Por Belén Cianferoni.
Crónicas de quién elige la música al bailar Crónicas de quién elige la música al bailar
Un buen viaje siempre tiene que incluir una pelea. No por política, no por amores pasados, sino por algo mucho más serio: la música del auto.
Rumbo a Misiones, ese territorio donde la tierra es roja y los misterios vienen con acento guaraní, el conflicto se desató apenas se cerraron las puertas y arrancó el motor. Porque hay una ley no escrita pero implacable: el que maneja elige la música. Y el que manejaba era Mariano.
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Mariano ama el rock como quien ama una religión antigua. Ama a los Santiagueños, especialmente a Transmisión Huauke, que suenan como si la ruta misma hubiera aprendido a cantar. El volumen sube, el bombo golpea y el viaje toma forma de recital improvisado. Para poder sortear los baches, necesita rock... Es menester que sea rock.
DJ, otra de las conductoras, escucha con una ceja levantada. Ella prefiere la guaracha, el ritmo que hace mover hasta al mate frío. Cada vez que suena música en inglés, le agarra una alergia rara: estornuda, se rasca, se queja. Dice que le gusta el folklore, pero no le gusta Creedence, lo cual abre un debate filosófico imposible de cerrar a las tres de la mañana.
Santia, en cambio, prefiere a los Beatles. Pero Santia es diplomático. Es el que no quiere molestar. El que piensa en caramelos para no dormirse, como si fueran pequeñas promesas de supervivencia. Mastica uno, mira la ruta, mastica otro, escucha en silencio.
La noche cae cuando entramos a Misiones. Curvas que no avisan, elevaciones que aparecen de golpe, la niebla bajando como un telón espeso. El cansancio empieza a manejar solo. Los ojos pesan. La música ya no alcanza.
Deciden buscar un hotel al costado de la ruta. Nada. Todo cerrado. Ni una luz. Ni un cartel misericordioso.
Así que hacen lo que haría cualquier viajero sensato: frenan y descansan en el auto, rodeados de niebla, mientras los misterios guaraníes se esconden entre aves invisibles y duendes que seguro se ríen de nosotros.
Intentan dormir.
Y entonces pasa.
Una risa. Una carcajada quebrada, extraña, profunda, que corta la noche en dos.
DJ se incorpora de golpe y grita:
¡Arranquen, entró un enanito!
Santia, en un acto heroico y completamente inútil, casi abre la puerta para huir. El corazón en la garganta. La niebla respirando alrededor.
Pero Mariano Mariano se empieza a reír. Una risa grande, contagiosa, que llena el auto.
Es un pájaro, boludos. ¡Un kakuy! O urutaú, como le dicen acá.
La risa los despierta del todo. Se miran. Se ríen de nuevo. El miedo se baja del auto y se queda en la banquina.
Arrancan otra vez. Siguen camino entre la niebla, con música, con chistes, con los ojos abiertos y el cansancio negociando. Las cataratas los esperan, pacientes, como si supieran todo.
¿Podrán sobrevivir nuestros amigos a decir chipá sin temer a lo que les espera en Misiones?
Solo el domingo que viene lo sabremos.








