Por Héctor F. Peralta Puy
La primera acequia La primera acequia
Con el traslado efectuado el 25 de julio de 1553, Francisco de Aguirre y los cabildantes de la ciudad de Santiago del Estero comenzaron a delinear los solares para las casas capitulares, la catedral,los conventos y los hogares de los vecinos, habitantes y moradores.
Con el paso de los años, una condición necesaria para la vida diaria fue surgiendo en la ciudad: agua para las chacras y las restantes viviendas, aparte de lo que aportaba la zona del río Dulce.
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Por ello, el gobernador Francisco de Abreu y Figueroa y los cabildantes planearon los trabajos paracavar una acequia.
Luego de meses de labores, la primera acequia real de la ciudad de Santiago del Estero fue inaugurada en 1576, posibilitando el aprovisionamiento de agua para los vecinos, habitantes y animales, además de su uso para las recreaciones, chacras y sembradíos,según lo observado por Pedro Sotelo de Narváez (c. 1582).
Un primer testimonio sobre esta obra hídrica data de 1577, es decir, a los pocos meses de la conclusión de los trabajos. En esa oportunidad, Abreu y Figueroa redactó una carta para el virrey Francisco de Toledo, expresando que " he sacado una acequia principal para riego de sementeras tardías y he hecho repartimiento de ellas que es importante cosa porque éstas son las que ynchen (sic) la tierra por ser las mayores y las que cuando faltan hacen más falta porque por falta de temporales que al tiempo de las aguas y así están proveídos de riego para todos los tiempos " (documento en Palomeque, 2005b, p. 68).
Observamos en la carta que las tierras linderas a la acequia fueron repartidas (seguramente a través de mercedes o pedidos legales), las cuales se convirtieron en chacras, sementeras y viviendas.
De manera específica, los solares otorgados por los mandatarios beneficiaron a sus hombres y soldados de confianza, en recompensa por las labores políticas y militares. Estas posesiones los transformaba socialmente en "vecinos".
Las aguas de esta acequia corrieron por las tierras de la actual calle 25 de Mayo, de acuerdo con la hipótesis de Amalia Gramajo de Martínez Moreno (2003), formulada a causa de las consecuencias de la inundación de 1628, específicamente sobre la ubicación de la puerta del convento de los franciscanos.
Además de lo mencionado por Gramajo de Martínez Moreno, otra evidencia que encontramos sobre la ubicación de la obra hídrica la provee el acta capitular del 30 de octubre de 1754, en donde se expresa que " desde la acequia antigua, desde cerca de un palo que sirva de puente como para San Francisco ". El escrito de los cabildantes representa que la acequia se encontraba al frente del solar de los franciscanos, sobre el sector del oeste.
Por otro lado, no poseemos referencias documentales sobre las ubicaciones de la bocatoma, aunque fue registrado por Sotelo de Narváez que " corre por más de una legua ", es decir, entre 5 y 7 kilómetros, además de que había " recreaciones, pasa junto a la ciudad " (documento en Levillier, 1931, p. 325). La afirmación del cronista demuestra entonces que la primera acequia de Santiago del Estero se extendió entonces desde la calle 25 de Mayo hasta más allá de la ubicación central de la ciudad en esos momentos, o sea, pasando la avenida Alsina.
Esta obra hídrica estuvo al servicio de los vecinos y habitantes de Santiago del Estero hasta 1663, año en donde se produjeron las inundaciones que afectaron a toda la población y a la estructura edilicia de la urbe. Como consecuencia, fue planeada una nueva mudanza para la ciudad y la cava de una renovada y distante acequia. Los trabajos con los picos y azadones comenzaron en julio de 1666, es decir, durante el gobierno de Alonso de Mercado y Villacorta (documentos en Di Lullo, 1953).
