibilidad de “volverme entera, completa”, sacar todo aquello guardado en las sombras. Libertad para disponer de tiempo para observar, considerar serenamente las situaciones, reflexionar, luego determinar y entonces actuar. Paso a paso. Brother David dice: “Comienza donde estás, ahora, con lo que tienes”. Porque lo importante no es llegar, sino ir yendo.

Libertad para comprender que el miedo ante ese diagnóstico me había acercado a la muerte, no porque así me lo hubiesen anunciado: todo era preventivo, el cuadro clínico era tranquilizador y los estudios así lo iban certificando. Pero lo cierto es que el significado de las palabras muchas veces nos asusta más que la realidad que ellas nombran.

Libertad para comprender que este cáncer, no ponía en riesgo mi vida, sino mi salud y entonces mi calidad de vida. Y era momento de iniciar un camino hacia el descubrimiento de mí misma, encontrando recursos que me ayudaran a sanar mi alma, mientras la ciencia se ocupaba de curar el cuerpo físico. El arte de ir reconstruyendo las heridas, transformándolas en oportunidades para ser libre, aún de mí misma. Fueron meses de un nuevo orden en la íntima cotidianidad de mi familia: mis hijas, mi marido, mis padres, mi hermana, mis amigos y yo misma estábamos duelando a esa Rosana que iba dando paso a aquella que siempre había estado, pero adormecida. De repente, los recursos tenían que multiplicarse para acompañar el dolor y el sufrimiento por “la hija con cáncer”; “la mamá con cáncer y pelada”; “la esposa en modo pausa”; “la amiga, hermana, mujer con cáncer; tan cercana que me puede pasar a mí”. Con estas etiquetas puestas en el sentir de los otros también había que trabajar. Y en ese conectar con el otro comencé una etapa en la cual fui conociendo, descubriendo y redescubriendo a tantas personas que fueron y son enorme sostén y guía, maestros de la vida.

Fue un tiempo de irradiar esa luz de seguridad para sostener, no ya como una malabarista, sino para sostener lo que fuera necesario y posible. Luz de confianza para cambiar. “Llega un momento en el que es necesario abandonar las ropas usadas que ya tienen la forma de nuestro cuerpo y olvidar las caminos que nos llevan siempre a los mismos lugares. Y si no osamos hacerlo, nos habremos quedado al margen de nosotros mismos”, en las bellas palabras de Hermann Hesse. Lo que en la filosofía hinduísta llaman el dharma: propósito de vida que te conduce al cambio e inspira a la creación.

 Elegir este camino con el tiempo se fue convirtiendo en un modo de vivir, en una filosofía, diría, aprendiendo cómo gestionar los pensamientos, las emociones, y el cuerpo. Este viaje desde el miedo, el dolor, fue y sigue siendo el viaje del coraje hacia el conocimiento, hacia la sabiduría.

 “Nada en este mundo debe ser temido, sino entendido. Nuestra época nos exige que entendamos más para temer menos”, dijo Marie Curie. Por supuesto que implicó sacrificios. Pero fueron para hacer la vida más sagrada, para honrarla. Porque en el sacrificio sincero hay algo que ofrendo y también algo que acepto perder para finalmente trascenderme y develar mi verdadera esencia. Quizá parezca fácil ponerlo en palabras, escucharlo, aunque no siempre lo es llevarlo a la acción, sostenerlo con consciencia, con flexibilidad también; ese arte de soltar y ajustar según sea realmente necesario. Porque el único trabajo real y duradero, amigos, es el que podemos hacer con nosotros mismos, ese del que nunca nos despiden, ni queda obsoleto, ni nos jubilan. Requiere sinceridad, valentía, paciencia y determinación y, por supuesto, esa capacidad infinita de amar y ser amados. Hoy puedo decir, porque lo veo y lo siento, que mi corazón tiene muchos hilos dorados que me recuerdan que lo más hermoso en mí no lo construí desde el dolor, sino que me pertenecía mucho antes de tener este rostro en el que me reconozco.

Hoy puedo contarles que siento la plenitud de la vida, porque disfruto y valoro de los frutos de todo aquello que elegí sembrar: mi salud es el resultado de un modo de vida mantenido en el tiempo. Cultivando la paz interior a través del yoga, de la meditación, de una alimentación consciente, de la escucha y aceptación amorosa en mis vínculos. Entendiendo que todo forma parte de un maravilloso tejido, una red de contención, no afuera, sino en nuestro interior.

Hoy agradezco haber elegido conservar la libertad, porque con ella pude entenderme, comprenderme para habitarme. Acomodando las piezas de la vida, sin tanto apuro, pensando en cómo moverlas. Será que la vida nos hace más sabios si supimos aprovechar cada fracaso, cada dolor, cada desencanto para volvernos más fuertes, más sensibles, menos perfectos, más humildes, menos ambiciosos, más humanos.


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