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Daniel Saldaña París: “Desde que sufro dolor físico veo el mundo y escribo de otra manera”

29/01/2022 23:54 Viceversa
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Daniel Saldaña París: “Desde que sufro dolor físico veo el mundo y escribo de otra manera” Daniel Saldaña París: “Desde que sufro dolor físico veo el mundo y escribo de otra manera”

HACÉ CLICK AQUÍ PARA UNIRTE AL CANAL DE WHATSAPP DE EL LIBERAL Y ESTAR SIEMPRE INFORMADOA medio camino entre lo ensayístico

y lo narrativo, “Aviones sobrevolando

un monstruo” (Anagrama,

2021) del escritor mexicano

Daniel Saldaña París, propone

un breve tratado sobre la escritura

y la literatura, pero también un recorrido

por las ciudades en las que buscó su

genealogía, aprendió el oficio de la escritura

y lidió con las drogas para escapar

de las variaciones de la artritis reumatoidea

que padece desde los veintinueve

años: “El dolor físico me pone en un nivel

de sensibilidad y percepción exacerbado

que asocio con cierta lucidez. Luego,

si se pasa de una línea, ocurre lo contrario

y paso a la sordera”.

Desde su casa en Cuernavaca, que

a la luz del recorrido que lleva hecho en

estos años parece ser una parada y no el

lugar de destino, dialogó con la agencia

Télam por Zoom.

T.: Al principio del libro citás

al poeta estadounidense Robert

Creeley: “¿Puede uno derretirse

autobiográficamente?”. Y contás

que ese verso fue uno de los motores

del libro. ¿Qué activó?

Daniel Saldaña París: Evoca la

idea de que no existe un sujeto autobiográfico

unitario. Hay una dispersión del

yo lírico, del narrador, que me interesaba

porque no sería capaz de escribir una

autobiografía más tradicional donde hay

una construcción congruente de un personaje

autobiográfico unitario, con una

mirada inmutable. Me interesaba, justamente,

desarmar esa figura narrativa.

T.: Contás sobre tu apetito por

leer y coleccionar diarios y estás

dando un taller sobre el género.

¿Qué cuestión particular te interesa

bucear en los diarios? ¿Crees

que hay una conexión con cierta

corriente de la literatura vinculada

a la autoficción?

D.S.P.: En México justamente no

hay una tradición fuerte de literatura autobiográfica

o escrituras del yo. Hay, obviamente,

textos súper importantes como

“La estatua de sal” de Salvador Novo,

que es una memoria queer de mediados

de siglo. O las “Genealogías” de Margo

Glantz que es una autobiografía más

clásica. Pero me doy cuenta de que no

es una corriente tan fuerte como en la

Argentina o en España. Y por otra parte,

creo que los diarios no son una escritura

del yo en el sentido tradicional, hay

una especie de desdoblamiento. Los diaristas

célebres en algún momento sienten

un extrañamiento, una inestabilidad

del yo. Tiene que ver con una distancia

entre el que escribe y el personaje. Más

que una literatura del yo inmediatista e

ingenua, me interesan los desplazamientos

a la tercera persona y la inestabilidad

al momento de narrar. Por ahí va mi investigación.

T.: ¿Tenés presente cómo nació

tu gusto por leer y estudiar diarios?

D.S.P.: Creo que fue como un gusto

de origen. Empecé a escribir mi diario

a los siete años, lo dejé y lo retomé.

Ha sido una práctica intermitente. Creo

que la lectura de los diarios de Alejandra

Pizarnik o de Anaïs Nin en los que ambas

reflexionan sobre la importancia y

la centralidad del diario en la obra -una

reflexión que también hace Piglia- me di

cuenta de que en mi caso también era

así. No es necesariamente un diario, pero

sí un cuaderno en el que anoto todo

el caos y del que después brotan libros.

T.: Desde Montreal narrás

tu experiencia con el dolor, das

cuenta de la imposibilidad de contar

qué es el dolor e incluso de la

falta de registro masculino sobre

el tema: los hombres aguantan.

¿Por qué asumiste esa misión?

D.S.P.: Creo que es un punto clave

de la transformación de mi sensibilidad.

Desde que sufro dolor físico veo el mundo

de otra manera y escribo de otro modo.

Incluso pienso de otro modo. Me pareció

que en la mitad del libro debía haber

un capítulo que contara esa ruptura

en mi trayectoria vital. Pero después de

publicarlo, el texto se encontró con lectoras

que me han señalado que no, que

los hombres sí dan cuenta del dolor. Fue

muy interesante encontrarme con esas

lectoras que le pusieron asteriscos de

aclaración y cuestionamiento.

T.: ¿Podés generar un paralelismo

entre el dolor físico y lo que

implica el padecimiento más psicológico

o mental? ¿Cómo juegan

los dos umbrales?

D.S.P.: El dolor físico me pone en un

nivel de sensibilidad y percepción exacerbado

que asocio con cierta lucidez.

Luego, si se pasa de una línea, ocurre lo

contrario: paso a la sordera, un ruido rosa

por todas partes que me impide pensar.

No siempre van de la mano estas

dos cuestiones, no lo tengo tan claro.

T.: “Las bibliotecas públicas se

han convertido en uno de los principales

campos de batalla contra

las drogas”, contás con ánimo de

cronista desde Canadá y le permitís

al lector acceder a un escenario

poco conocido. ¿En qué se parecen

esos lectores de las bibliotecas

con los adictos?

D.S.P.: Las bibliotecas públicas de

centros urbanos importantes son un remanso

y un paréntesis de la actividad

económica. Ahí la gente no va a comprar

ni a vender nada, sino a gastar el tiempo

de otra forma. Eso atrae a las personas

marginadas que pueden entrar sin

gastar pero también se encuentran con

otros que leen, que deciden invertir el

tiempo de otra forma.

T.: El último capítulo del libro lo

dedicás a contar los distintos movimientos

que hicieron que tengas

una “biblioteca fantasma”: libros

heredados, regalados, perdidos o

arruinados. ¿Cómo te acompañan

aquellos libros que leíste y físicamente

ya no están?

D.S.P.: Tengo una biblioteca de representación

en mi cabeza. Y el ejercicio

de recordar todos los libros que leí.

Ahora vivo entre dos ciudades y me pasa

todo el tiempo. Me gusta el ejercicio de

recordarlos, como una prótesis del libro.

Lo que me gusta de la biblioteca fantasma

es el ejercicio memorioso pero también

imaginativo, se van reconfigurando

mis lecturas.

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