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EL CORSÉ COMO UN DISPOSITIVO NARRATIVO

Por Gisella Colombo.

18/01/2026 06:00 Espectáculos
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En el repertorio de ficciones de época que hoy dominan el catálogo de plataformas, Manual para señoritas se abre paso con un gesto de gran originalidad para el tratamiento que solemos ver en las ficciones de época. Algo de "todo tiempo pasado fue mejor" se filtra en muchas de ellas, que reproducen una especie de "decoro" algo lejano. Aquí lo que ocurre es lo contrario: la protagonista toma la palabra y nos ofrece subjetividad, crudeza en el decir e irreverencia garantizada.

Ambientada en el Madrid aristocrático de finales del ochocientos, la serie no solo cuenta una historia de romances y etiqueta; también hace algo más interesante: exhibe las reglas sociales como si fueran un mecanismo visible, un instructivo cultural que puede leerse, subrayarse… y siempre para romperse.

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La premisa es eficaz: Elena Bianda trabaja como carabina y mediadora matrimonial, una profesional del "buen comportamiento" y de las alianzas convenientes. La alta sociedad confía en ella porque sabe navegar el código de honor, rumores y prestigio como quien se mueve por un salón de baile sin pisar a nadie. Pero el arte de sostener el orden se vuelve frágil cuando una vida cuidadosamente armada empieza a fallar. Así, lo que comienza como comedia romántica se convierte en un guiño liviana pero filoso a lo que queda de algunas de esas normas.

Recursos

Uno de los recursos más distintivos —y uno de sus aciertos visuales— aparece en los separadores con infografías animadas. Son pequeñas piezas gráficas que funcionan como respiración narrativa, como marcadores de lectura, pero también como comentario. Tienen algo de manual ilustrado, de viñeta pedagógica, de diagrama que explica sin solemnidad. No solo organizan el relato: lo enmarcan, lo ironizan, lo convierten en un artefacto consciente.

Cada interludio subraya la idea de que el "manual" no es un detalle decorativo del título, sino un dispositivo: un conjunto de reglas culturales que moldean vidas, deseos y decisiones. Estos segmentos, lejos de romper el clima, lo enriquecen porque instalan el tono juguetón y autoconsciente que la serie sostiene de principio a fin: aquí el corsé no es solo vestuario, es estructura.

Esa vocación de revelar el artificio alcanza su punto más atractivo en el juego de cuarta pared: Elena no solo actúa dentro del mundo narrativo, también lo comenta. En varias escenas conversa con un narrador —lo desafía, lo cuestiona, lo contradice— como si la historia fuera un contrato que ella no está dispuesta a firmar sin leer la letra chica. Este recurso la vuelve una figura doble: personaje atrapada en las normas sociales de 1880 y, simultáneamente, espectadora crítica del relato que la contiene. Hay un referente contemporáneo evidente para este mecanismo: Fleabag.

En la serie británica, el monólogo a cámara y la complicidad con el público construyen intimidad, humor y una grieta entre lo que se vive y lo que se dice. Manual para señoritas adopta ese espíritu desde un registro menos oscuro y más liviano, pero igualmente autoconsciente: la protagonista entiende que el relato existe, juega con él y se permite discutirlo. El resultado es una frescura que la salva de volverse solo una ficción de enredos con vestidos.

Esa operación —mostrar la construcción— busca un pacto lúdico con el espectador.

La puesta en escena acompaña ese gesto con una dirección de arte cuidada, luminosa, casi de cuento, donde los interiores son tan importantes como los cuerpos que los habitan.

En ese sentido, un elemento que merece un párrafo propio es la música contemporánea. Manual para señoritas no se limita a un acompañamiento "de época"; elige climas, ritmos y decisiones sonoras que pertenecen deliberadamente al presente, otro recurso para resaltar la subjetividad, y el carácter de "interpretación" contemporánea sobre el pasado. Esa anacronía es coherente con su propuesta: no busca reconstruir el siglo XIX con exactitud, sino construir un mundo estilizado que dialogue con la sensibilidad actual.

La música funciona como las infografías: subraya que lo importante no es el realismo, sino el comentario. Los personajes parecen habitar un pasado que respira con pulso moderno, y esa tensión vuelve más evidente la idea central: las normas cambian de forma, pero persisten. La serie no ilustra la historia, la reinterpreta con un ritmo pop que convierte la etiqueta en coreografía. En definitiva, Manual para señoritas es una serie amable, adictiva y visualmente encantadora, pero su valor no se reduce a la "fórmula" del romance con enredos.

Metáfora

Su mayor mérito está en cómo convierte las herramientas formales en discurso: los separadores infográficos, el diálogo con el narrador, la música contemporánea y la ruptura de la cuarta pared son más que adornos; son estrategias para decir lo mismo desde varios niveles. Que el corsé, al final, no es solo un objeto del vestuario: es la metáfora de un sistema. Y que un "manual" puede ser también un arma narrativa para revelar las reglas, exponerlas… y, si hace falta, escribirlas de nuevo.

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