Por Belén Cianferoni.
Crónica de los pantalones voladores Crónica de los pantalones voladores
Buen día, amigos. ¿Cómo está ese domingo? ¿Les tocó acomodar la ropa o algo de su desorden cotidiano? Es impresionante cómo las cosas pueden llegar a ocupar un lugarcito tan importante en nuestra vida. No niego su necesidad, pero he estado pensando mucho en ellas. Así es la vida: uno piensa en todo cuando lo ha perdido.
¿Les tocó alguna vez estar en un lugar que definitivamente no es para ustedes? Un lugar que no busca nada con ustedes, ni maltratarlos ni mejorarlos, simplemente no está hecho para su acceso. Eso aprendí en mis días de silla de ruedas. Hay lugares en los que, sencillamente, no hay forma de estar. Y cuando digo lugares, piensen en el sentido más frío del término, para poder analizarlo conmigo de manera provechosa.
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Hay espacios en los que no me atrevería a ir, por lo inaccesibles.
No me iría a trepar una montaña en mi estado, pero sí me animo a pelearle a un par de cuadras que no estén en buenas condiciones o que no tengan el mantenimiento adecuado. Me la banco. Demoraré y me costará, pero seguro que me animo a pelearle unas rondas a esos caminos inaccesibles. Cada cual tiene su montaña.
Ese día conocí una zona franca de ventas, conocida por todos, pero que representa una dificultad para quienes tenemos problemas de motricidad. Veía cómo las personas se transformaban en tormenta y se colaban por todos los espacios cuando escuchaban la palabra oferta. Se metían como el agua por los lugares más inusuales y dificultaban el paso.
La turbulencia de ese lugar fue impresionante. Miraba la codicia en sus ojos y sentí el mismo miedo que experimenté cuando, de niña, vi dos tornados en el campo con mis padres. Esa velocidad destructora que devoraba todo a su paso parecía perderse en el océano cuando se alejaba, pero la lluvia esta vez de humanos buscando celulares baratos no paraba, seguía y seguía.
Me cansé y casi terminé extenuada en una esquina hasta que decidí hacer un alto. Es importante saber cuándo parar.
Encontré un café luminoso y fresco, y vi cómo la gente seguía en su propia tormenta mientras me sentaba a reflexionar estas palabras para ustedes.
¿A esto hemos llegado? ¿A esta urgencia? ¿A esta necesidad?
Sentía náuseas y tristeza, pero solo por un momento, porque el café y los amigos no te permiten permanecer demasiado tiempo en ese estado.
¿Seguro no quieres comprar algo, Belén? decían mis amigos.
Seguro, chicos. Me voy a quedar descansando y cuando terminen sus compras volvemos a vernos.
Así fue. Salieron en la caza de ofertas y el día resultó fructífero, cansador, pero de esos que realmente agradezco haber vivido.
Aquí viene un pequeño giro en la trama, en mi reflexión sobre la importancia de tener cosas. Parece que alguien estuvo escuchando mis pensamientos y dijo: te ayudo a pensar entonces. Muchos dirán Dios, otros dirán universo; yo le digo el humor de la vida.
Durante el viaje, toda mi ropa se dio a la fuga y voló por los aires en busca de aventuras. La mochila, con mis prendas, dijo au revoir, besitos. Cuando nos detuvimos a ver la escena, el frío llegó a mis huesos y experimenté una especie de desprotección total: la tristeza de la pérdida, la ira del abandono y el miedo de afrontar los minutos siguientes. Todos me miraban en silencio, esperando algo pero la verdad es que solo tenía hambre y también misericordia por mis amigos, a quienes les tocó verme en esa situación, con la lejanía de no estar lo suficientemente cerca como para pedir ayuda.
Pero entonces entendí algo: uno pasa la vida preocupándose por las cosas que posee, por lo que guarda, por lo que cree necesitar, hasta que un día el viento se las lleva a veces literal, a veces simbólicamente y descubre que sigue allí, respirando, con frío quizá, pero intacta. Mis amigos volvieron riéndose, me prestaron un abrigo improvisado y seguimos viaje.
Y pensé que, después de todo, las cosas van y vienen, las montañas cambian de forma, las tormentas humanas pasan pero la gente que se queda a tu lado cuando el viento se lleva tu mochila, esa sí que vale la pena conservarla.








