Por Alberto Tasso.
Una visita a Salavina en 1972 Una visita a Salavina en 1972
El tema del pueblo aislado, rezagado de los procesos de desarrollo local, protegido sin proponérselo del acceso a este tiempo por la falta de caminos pavimentados y el emplazamiento en una región que se ha vuelto marginal, aparece claramente representado en Villa Salavina, en Santiago del Estero. Esto permite comprender la paradoja de que la región de Salavina, estancada y muy pobre, sea reservorio de tradiciones y fuentes de inspiración para muchos creadores actuales de música folk.
Llego al atardecer. Sobre la única calle del pueblo, un par de viejas casas de adobes remedan un andén. Unos horcones desnudos, que alguna vez sostuvieron un techo señalan hacia arriba. Entre ellos, un montículo de tierra muestra el techo caído.
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Cada tres viviendas, una está semidestruida y otra deshabitada. En la tercera, Don Diego me está contando de los viejos tiempos, cuando en las márgenes del Dulce el viento agitaba los trigales, y hasta cuarenta carros de don Melchor Arana iban y venían semanalmente entre Santiago y la Villa. Llevaban cueros, maíz, zapallo, que en el relato aparecen como riquezas mitológicas.
Contrariando la literatura existente, los ojos del viejo no brillan ante tales recuerdos. Lo que brilla es la historia, la estructura y el desarrollo de la narración típica, de fuerte contenido mítico, que es tan frecuente en Santiago, y que habla de un pasado venturoso, augurando un presente distinto de éste.
He dicho que llegué al atardecer. Pero no he dicho que antes hay un solitario y triste camino donde flota el polvo, y donde pueblos como Medellín o Chilca Juliana quedan como cuentas hilvanadas en un rosario de misterios dolorosos. No he dicho como es la luz, blanquecina o rosada, lechosa o diáfana, según si pasa un vehículo o si nada pasa, según si la primera luz de la mañana, el mediodía fulgurante, o el atardecer.
Entretanto el viejo habla, desanuda el también sus recuerdos. Las recurrentes desventuras del agua, ya escasa, ya excesiva. Hace veinte años vino la inundación, y señala las paredes y la puerta, donde a los treinta centímetros el agua dejó un zócalo amarronado. Salavina nunca fue fundado. Es, sencillamente, uno de los cuarenta o cincuenta pueblos indios que había en la región hacia 1550, y uno de los pocos que sobrevivió en su emplazamiento aproximadamente original.
Dos versiones he recogido de su nombre, Salavina podría provenir de "sanavira", voz quichua que designa al habitante ancestral de la zona, y también de "sara", también quichua, que quiere decir maíz. Don Domingo Bravo me dice que prefiere la primera.
Densamente poblada, la historia de la zona aún registra los borbotones de sangre aborigen. La juntaban en unos grandes vasos de piedra, según el relato de Don José Ordóñez, en su almacén de Los Telares. Él conoce el sitio ceremonial, situado a tres horas de caballo por el monte, hacia el suroeste de la villa.
Llega la noche y se prenden aquí o allá unas luces mortecinas. Al silencio lo quiebra un grito a lo lejos y las voces de unas muchachas que pasan. De las pocas que quedan en este mes de enero, ya que las muchachas se van rápido a la ciudad, y los hombres de cualquier edad viajan en esta época a Buenos Aires o Santa Fe.
Me cuentan que la semillería Cargill envía hasta tres ómnibus a comienzos del verano para llevar salavineros al desflore del maíz. Yo mismo he viajado con salavineros en el colectivo de la General Belgrano que va de Pergamino a Junín, en el corazón de la pampa húmeda.
Pueblo de viejos y de niños, y de leyendas, y de sabandijas que cruzan bajo el catre de tientos.
En la mañana me despierta la voz de una mujer retando a una niña. Nos arriman primero un lavatorio, y después nos ofrecen unos mates. Por la mañana el pueblo es el mismo, y no es el mismo. Quizá algo menos triste, ahora que se ve algún movimiento, un par de sulkis en el almacén, y hasta dos edificios de algún porte: la escuela, con la típica arquitectura monumental del primer gobierno peronista, y que no tiene, en épocas de clase, ni la mitad de los chicos que caben en el edificio. Caben en un par de aulas, las únicas que se pueden utilizar, El resto del edificio, ya deteriorado por el salitre y la falta de reparaciones. Porque "Aquí, como en la China, nada se arregla", como dijo el viajero, E. F. Knigth cuando en 1880 pasó por la ciudad de Santiago. Veo un hospital rural o sala de primeros auxilios, blanco, de construcción reciente.
El destacamento de policía ocupa una pieza de bloques de color azul y blanca, que difundió el nacionalismo militar.
El almacén se reconoce por un letrero de Pepsi Cola. Curioso contraste garcíamarqueciano éste del aviso de gaseosas frescas bajo un techo de ramas y tierra.
Una puerta abierta y un galpón abandonado muestran una fábrica fósil, donde las máquinas, como graves ánimas de hierro originarias de Chicago o de Southampton, alguna vez molieron algo. Yo no sé si la harina del trigo pan que produjo Salavina, o solamente las arenas del tiempo.
En un descampado que el atardecer ocultaba, ahora se ha levantado una iglesia sorprendente. Es de madera, y parece trasladada de un pueblo de cow-boys.
Las maderas del piso y de las puertas que empujamos temerosamente crujen como en las películas de Bela Lugosi, pero con terror ambientado en Kansas City. Nos dicen que alguien la hizo traer en 1911 de Estados Unidos. Miramos los candelabros de bronce, las flores de papel, los bancos con una fina capa de polvo y uno queda sobrecogido de algo diferente de la piedad, quizás la mera ternura que queda cuando la fe ya ha pasado.
Al salir volvemos a anudar el cordón de tiento que asegura la puerta.Salgo a caminar hacia las afueras, entre los matorrales de jume y los infaltables algarrobos. Por allí encuentro el bordo de cerca de un metro de altura, que defiende al pueblo de las inundaciones que menudean antes de la construcción del dique de Río Hondo.
Veo entre el verde las sencillas construcciones del cementerio, conmovedoras tumbas rosados y celestes y blancas, que alguien se ocupa de pintar todos los años. Me siento atraído, y voy mirando despacito los carteles que hablan de Barros, de Aranas, de Díaz. Las cruces de madera están enterradas en el suelo. Las rejas y las filigranas de hierro batido que muestran que alguna vez hubo un herrero estilista en el pueblo. En una pobrísima tumba veo una paloma de madera, sostenida por una varilla de hierro. Es blanquecina, recamada de soles y lluvias y polvo.
Esta simple paloma revela en su vuelo bajo y detenido toda la grave circunstancia de este sitio mágico, donde el indio Panta imaginaba a la Juana Figueroa acunando misterios con el vestido enharinado de su canto. Esta paloma, que sintetiza todo el perturbador encanto lugar, con su paciente permanencia, y con las alas plegadas y encerradas en su cuerpo de algarrobo, tras la imagen de los perpetuos migrantes, de los que van y vienen regidos por el misterio del ñan (camino, en quichua), y hasta que acaban por detener su vuelo en este sitio donde todo pesa hacia abajo.
Uno se retira de este pueblo de ausentes en puntas de pie, procurando no despertar a nadie.