Una parte de la primera etapa de construcción fue realizada por el sargento mayor Miguel de Lascano, creador del proyecto, quien utilizó 3.000 pesos de su propio peculio para pagar los jornales de los mitayos. Sin embargo, no pudo proseguir con la obra debido a las características del terreno y a los mayores costos que fueron surgiendo. Incluso, la bocatoma fue planificada para ejecutarse a unas 5 leguas de distancia por el norte de la ciudad, es decir, con un recorrido considerable, siendo que solamente se pudo cavar más de 1 legua (documentos en Di Lullo, 1953).
A pesar de esto, el sargento mayor fue recompensado por el rey con una encomienda por tres vidas, en agradecimiento por el trabajo y el dinero invertido. En estas gestiones intervino el gobernador, el cabildo y Antonio Cruzat, representando a la ciudad de Santiago del Estero en Madrid (documentos en Di Lullo, 1953).
Cuando arribó el nuevo mandatario, Ángel de Peredo, se constató el estado parcial de la acequia y las razones por las que se había abandonado el proyecto, lo cual fue informado a Madrid.
Para encontrar una solución se realizó un cabildo abierto en donde se propuso un lugar alternativo.
Por ello, una nueva cava fue realizada con recursos del capitán Felipe de Argañarás y Murguía, desde 1671, aproximadamente (documentos en Di Lullo, 1953).
Finalmente, la nueva obra hidráulica fue terminada en 1673, aproximadamente, durante la gestión de Peredo. Esta acequia fue trabajada por los encomendados del capitán, es decir, por los nativos pertenecientes al histórico pueblo de Matará, lo que significa que nuestra actual avenida Belgrano posee entonces sus raíces gracias a las labores ejecutadas por las manos de esos mitayos (documentos en Di Lullo, 1953 y Castiglione, 2012).
Destacamos también que la estructura fue ubicada en un lugar diferente a la comenzada por Lascano, además de que su recorrido en leguas fue menor. Con la finalización de los trabajos, Argañarás y Murguía se hizo cargo del mantenimiento de la acequia durante sus primeros años de vida (documentos en Di Lullo, 1953 y Castiglione, 2012).
Otras evidencias de que esta acequia era nueva y de que se hallaba en una ubicación diferente a la abierta durante la gobernación de Abreu y Figueroa la encontramos en una carta de Ángel de Peredo, fechada el 10 de octubre de 1673, la cual estaba dirigida al rey. En sus líneas, el gobernador manifestó que " se está fabricando otra acequia con mejores fundamentos " (documento en Di Lullo, 1953, pp. 98 a 100).
Por otro lado, sobre que era distinta a la comenzada por Lascano, expuso el mandatario en la citada carta que se estaba sacando " otra más fácil y cercana a la ciudad, como cosa de dos leguas en que se ha estado trabajando más de dos años y medio " (documento en Di Lullo, 1953, pp. 98 a 100).
Entonces, el trazado de la nueva acequia fue realizado en donde actualmente es la avenida Belgrano, la calle principal de la ciudad de Santiago del Estero, mientras que su compuerta fue ubicada en el norte, en un lugar hoy -y también desde las décadas siguientes a esa época- llamado Tarapaya. Con el paso del tiempo, su recorrido llegó hasta el sitio que fue conocido en los años posteriores como La Cabaña, en lo que es la calle Suárez, aproximadamente, en su intersección con la avenida Belgrano.
La extensión de la acequia fue de 2 leguas y tres cuartos (acuerdo capitular del 8 de enero de 1756) o 2 leguas y media (acta capitular del 11 de enero de 1774), lo que representa alrededor de 12 km., una medida mayor a la obra llevada a cabo durante la gobernación de Abreu y Figueroa.
Desde el momento de la inauguración, el gobernador Ángel de Peredo entregó tierras a los solicitantes con méritos, poblando los costados de la nueva acequia real. Algunos de los beneficiados con los solares fueron el capitán Felipe de Argañarás y Murguía (el principal responsable de la cava), Francisco de Luna y Cárdenas y Tomás de Figueroa (documento en Revista del Archivo, 1924, pp. 44 a 60).
