Por: Dra. Roxana Cejas Ramírez
A 11 años de Ni Una Menos: cuando la justicia escucha, protege y transforma A 11 años de Ni Una Menos: cuando la justicia escucha, protege y transforma
Hace once años, miles de voces se unieron bajo una consigna que atravesó plazas, hogares, escuelas, instituciones y conciencias: Ni Una Menos.
Aquella movilización histórica no fue solamente una protesta. Fue un punto de inflexión. Un grito colectivo frente a una realidad que durante demasiado tiempo había permanecido naturalizada, invisibilizada o minimizada. Fue el reclamo de una sociedad que dijo basta a la violencia contra las mujeres.
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Como jueza de Control y Garantías, he aprendido que detrás de cada denuncia, de cada audiencia y de cada resolución judicial existen personas concretas. Mujeres que llegan a los tribunales atravesadas por el miedo, la incertidumbre y, muchas veces, por años de silencios. También familias enteras marcadas por las consecuencias de la violencia.
La violencia de género no comienza con un golpe ni termina con una sentencia. Se construye muchas veces a través de desigualdades, controles, humillaciones, amenazas y mecanismos de sometimiento que erosionan progresivamente la dignidad y la libertad de las personas. Por eso, abordarla exige comprender sus múltiples dimensiones y actuar con responsabilidad, sensibilidad y firmeza.
La Justicia tiene un papel fundamental. Debe garantizar derechos, proteger a quienes se encuentran en situación de vulnerabilidad y brindar respuestas oportunas. Pero también debemos reconocer que ninguna institución, por sí sola, puede resolver una problemática tan compleja. La prevención de la violencia requiere educación, compromiso comunitario, políticas públicas sostenidas y una profunda transformación cultural.
Desde mi función como coordinadora provincial de la Red Argentina contra la Trata y el Tráfico de Personas, he podido advertir además cómo las distintas formas de violencia suelen estar conectadas entre sí. La desigualdad, la discriminación y la vulnerabilidad constituyen muchas veces el terreno donde prosperan las formas más graves de explotación humana. Por ello, la defensa de los derechos de las mujeres y niñas también implica fortalecer la lucha contra toda forma de explotación y violencia.
A once años de Ni Una Menos, es justo reconocer los avances alcanzados. Hoy existe una mayor conciencia social, más herramientas institucionales y una creciente comprensión de la necesidad de incorporar la perspectiva de género en todos los ámbitos. Sin embargo, los desafíos continúan. Cada hecho de violencia nos recuerda que todavía queda mucho camino por recorrer.
Ni Una Menos nos sigue interpelando. Nos exige no ser indiferentes. Nos invita a escuchar, acompañar y actuar. Nos recuerda que detrás de las estadísticas existen vidas, proyectos, sueños y familias.
Como sociedad, no podemos acostumbrarnos al dolor ni resignarnos a la violencia. Debemos seguir construyendo espacios donde prevalezcan el respeto, la igualdad y la dignidad humana.
Porque cada mujer que logra vivir libre de violencia representa una victoria colectiva. Porque cada derecho garantizado fortalece nuestra democracia. Y porque la verdadera transformación comienza cuando entendemos que la lucha contra la violencia de género no es una causa de algunas personas, sino una responsabilidad de todos.
A once años de aquel primer grito colectivo, el compromiso sigue vigente: trabajar cada día para que ninguna mujer vea limitada su libertad, vulnerada su dignidad o apagada su voz por la violencia.
Ese sigue siendo el desafío. Y también nuestra obligación.








