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La verdad en disputa: fake news, comunicación y el rol insustituible del periodismo tradicional

Por Lic. Enrique Landsman (Sociólogo y especialista en comunicación).

(Foto ilustrativa Google)

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02/11/2025 06:00 Santiago
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Vivimos un tiempo paradójico: nunca antes tuvimos tanto acceso a la información, y sin embargo nunca habíamos desconfiado tanto de ella. La sobreabundancia informativa, amplificada por las redes sociales y los algoritmos, ha erosionado la frontera entre verdad y falsedad. Las fake news —esas "noticias falsas" que se difunden con fines políticos, económicos o simplemente por viralidad— se han convertido en síntomas de un ecosistema comunicacional desbordado, donde los hechos importan menos que las emociones y los relatos.

Los números dimensionan la magnitud del problema: según el Digital News Report 2024 del Reuters Institute, solo el 40% de la población global confía en las noticias, una caída de 5 puntos respecto a 2015. En América Latina, la desconfianza alcanza el 52%. Un estudio del MIT reveló que las noticias falsas se difunden 6 veces más rápido que las verdaderas en Twitter (ahora X), y las relacionadas con temas políticos son las más virales.

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La post-verdad, como la definió el Oxford Dictionary en 2016, es precisamente eso: una era en la que "los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y las creencias personales". Ya no se trata solo de manipular la información, sino de administrar la credibilidad. Y cuando la verdad se convierte en cuestión de fe o afinidad, el debate público se desintegra en tribus digitales.

El informe "Estado de la Desinformación Global 2024" de NewsGuard identificó que el 37% del contenido viral en redes sociales durante períodos electorales contiene información falsa o engañosa. En Argentina, el Observatorio de Desinformación y Violencia Simbólica en Medios Digitales documentó 1,247 casos de desinformación verificada solo en 2023, un incremento del 43% respecto al año anterior.

En este contexto de sospecha y velocidad, los medios periodísticos tradicionales enfrentan un desafío existencial: ¿cómo sostener su relevancia sin ceder a la lógica de la viralidad? ¿Cómo preservar la confianza cuando el descrédito se volvió la norma?

En 1972, los investigadores Maxwell McCombs y Donald Shaw formularon la teoría del agenda setting: los medios no dicen qué pensar, sino sobre qué pensar. Su poder no residía tanto en imponer opiniones, sino en definir los temas de conversación pública, en organizar la experiencia social a través de la selección y jerarquización de la información.

Durante buena parte del siglo XX, esa función estructuró el espacio democrático. Los diarios, la radio y la televisión eran mediadores entre los hechos y la ciudadanía. El periodismo profesional —con sus códigos éticos y sus rutinas de verificación— ofrecía un marco de interpretación compartido, una brújula simbólica para orientarse en la realidad.

Hoy esa mediación está en crisis. La circulación de la información ya no depende de editores, sino de algoritmos; ya no se guía por criterios de relevancia social, sino por métricas de interacción. La atención reemplazó a la veracidad como medida de éxito comunicacional. Y cuando el valor de una noticia se mide en clics o "me gusta", la verdad se vuelve un lujo difícil de sostener.

Décadas antes del auge digital, Noam Chomsky y Edward Herman, en su célebre Manufacturing Consent (1988), habían descrito a los medios como aparatos ideológicos que filtran la información según intereses económicos y políticos. Su modelo de propaganda identificó cinco "filtros" —propiedad de los medios, dependencia de la publicidad, fuentes oficiales, presión política y marco ideológico dominante— que determinan qué noticias circulan y cómo se presentan.

Aunque el ecosistema mediático actual se ha transformado radicalmente, los mecanismos de poder simbólico que describieron no han desaparecido: se han tecnologizado. Hoy los filtros ya no los ejercen solo las corporaciones mediáticas, sino plataformas digitales globales que deciden, mediante algoritmos opacos, qué ve cada usuario. El resultado es una forma de control más sutil pero más profunda: la personalización absoluta de la realidad.

Si antes el poder mediático consistía en fijar la agenda pública, ahora consiste en fragmentarla hasta el infinito. Cada individuo habita su burbuja de información, confirmando lo que ya cree. La manipulación, en este sentido, no es impuesta: es voluntaria y emocionalmente cómoda.

La expansión de las fake news no puede entenderse solo como un fenómeno tecnológico. Es también el síntoma de una crisis cultural y política de la confianza. Las instituciones que antes garantizaban credibilidad —el periodismo, la ciencia, la justicia, la educación— se ven interpeladas por una ciudadanía desconfiada, hiperconectada y saturada de información.

El resultado es una paradoja: todos queremos estar informados, pero ya no creemos en quien informa. Esa pérdida de fe colectiva en la palabra pública tiene efectos profundos: sin confianza, no hay posibilidad de conversación democrática. La información deja de ser un bien común y se convierte en mercancía o munición ideológica. Las redes, lejos de unirnos, refuerzan la polarización emocional: el "nosotros" y "ellos" reemplazan a los argumentos.

En este clima, el trabajo periodístico recupera una dimensión ética: no se trata solo de informar, sino de restaurar el sentido. El periodista ya no compite con otros medios, sinocon el caos.

Frente a esta fragmentación, los medios con historia —como El Liberal, que celebra 127 años de vida— conservan un valor que trasciende la tecnología: la credibilidad construida en el tiempo. Su permanencia demuestra que el periodismo no es una moda ni un algoritmo, sino una práctica social de responsabilidad.

En provincias y regiones donde los vínculos comunitarios aún tienen peso simbólico, la prensa tradicional cumple una función que las redes no pueden reemplazar: ser memoria y referencia colectiva. Un diario no solo narra la historia de su sociedad: la documenta, la interpreta y la preserva. En cada edición, día tras día, establece un pacto silencioso con sus lectores: ofrecerles no solo datos, sino sentido, perspectiva y contexto.

El aporte de medios como El Liberal es precisamente ese: ser un ancla en tiempos líquidos, un espacio donde la información se somete al filtro del rigor y no del algoritmo. Mientras las redes premian la velocidad, el periodismo tradicional recuerda que la verdad requiere tiempo, investigación y contraste de fuentes. Mientras los rumores viralizan emociones, el periodismo sostiene un compromiso con la evidencia.

Ser un medio tradicional hoy no significa aferrarse al pasado, sino reinventar la misión periodística desde la ética. Integrar nuevas tecnologías, plataformas y formatos no debe implicar ceder a la lógica del espectáculo. El desafío está en mantener la profundidad en medio de la inmediatez, en traducir la velocidad de la era digital sin perder la vocación de servicio público.

Los medios del futuro no serán los más ruidosos, sino los más confiables. Y la confianza no se impone: se conquista con coherencia. Por eso, en un panorama saturado de mensajes y desinformación, el verdadero acto de innovación es recuperar el valor de la verdad.

El auge de las fake news nos recuerda que la verdad necesita defensores. En un mundo donde cualquiera puede publicar, la diferencia no está en tener una voz, sino en asumir la responsabilidad de usarla con integridad. El periodismo, entendido como un bien público, sigue siendo una de las pocas instituciones capaces de proteger la racionalidad democrática frente a la marea de la desinformación.

A 127 años de su fundación, El Liberal sigue demostrando que la verdad no envejece. En tiempos de ruido y confusión, sostenerla no es solo un deber profesional, sino un acto de resistencia cultural y política.

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