SÁBADO SANTO

Vigilia Pascual

Por el Pbro. Mario Ramón Tenti.

El sábado santo, nos reunimos en comunidad, para celebrar la “vigilia Pascual”, la celebración más bella e importante del año litúrgico. Vigilar significa esperar, estar atentos porque algo está por suceder. Para nosotros, los discípulos de Jesús, que lo hemos acompañado en su camino a la Cruz, esperamos con júbilo su anhelada “Resurrección”. Esta espera no es pasiva, sino llena de esperanza, acompañada por oraciones, cantos, y distintas expresiones de fe con la intención de dejarnos sorprender por Dios, que sale a nuestro encuentro, resucitando a su Hijo de entre los muertos, y reivindicando de esta manera su proyecto del Reino de Dios y el estilo de su vida, al servicio de los demás.

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La liturgia esta enriquecida de simbolismos: Cristo luz del mundo, simbolizado en el cirio que se enciende del fuego nuevo, para iluminar a la humanidad; la Palabra, que nos introduce en la historia de la salvación de Dios que es Padre y nos reconcilia en su Hijo; el agua, que nos recuerda el Bautismo que nos da la vida de Dios; y el Pan de la Eucaristía, que nos hace uno con Jesús y los hermanos, para que al comerlo vivamos para siempre, porque es el Pan vivo bajado del cielo, y el que lo come “no morirá jamás”.

La muerte de Jesús había significado para los discípulos el fracaso y la dispersión. Ellos pensaron que el sueño de la venida del Reino de Dios que Jesús había anunciado y hecho presente en sus curaciones, en el perdón ofrecido a los pecadores, en las comidas con los pobres y desheredados, había quedado trunco. Incluso, algunos se sintieron desilusionados con Jesús, por su fracaso, y emprendieron su huida, volvieron a sus hogares y oficios anteriores. La dispersión fue escandalosa. Por eso, cuando Dios lo resucita, no sólo reivindica a Jesús, sino también su causa: el Reino de Dios, esperado por Israel durante siglos, ahora cobra vigencia.

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Ese Reino, es la presencia de Dios actuando en la historia, Reino que hace posible transformar la realidad actual para que el amor, la fraternidad y la justicia impregnen la vida y la cultura de todos los pueblos del mundo. Cristo Resucitado les ofrece el perdón, se reconcilia con aquellos que lo habían negado y abandonado, los reúne nuevamente en Galilea, allí donde todo comenzó, para que recuperen la frescura del evangelio que es buena noticia que sana y salva, y los envía, para ser testigos de esa vida nueva que han recibido para ser sal de la tierra y luz del mundo.

La fuerza arrolladora de la Resurrección anima la vida de los discípulos, los hace nacer de nuevo, de lo alto, para que vayan por todo el mundo anunciando las buenas nuevas del Reino, amando y sirviendo como lo hizo el maestro de Galilea. Entonces sí, la Pascua será creíble en el testimonio de aquellos que siguen a Jesús, y son portadores de la Vida Nueva que el Padre Dios nos ha regalado resucitando a su Hijo de entre los muertos.

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