Con la mudanza de la catedral a la orilla de la acequia se concretaron otros otorgamientos por parte de los mandatarios José de Garro y Tomás Félix de Argandoña, siendo que Pedro de Jeréz y Calderón, Francisco de Luna y Antonio de Luna se convirtieron en propietarios de las tierras lindantes a la obra hídrica. Estas gestiones de poblamiento continuaron en la época del gobernador Martín deJáuregui, hacia los finales del siglo XVII, quien concedió los pedidos realizados por Josefa Juárez de la Zerda y Juan de Saavedra Gramajo (documento en Revista del Archivo, 1924, pp. 44 a 60).
Destacamos también que las determinaciones de las chacras y demás propiedades de la primera acequia real se respetaron para esta nueva estructura, en complemento con las tierras que se fueron entregando antes y luego de su inauguración, además de las compras y ventas de solares que se concretaron con el paso de los meses.
Por otro lado, durante el mandato de Tomás Félix de Argandoña, la acequia tuvo un arreglo, ya que se encontraba con problemas en la compuerta, lo que dejaba consecuencias en el recorrido del agua. Al respecto, el cabildo santiagueño informó al rey sobre las acciones del gobernador, en carta del 11 de noviembre de 1686, al expresar que " dispuso que luego se sacase una acequia que corriese hasta esta ciudad y que pudiesen los vecinos vivir con algún alivio para sus sementeras y dar agua a sus casas, lo cual se consiguió " (documento en Levillier, 1926a, pp. 182 a 184). Aclaramos que la acequia no era nueva, sino que se trataba de la inaugurada en la época de Peredo.
Sobre el mismo tema y haciendo referencia a la bocatoma, el ayuntamiento de Córdoba expuso que el gobernador Argandoña " reconociendo era la total destrucción y ruina de aquella ciudad la falta de agua ofreció mil pesos de su parte para que se abriese la toma " (documento en Levillier, 1926a, pp. 185 a 188).
Con estas obras de refuerzos y mantenimientos generales, la principal obra hídrica de la ciudad de Santiago del Estero arribó al siglo XVIII.
El padrón de la acequia
El padrón de la acequia de 1756 fue un valioso registro publicado por Andrés Figueroa en el primer número de la Revista del Archivo de Santiago del Estero (pp. 44 a 60). Dicho documento constituye un listado de los propietarios (de esos momentos y los anteriores) que se encontraban situados en ambas orillas, lo que representa una parte de la realidad social de la ciudad y de los vecinos, moradores y habitantes que se beneficiaron de manera directa con las aguas del río Dulce, las cuales llegaban hasta sus plantaciones, chacras y bebederos de animales.
El registro de los regantes fue elaborado por solicitud del teniente de gobernador Francisco de la Barrera y San Martín (" a cuyo pedimento y súplica he tomado este gustoso trabajo por el deseo que me asiste de que ninguno sea perjudicado en su derecho "), mediante un pedido realizado por el gobernador Pestaña y Chumacero. Las finalidades fueron poseer un documento con los títulos de los propietarios linderos a la principal obra hidráulica de la jurisdicción, mantener numeradas las chacras y viviendas y tener reordenado un sector destacado del trazado oriental correspondiente al curato Rectoral.
El padrón fue realizado mediante los documentos que se encontraban en el archivo del cabildo y con los títulos de los propietarios. Para la confección se utilizaron escrituras sobre entregas de tierras, ventas y herencias, incluso algunas correspondientes a la anterior estructura, es decir, a la que estaba inutilizada en esos momentos (sobre la actual calle 25 de Mayo), lo que significa que la distribución original de las chacras fue respetada tras la mudanza de los solares y del trazado de la definitiva acequia, hoy la avenida Belgrano.
Las dos columnas que se encuentran en el centro y bordeando la acequia representan a los propietarios que poseían sus respectivos títulos en 1756, mientras que las líneas externas corresponden a los dueños anteriores a la elaboración del padrón, lo que denota el trabajo realizado por aquellos funcionarios que investigaron los antecedentes de cada una de las parcelas.
