Daniel Saldaña París: “Desde que sufro dolor físico veo el mundo y escribo de otra manera” Daniel Saldaña París: “Desde que sufro dolor físico veo el mundo y escribo de otra manera”
y lo narrativo, “Aviones sobrevolando
un monstruo” (Anagrama,
2021) del escritor mexicano
Daniel Saldaña París, propone
un breve tratado sobre la escritura
y la literatura, pero también un recorrido
por las ciudades en las que buscó su
genealogía, aprendió el oficio de la escritura
y lidió con las drogas para escapar
de las variaciones de la artritis reumatoidea
que padece desde los veintinueve
años: “El dolor físico me pone en un nivel
de sensibilidad y percepción exacerbado
que asocio con cierta lucidez. Luego,
si se pasa de una línea, ocurre lo contrario
y paso a la sordera”.
Desde su casa en Cuernavaca, que
a la luz del recorrido que lleva hecho en
estos años parece ser una parada y no el
lugar de destino, dialogó con la agencia
Télam por Zoom.
T.: Al principio del libro citás
al poeta estadounidense Robert
Creeley: “¿Puede uno derretirse
autobiográficamente?”. Y contás
que ese verso fue uno de los motores
del libro. ¿Qué activó?
Daniel Saldaña París: Evoca la
idea de que no existe un sujeto autobiográfico
unitario. Hay una dispersión del
yo lírico, del narrador, que me interesaba
porque no sería capaz de escribir una
autobiografía más tradicional donde hay
una construcción congruente de un personaje
autobiográfico unitario, con una
mirada inmutable. Me interesaba, justamente,
desarmar esa figura narrativa.
T.: Contás sobre tu apetito por
leer y coleccionar diarios y estás
dando un taller sobre el género.
¿Qué cuestión particular te interesa
bucear en los diarios? ¿Crees
que hay una conexión con cierta
corriente de la literatura vinculada
a la autoficción?
D.S.P.: En México justamente no
hay una tradición fuerte de literatura autobiográfica
o escrituras del yo. Hay, obviamente,
textos súper importantes como
“La estatua de sal” de Salvador Novo,
que es una memoria queer de mediados
de siglo. O las “Genealogías” de Margo
Glantz que es una autobiografía más
clásica. Pero me doy cuenta de que no
es una corriente tan fuerte como en la
Argentina o en España. Y por otra parte,
creo que los diarios no son una escritura
del yo en el sentido tradicional, hay
una especie de desdoblamiento. Los diaristas
célebres en algún momento sienten
un extrañamiento, una inestabilidad
del yo. Tiene que ver con una distancia
entre el que escribe y el personaje. Más
que una literatura del yo inmediatista e
ingenua, me interesan los desplazamientos
a la tercera persona y la inestabilidad
al momento de narrar. Por ahí va mi investigación.
T.: ¿Tenés presente cómo nació
tu gusto por leer y estudiar diarios?
D.S.P.: Creo que fue como un gusto
de origen. Empecé a escribir mi diario
a los siete años, lo dejé y lo retomé.
Ha sido una práctica intermitente. Creo
que la lectura de los diarios de Alejandra
Pizarnik o de Anaïs Nin en los que ambas
reflexionan sobre la importancia y
la centralidad del diario en la obra -una
reflexión que también hace Piglia- me di
cuenta de que en mi caso también era
así. No es necesariamente un diario, pero
sí un cuaderno en el que anoto todo
el caos y del que después brotan libros.
T.: Desde Montreal narrás
tu experiencia con el dolor, das
cuenta de la imposibilidad de contar
qué es el dolor e incluso de la
falta de registro masculino sobre
el tema: los hombres aguantan.
¿Por qué asumiste esa misión?
D.S.P.: Creo que es un punto clave
de la transformación de mi sensibilidad.
Desde que sufro dolor físico veo el mundo
de otra manera y escribo de otro modo.
Incluso pienso de otro modo. Me pareció
que en la mitad del libro debía haber
un capítulo que contara esa ruptura
en mi trayectoria vital. Pero después de
publicarlo, el texto se encontró con lectoras
que me han señalado que no, que
los hombres sí dan cuenta del dolor. Fue
muy interesante encontrarme con esas
lectoras que le pusieron asteriscos de
aclaración y cuestionamiento.
T.: ¿Podés generar un paralelismo
entre el dolor físico y lo que
implica el padecimiento más psicológico
o mental? ¿Cómo juegan
los dos umbrales?
D.S.P.: El dolor físico me pone en un
nivel de sensibilidad y percepción exacerbado
que asocio con cierta lucidez.
Luego, si se pasa de una línea, ocurre lo
contrario: paso a la sordera, un ruido rosa
por todas partes que me impide pensar.
No siempre van de la mano estas
dos cuestiones, no lo tengo tan claro.
T.: “Las bibliotecas públicas se
han convertido en uno de los principales
campos de batalla contra
las drogas”, contás con ánimo de
cronista desde Canadá y le permitís
al lector acceder a un escenario
poco conocido. ¿En qué se parecen
esos lectores de las bibliotecas
con los adictos?
D.S.P.: Las bibliotecas públicas de
centros urbanos importantes son un remanso
y un paréntesis de la actividad
económica. Ahí la gente no va a comprar
ni a vender nada, sino a gastar el tiempo
de otra forma. Eso atrae a las personas
marginadas que pueden entrar sin
gastar pero también se encuentran con
otros que leen, que deciden invertir el
tiempo de otra forma.
T.: El último capítulo del libro lo
dedicás a contar los distintos movimientos
que hicieron que tengas
una “biblioteca fantasma”: libros
heredados, regalados, perdidos o
arruinados. ¿Cómo te acompañan
aquellos libros que leíste y físicamente
ya no están?
D.S.P.: Tengo una biblioteca de representación
en mi cabeza. Y el ejercicio
de recordar todos los libros que leí.
Ahora vivo entre dos ciudades y me pasa
todo el tiempo. Me gusta el ejercicio de
recordarlos, como una prótesis del libro.
Lo que me gusta de la biblioteca fantasma
es el ejercicio memorioso pero también
imaginativo, se van reconfigurando
mis lecturas.








