Desde Santiago del Estero, Fanny Lisbeth Bonilla González habló sobre la captura de Nicolás Maduro y la ofensiva militar encabezada por Estados Unidos. A la distancia, advirtió sobre el riesgo de enfrentamientos internos, en el que expresó su preocupación por su familia en Venezuela y pidió que el proceso no derive en más violencia para el pueblo.
"El derramamiento va a ser de sangre inocente": el temor de una venezolana ante la crisis en su país "El derramamiento va a ser de sangre inocente": el temor de una venezolana ante la crisis en su país
La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, tras una ofensiva militar ordenada por el mandatario estadounidense Donald Trump que incluyó bombardeos e incursión en territorio venezolano, marcó un punto de quiebre en la historia reciente de Venezuela y generó un fuerte impacto político y social a nivel internacional. Mientras se multiplican las repercusiones diplomáticas, también crecen las voces de los venezolanos que viven en el exterior y observan los acontecimientos con esperanza, pero también con profundo temor.
En ese contexto, EL LIBERAL dialogó con Fanny Lisbeth Bonilla González, venezolana residente en Santiago del Estero y nacionalizada argentina, administradora de personal y recursos humanos, chef profesional y especialista en alta cocina. Desde la distancia, su testimonio refleja la incertidumbre, el dolor del desarraigo y la preocupación por su familia, pero también el deseo de que este momento histórico no termine en un enfrentamiento entre civiles. "El derramamiento va a ser de sangre inocente", advierte, con la voz de quien conoce de cerca las consecuencias de la crisis y solo pide paz para su gente.
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¿Dónde te encontrás actualmente y desde cuándo residís en Santiago del Estero?
"Resido en Santiago del Estero Capital desde hace bastante tiempo. Me casé con un santiagueño, mi hija nació en esta provincia y hoy puedo decir que este suelo también es parte de mi historia. Vivimos un tiempo en Venezuela, pero regresamos. Gracias a Dios, a pesar de las circunstancias adversas, las dificultades se transformaron en lucha: hoy mi hija obtuvo una beca por haber alcanzado el mejor puntaje para ingresar a la Universidad Católica de Santiago del Estero".
¿Qué factores personales, económicos y de salud influyeron en tu decisión de salir de Venezuela y radicarte definitivamente en Argentina?
"Siempre trabajé en el ámbito privado, tanto en Venezuela como afuera, y es muy doloroso ver cómo el sueño de muchos venezolanos se fue desvaneciendo. Hubo un momento en el que uno se ilusionó: se hablaba de mejoras en la salud pública, de educación incluida en las barriadas, de misiones sociales. Pero todo eso fue decayendo lentamente hasta quedar en promesas vacías, en humo.
En lo personal, mi salud también fue determinante. Tengo una condición médica inestable y necesitaba estudios de alta complejidad que no podía realizar allá. Pasé por cuadros depresivos severos, diagnosticados psiquiátricamente, producto de la distancia con la familia, el desarraigo y el sufrimiento que implica emigrar.
Si hoy me preguntás dónde quisiera estar, te diría que en Venezuela, acompañando a mi mamá, que tiene un nivel de discapacidad muy avanzado. Estar lejos y no poder asegurarle insulina, alimentos o atención médica es algo que duele profundamente".
¿Cómo es vivir esta situación desde la distancia, mientras tu familia permanece en Venezuela?
"Es una tensión constante. No dormí casi nada desde que comenzaron a conocerse las noticias. Lo primero que hice fue enviar dinero para que mi familia pudiera ir al supermercado, porque sabemos que en estos períodos de transición puede haber desabastecimiento.
La salud pública ya estaba colapsada, y temo que ahora lo esté aún más. Tengo información muy cercana de personas que están en puestos militares y civiles, esperando órdenes, y eso genera mucha incertidumbre. No sabemos cómo va a reaccionar la gente, si puede haber enfrentamientos, como los que en otros momentos se conocieron como guarimbas.
Mi mayor miedo es ese: el enfrentamiento entre vecinos, entre el propio pueblo. No quiero que mi gente se esté matando entre sí. ¿Quién protege a mi mamá, a mi hermano, a mis sobrinos, si eso ocurre?
En este contexto de extrema tensión, ¿cómo vivís las declaraciones de Donald Trump y la captura de Nicolás Maduro?
"Mi mayor anhelo es que todo esto sea un punto de partida para darle a Venezuela las condiciones que realmente se merece, para que podamos vivir con dignidad. Muchos venezolanos en el exterior la pasaron muy mal: médicos limpiando pisos, profesionales trabajando en negro. Todo trabajo dignifica, pero duele haber estudiado tanto y tener que irse porque con dos dólares no se puede alimentar a una familia.
No todo el mundo puede enviar remesas. Cuando yo estuve en Venezuela en diciembre, un kilo de carne costaba 14 dólares. ¿Cómo hace alguien que gana dos dólares? Esa es la realidad que duele y que explica por qué tantos tuvimos que irnos".
Como venezolana que vive en el exterior, ¿qué mensaje te gustaría transmitir a la comunidad internacional?
"Solo espero que no se pierda la objetividad. Le pido a Dios, por sobre todas las cosas, que con su manto divino cubra a mi nación, a mi gente, a mi familia. Que reine la paz y la coherencia. Que quienes hoy quieran resistir lo piensen dos veces, porque el derramamiento de sangre sería de inocentes.
Seguimos aquí, a pie de cañón, como decimos en Venezuela, tratando de levantarnos, de cuidar la salud y de sostener la esperanza de que este proceso no termine en más dolor para el pueblo".
Más allá de las decisiones políticas y militares, el mayor desafío será evitar que la violencia vuelva a imponerse sobre la vida cotidiana. Porque, como ella advierte, cualquier salida que no priorice la paz corre el riesgo de cobrarse un precio demasiado alto: el de la sangre inocente.