El recorrido de las aguas contaba con 76 parcelas registradas hacia 1756, de las cuales 11 no poseían dueños conocidos al momento de la elaboración del padrón. En el sector del oeste llegaban las propiedades hasta el número 35 y en el este desde la 36 hasta la 76, siendo el costado que lindaba con la parte de atrás de la ciudad.
El sitio de La Cabaña (aproximadamente en la actual calle Suárez y avenida Belgrano) estaba atravesado por las chacras 31 y 76, mientras que las últimas eran las numeradas en 32, 33 y 34. La mencionada 76 correspondía a quien fue el encargado de cavar y construir la acequia en los años anteriores, es decir, el capitán Felipe de Argañarás y Murguía, aunque en 1756 habitaban sus herederos.
Uno de los lugares de paso entre ambos lugares, es decir, un puente, se encontraba ubicado entre las propiedades 10 y 11 del sector del oeste, llamada calle real, la cual llegaba hasta la plaza de la ciudad por la actual calle Libertad. El puente restante estaba situado entre la 49 y 50 (del lado del este) y correspondía a la zona de la Iglesia de La Merced, donde hoy se localiza la calle Urquiza.
Las propiedades medían, en su mayoría, cerca de dos solares o más y las más extensas fueron las de Francisco de Argañarás y Murguía, Francisco de la Barreda y San Martín, Javier de Saavedra Gramajo y Juan Bravo de Zamora, mientras que la única que llegaba hasta el río Dulce fue la de Alonso de Vera, siendo la dimensión más grande de todas las registradas en el padrón. La correspondiente a María Suárez de Cantillana se internaba media legua hacia el poniente, es decir, un poco más de 2 km., pasando la actual avenida Colón. Se destaca entonces que la mayoría de las parcelas tuvieron dimensiones diferentes.
Por otra parte, los apellidos mencionados en el párrafo anterior corresponden a las familias integrantes de la élite política, militar y religiosa de la jurisdicción. Esta característica estaba presente en la mayoría de los dueños registrados, como Agustín Antonio Salvatierra, el general José de Aguirre y Aráoz (herederos), el capitán Antonio del Campo, Javier de Saavedra Gramajo, el capitán Tomás
Pereyra, el maestre de campo Diego Araoz, el capitán Manuel Rodríguez, José López de Velazco (herederos), Alonso de Alfaro (su hija Isabel), Manuel Bravo de Rueda y Francisco de Abreu (herederos), entre otros.
En el mismo sentido, las tradicionales familias con más propiedades registradas fueron las de Argañarás y Murguía con 2, Luna y Cárdenas con 4, Bravo de Zamora con 5, Arias con 4, Juárez Baviano con 2 (herederos) y Figueroa y Mendoza con 3. Observamos entonces diversas concentraciones de tierras en los costados de la acequia, bajo los intereses de un grupo de familias destacadas.
Por su parte, las mujeres que aparecen en los registros como propietarias directas o herederas fueron María Suárez de Cantillana, María de Arias, Bernarda de Gramajo (herederos), María Rosa Robles, María Bravo, Juana Roldán (herederos), María Juana Robles y Micaela Figueroa.
Las congregaciones religiosas que mantuvieron títulos en la acequia fueron los jesuitas con 4 (una de ellas, específicamente la propiedad número 35, en 1756 no figuraba con poseedores, a pesar de que la expulsión fue llevada a cabo unos años después), mercedarios con 3 (una correspondiente con su actual ubicación, es decir, la iglesia), franciscanos, domínicos y la iglesia matriz (por donde hoy se encuentra la puerta del Obispado). Por su parte, los curas con registros fueron José Corbalán y Castilla, José Calderón de Castillo y Diego de Araoz, rector del Colegio Jesuita de Santiago del Estero. El real hospital poseía una propiedad, al igual que Franco Inojosa y esposa.
