Por la Lic. Mariana Yornet, docente de la Licenciatura en Nutrición de UADE.
De la comida y del cuerpo del otro no se habla De la comida y del cuerpo del otro no se habla
En los últimos años, la salud mental se consolidó como un tema central en la agenda pública. Lo que durante mucho tiempo permaneció en un segundo plano hoy ocupa un lugar prioritario, y dentro de ese escenario los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA) se volvieron cada vez más visibles. Se trata de alteraciones complejas, atravesadas por creencias negativas sobre la comida, el cuerpo y el peso, en las que confluyen factores genéticos, biológicos, psicológicos, conductuales y sociales. No distinguen edad, género ni condición socioeconómica, y su impacto va mucho más allá de quien los padece.
Los TCA afectan de manera profunda la calidad de vida de las personas y plantean desafíos difíciles para familias y entornos cercanos. A pesar de los avances en diagnóstico, tratamiento y concientización, siguen siendo una problemática vigente y cotidiana. Por eso, más allá del abordaje clínico, resulta imprescindible pensar qué podemos hacer como sociedad para prevenirlos y reducir su aparición.
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El período de pandemia marcó un antes y un después. El aislamiento, la incertidumbre y los cambios abruptos en las rutinas dejaron huellas visibles en la salud mental, especialmente en adolescentes y jóvenes. Aunque esos años quedaron atrás, sus efectos continúan presentes. Hoy, con mayor perspectiva, sabemos que no se trató de un fenómeno pasajero y que muchas conductas vinculadas a la relación con la comida y el cuerpo se intensificaron en ese contexto y aún persisten.
Frente a este escenario, cada persona puede aportar desde su lugar, incluso sin ser profesional de la salud. Una forma concreta de hacerlo es asumir un compromiso simple pero poderoso: no hablar de la comida ni del cuerpo del otro. Puede parecer una consigna menor, pero su impacto es profundo.

Vivimos en una época -y este nuevo año no será la excepción- en la que los cuerpos están permanentemente expuestos. Las redes sociales, las cámaras en los celulares y el uso extendido de filtros hacen que nos miremos y nos miren mucho más que hace una década. Opinar sobre cuerpos ajenos -su forma, tamaño o peso- se volvió una práctica cotidiana, muchas veces naturalizada. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en el efecto acumulativo que esos comentarios pueden tener en quien los recibe.
Algo similar ocurre con los apodos. En el consultorio, chicos y grandes relatan cuánto duele ser llamados por sobrenombres que hacen referencia al cuerpo. Muchas veces, con tal de dejar de escucharlos, se ponen en riesgo, modificando su alimentación de manera extrema. Las palabras, aunque parezcan inofensivas, pueden dejar marcas profundas.
Fomentar una imagen corporal positiva implica reconocer que nadie eligió el cuerpo que le tocó. No participamos de su creación, pero sí somos responsables de cuidarlo y respetarlo. El cuerpo es una parte de la persona, no su totalidad. En una sociedad que privilegia lo visible y lo inmediato, volver a esa idea puede sonar antiguo, pero sigue siendo necesaria.
También es clave repensar nuestra relación con la comida. Comer no es solo cubrir una necesidad nutricional: es un acto social, cultural y placentero. Nos reunimos alrededor de la comida, celebramos con ella, la compartimos, como hace pocos días. Disfrutar no es un exceso ni un error; el desafío está en encontrar el equilibrio, como en tantos otros aspectos de la vida.
Por eso, opinar sobre lo que otro come -la cantidad o la calidad- cuando nadie lo pidió, debería quedar fuera de cualquier mesa familiar o encuentro entre amigos. Frases dichas al pasar pueden doler más de lo que imaginamos y convertirse en disparadores de conductas dañinas.
Si notamos que alguien evita comer, lo hace de manera compulsiva o no logra disfrutar ese momento, el gesto más valioso es acercarse en privado y sugerir ayuda profesional. Mirar para otro lado o volverse cómplice solo profundiza el problema.
Tal vez sea momento de volver a la mesa compartida, con más diálogo y menos pantallas, con más escucha y menos juicios. El desafío es individual y colectivo. Del cuerpo y de la comida del otro, no se habla.








