Por Gisella Colombo
Crítica cinematográfica: "Bridget Jones: loca por él" Crítica cinematográfica: "Bridget Jones: loca por él"
Hay personajes que crecen con nosotros. Bridget Jones, aquella heroína del desorden emocional y la balanza indómita, volvió a la pantalla con las cicatrices a la vista. En "Bridget Jones: Loca por él" (título original Mad About the Boy), Renée Zellweger encarna una versión de sí misma que ya ha aprendido que los finales felices no son garantía, sino punto de partida para nuevos sobresaltos.
Esta vez, la historia inicia con el silencio de una pérdida: Mark Darcy ha muerto, y Bridget es una viuda que carga la ausencia como un abrigo demasiado pesado. Sus dos hijos orbitan su mundo como pequeñas lunas, y ella intenta sostener el eje sin perder la risa que alguna vez la salvó. Pero incluso en el duelo, la vida tiene el descaro de insistir: un joven irresistible (Leo Woodall) irrumpe en escena y reanima la pregunta que la define desde siempre: ¿cómo se vuelve a empezar cuando ya se ha amado tanto?
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Lejos del caos adolescente y las catástrofes laborales, "Loca por él" apuesta a una comedia más contenida, donde las carcajadas se esconden detrás de la melancolía. Michael Morris dirige con sensibilidad de relojero: deja que los silencios respiren, que los ojos de Bridget digan lo que el guion apenas insinúa.
Helen Fielding, autora del universo Jones, coescribe un libreto que parece una carta a sí misma: Bridget ya no tropieza con su falda, tropieza con los recuerdos. El humor sigue ahí, pero se mezcla con la fragilidad del tiempo, como un vino que envejeció bien y ahora se degusta lento, con nostalgia.
Zellweger: voz que se quebró para volver a cantar
Zellweger sostiene la película como quien lleva un espejo empañado. Su interpretación es menos física, más interior; un ejercicio de ternura y pudor. Donde antes había torpeza, ahora hay temblor; donde antes había ingenuidad, ahora hay sabiduría cansada. Hugh Grant regresa como Daniel Cleaver, ese espectro del deseo imposible, y su aparición tan inesperada como simbólica funciona como un recordatorio de que el tiempo no cura todo, pero sí lo resignifica.
Risas y cicatrices
Bridget Jones: Loca por él no busca hacernos reír a carcajadas, sino sonreír con empatía. Es una película que entiende que la adultez no es la derrota del amor, sino su reescritura. Bridget, con sus ojeras nuevas y su ironía intacta, se convierte en una especie de Penélope urbana: teje y desteje su historia sentimental mientras el mundo corre, los hijos crecen y las redes sociales prometen amores instantáneos.
Hay momentos desparejos el ritmo decae por tramos, y el triángulo romántico carece de la tensión que antes electrizaba la saga, pero la emoción permanece como un perfume reconocible. El guion no teme a la lágrima, ni al cliché, porque ambos son parte del ADN de Bridget.
La nueva Bridget no necesita ser hilarante. Le basta con ser humana, y en eso sigue siendo profundamente moderna. "Loca por él" no es un regreso triunfal: es una carta de madurez enviada desde el campo de batalla de la vida cotidiana. En un tiempo donde todo se reemplaza, Bridget sigue ahí, con su corazón obstinado, recordándonos que incluso los amores rotos pueden tener banda sonora.