Pero destacamos especialmente al único integrante de la casta de los nativos que aparece en el padrón. El documento de posesión perteneciente a "Marcelo, indio zapatero", era en la parcela número 15 (con un solar o tierra de menor tamaño, es decir, de las tierras más pequeñas de la zona), o sea, en un sector privilegiado de la parte del oeste, ya que estaba habitando y ejerciendo su oficio entre el sector intermedio de los dos puentes por donde transitaban los habitantes y vecinos.
Si bien era habitual que los descendientes de los nativos de estas tierras posean propiedades compradas gracias al comercio o al intercambio en trueques ejercido durante años en la ciudad y en los alrededores de los pueblos de indios, no encontramos tantos casos en los registros locales, aunque sí en el Archivo Histórico de Tucumán, especialmente del siglo anterior, como Diego de Arroyo, también "indio zapatero", vendedor de dos medios solares a Juan Díaz de Estremera por 150 pesos y a Antonio Daza. También tenemos a Andrés de Medina, otro "indio zapatero", vendiendo un solar al indio Gaspar Pati, otro solar a Diego de Medina (por un valor de 180 pesos) y medio solar a Isabel
Daza por 75 pesos (AHT, Protocolos, Volumen 1, fojas 65 a 67; 68 a 70, reverso; 530 a 532; Volumen 2, 21 a 22; 183 a 183 reverso).
Para la época de la confección del padrón, las chacras situadas en la acequia mantenían sus plantaciones y las crías de animales mediante el servicio personal de indios y mestizos, lo cual funuevamente prohibido unos años después por las autoridades del Virreinato, aunque solamente la práctica de mantenerlos mediante la obligatoriedad, imponiéndose la condición de pagarles lo correspondiente por los trabajos, tal como se especificaba en las Ordenanzas de Alfaro.
Otras manos recurrentes en los trabajos de los hogares y chacras de la acequia fueron las de los esclavos, siendo esto algo común en las familias de apellidos destacados y tradicionales de la jurisdicción.
El padrón de la acequia demostró entonces la concentración de propiedades existentes a sus lados y el valor que tuvo el recorrido de sus aguas para las chacras, la vida de los animales y de sus habitantes. La obra se encontraba situada a unos pocos metros de la plaza de la ciudad y de los principales edificios, lo que demuestra su centralidad y, a la vez, el peligro por los desbordes.
Fueron las principales familias las que ostentaron las parcelas, algunas de ellas concentrando más de una y con extensiones destacadas, aunque también estuvo Marcelo en el registro realizado, siendo el único caso manifestado de una casta inferior, empadronado con un oficio que servía para componer o confeccionar los calzados de los españoles y criollos.
La importancia de la acequia se observa también en su extensión y en los cientos de documentos capitulares que se labraron en el cabildo durante el siglo XVIII, en cuanto a su mantenimiento, arrendatarios, costos, obras generales y problemáticas, entre otras causas y características.
El crecimiento poblacional de la acequia se originó mediante ventas, herencias y entregas de mercedes de tierras, lo que denota el valor que poseía para los vecinos de la ciudad de Santiago del Estero, acrecentándose esto con el transcurso de los años.
Las dos acequias reales, cada una durante sus tiempos de funcionamientos, estuvo al cuidado administrativo del municipio colonial, es decir, del cabildo, institución que se encargaba de su mantenimiento y de la llegada de los mitayos (los pueblos de indios de las zonas cercanas) durante dos veces al año para la limpieza, desmalezamiento y ensanchamiento, además de las cuestiones referidas a la compuerta o bocatoma. Entonces, las funciones de estas obras hídricas fueron encauzar una pequeña parte de la corriente del Dulce para que se produzca el riego en los sembradíos y bebederos de las chacras que se establecieron en sus alrededores, lo que mantuvo activa a una parte de la dinámica social, poblacional y económica de la ciudad de Santiago del Estero.









