Por Clarisa Demattei
¿Liberación o tutela? ¿Liberación o tutela?
La madrugada del 3 de enero de 2026 quedará marcada en los manuales de estrategia como el momento en que la Doctrina Monroe fue reactivada en su versión más audaz. La extracción de Nicolás Maduro no fue solo una operación militar; marcó el fin de un mandato que durante más de una década secuestró las instituciones, colapsó la economía y generó una crisis humanitaria que obligó a más de 8 millones de venezolanos a huir de su país.
Pero lo sucedido este fin de semana también fue un mensaje de Donald Trump al mundo: en el hemisferio occidental la justicia federal de los Estados Unidos tiene mayor alcance que la soberanía nacional de sus adversarios y el Derecho Internacional. Frente a esto y tras el humo de las explosiones en Caracas, surge una pregunta que la Casa Blanca aún no responde con claridad: ¿Quién heredará el poder de Miraflores? ¿Quedará Delcy Rodríguez a futuro? ¿Y qué puede pasar con las figuras de la oposición?
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Donald Trump ha roto la tradición diplomática de reconocer inmediatamente a un gobierno civil alternativo. En su lugar, ha planteado un escenario de administración tutelada. Al declarar que Estados Unidos "estará a cargo" y "dirigirá Venezuela hasta que el país esté a salvo", Trump no está invocando la Carta Democrática, sino un modelo de ocupación técnica. El objetivo parece ser la reconstrucción económica y productiva de Venezuela como si se tratara de una corporación en quiebra: tomar el control de la empresa petrolera PDVSA, asegurar las fronteras y desmantelar los "colectivos" antes de permitir que la política local retome el mando.
El objetivo parece ser la reconstrucción económica y productiva de Venezuela como si se tratara de una corporación en quiebra: tomar el control de la empresa petrolera PDVSA, asegurar las fronteras y desmantelar los "colectivos" antes de permitir que la política local retome el mando.
Este enfoque genera un vacío de legitimidad peligroso. De acuerdo con las palabras de Donald Trump, mientras Maduro se somete a los tribunales en Manhattan, Caracas podría quedar en un futuro bajo un comando estadounidense que, de facto, ignora el orden constitucional venezolano para imponer una transición diseñada desde Estados Unidos.
El futuro de Edmundo González y María Corina Machado
Y si analizamos el futuro de la transición en Venezuela, no podemos dejar de pensar en el devenir de las principales figuras de la oposición: Edmundo González, electo presidente en las urnas el 28 de julio de 2024 y María Corina Machado, principal figura opositora quien, deslizó en Oslo que podría asumir el cargo de vicepresidenta. Sin embargo, y tras la conferencia de Donald Trump del sábado, esta situación parece cada día más difusa cuando el mandatario estadounidense no sólo negó que ella fuera a ser la futura jefa de Estado venezolana sino que incluso afirmó que ella no tiene legitimidad en su país. ¿Qué significó esta frase? ¿Fue una traición personal hacia la líder opositora, un ejercicio de real politik o un metamensaje para calmar a los mandos medios y superiores del ejército bolivariano que no la quieren a María Corina como presidenta?
Sin embargo, y tras la conferencia de Donald Trump del sábado, esta situación parece cada día más difusa cuando el mandatario estadounidense no solo negó que ella fuera a ser la futura jefa de Estado venezolana sino que incluso afirmó que ella no tiene legitimidad en su país.
Machado se encuentra hoy en una paradoja: el aliado que destituyó a su verdugo es el mismo que hoy le pone condiciones y cuestiona tanto su legitimidad como su capacidad para dirigir el país.
Durante su rueda de prensa, Trump ha sembrado dudas sobre la capacidad de la clase política venezolana para reconstruir lo que el chavismo destruyó. Al mencionar la necesidad de "técnicos" y un "grupo de expertos" elegidos por él, Trump desplaza el foco de la transición democrática hacia una reconstrucción gerencial. El riesgo es que la oposición pase de resistir a una dictadura, como sucedió en las últimas décadas, a competir por el favor de un administrador extranjero, lo que restaría peso a la reconstrucción de la soberanía nacional y eliminaría la legitimidad legal que Edmundo González ya tiene para ser presidente.
A su vez, durante todo este proceso también queda preguntarnos cuál va a ser la posición de otras ex figuras opositoras como Juan Guaidó, Leopoldo López o Henrique Capriles. Durante las más de dos décadas chavistas, uno de los éxitos del régimen fue dividir al arco opositor entre las posiciones más intransigentes, como la de María Corina, o las estrategias más dialoguistas (y para muchos funcionales a Maduro) como la de Capriles en el último tiempo. El peligro es que, en lugar de una transición hacia la democracia, tengamos una lucha por la administración del protectorado.
El peligro es que, en lugar de una transición hacia la democracia, tengamos una lucha por la administración del protectorado.
Y llegado el caso que finalmente Venezuela logre tener elecciones, ¿cómo se va a presentar la actual oposición? ¿Unida, dejando atrás sus enormes diferencias, o volverá a cometer la misma acción de presentarse fraccionada? En este último caso correría el riesgo de que el chavismo se presente a eventuales elecciones de forma cohesionada.
El vacío de poder al interior del régimen
Pero las interrogantes no solo conciernen al papel de la oposición, sino que también es crucial examinar lo que ocurrirá en el ámbito interno del propio gobierno. La caída de Maduro deja a la cúpula del régimen en una situación de incertidumbre y con pocos incentivos para una transición pacífica si no ven una salida clara. El peligro es que el vacío dejado por él no sea llenado por demócratas como María Corina Machado, sino por un caos de baja intensidad o incluso por nuevas figuras autoritarias que intenten heredar el poder que Maduro ejercía. En este contexto, un escenario sombrío sería la proliferación de grupos irregulares que se replieguen y tomen el control de los territorios, generando un nuevo impedimento para que el Estado pueda ejercer el monopolio de la dominación.
La historia nos enseña que las transiciones impuestas por la fuerza suelen fallar en su segunda fase. El caso de Libia tras la caída de Gadafi o Irak tras Saddam Hussein son recordatorios constantes de que decapitar al régimen no garantiza la democracia. El sociólogo Jules Monnerot plantea que cuando una revolución (o una intervención externa drástica, como la de Trump) destruye la estructura de poder existente no se genera una libertad automática sino que en ocasiones, el líder o sistema que surge después de una ruptura violenta suele ser más autoritario y tiránico que el anterior.
Dicho por el mismo Trump, lo que sucedió el 3 de enero es la Doctrina Monroe con esteroides: un retorno al siglo XX donde la influencia de potencias extracontinentales en América Latina es castigada con la extracción directa de sus aliados locales. El éxito de este proceso no se medirá solo por ver caer a Maduro, sino por la capacidad de los venezolanos de reconstruir una democracia real sobre los escombros, evitando que el protectorado de Washington se convierta en una solución permanente a un problema que solo los ciudadanos de Venezuela pueden resolver definitivamente.
Por Clarisa Demattei para INFOBAE








