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EL LIBERAL . Opinión

San Roque: poner el cuerpo donde la vida duele

Por Pbro. Dr. Marcelo Trejo.

(San Roque- Foto Google)

(San Roque- Foto Google)

16/08/2026 12:32 Opinión
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San Roque es uno de esos testigos de Dios cuya vida se ilumina desde su historia concreta. Nació en Montpellier, al sur de Francia, en un tiempo marcado por la peste negra, que enfermaba, mataba, sembraba miedo y provocaba despojo social.

En una ciudad donde la vida dolía, la fe no podía quedarse en palabras. Por eso, aquel joven decidió "poner el cuerpo" (cf. Hb 10,5), no con ingenuidad, sino con urgencia de caridad al ver cómo la enfermedad excluía, cómo la pobreza marginaba y cómo muchas personas quedaban completamente solas.

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Puso el cuerpo cuando eligió acercarse a los enfermos, permanecer en ciudades devastadas y dejarse alcanzar por el dolor de los otros. También lo hizo cuando la peste lo tocó a él y cuando nadie más quiso acercarse. Porque la peste no solo mata el cuerpo: también excluye injustamente a quien la padece (Cf. Lc 22, 37)

Así, San Roque no habló de la enfermedad desde afuera: la sufrió. No habló de los pobres desde lejos: caminó con ellos. Su santidad nació de una decisión concreta: ponerse del lado de los apestados, descartados, escondidos y apartados (Mt 25 ss.) y la herida abierta fue su mejor predicación del Evangelio de Jesús.

Desde esa experiencia podemos mirar el presente. No se trata de comparar dolores ni de trasladar sin más la peste de su tiempo a nuestra realidad, sino de reconocer que también hoy existen males que aíslan, excluyen y debilitan la vida del pueblo. 

Allí donde una herida social deja a alguien al margen, la fe vuelve a pedirnos cercanía, nombre propio y compromiso concreto. Basta mirar la vida cotidiana para reconocer situaciones que no podemos ignorar:

La pobreza estructural sigue debilitando la vida de muchas familias. Las obliga a vivir endeudadas, mendigando recursos para llegar a fin de mes y viendo cómo se oscurecen sus horizontes posibles.

En ese paisaje agreste aparecen llagas que golpean con fuerza: la droga instalada en los barrios, negocio lucrativo para algunos y deterioro para muchos; la violencia doméstica, tantas veces vivida en silencio; y la soledad vulnerable que golpea a los ancianos.

Hay además otras formas de enfermedad social: una justicia que, cuando se vuelve demasiado burocrática, termina siendo una nueva forma de injusticia.

También son heridas sangrantes la corrupción sistémica y la violencia institucional, porque violan el "derecho de gentes". Según Fray Francisco de Vitoria, ese principio sostiene una convivencia legal llamada a tutelar la dignidad, la libertad, la equidad y la paz social.

Hiere, además, la verborragia política cuando promete bienestar mirando encuestas y dibujando futuros alejados de la experiencia cotidiana del pueblo. Esa distancia se vuelve una forma de indiferencia que muchas veces duele más que la fiebre.

Honrar a San Roque es hacernos cargo de estas heridas y llamarlas por sus verdaderos nombres, sin eufemismos que diluyan las realidades llagadas. No naturalicemos lo que duele ni aceptemos como normal aquello que enferma la vida del Pueblo Nación: que nadie quede afuera, porque hay derecho a la patria, al hogar y a la dignidad.

Sin embargo, tampoco nombrarlas alcanza, estamos llamados a hacernos cargo, asumirlas y transformarlas. Allí se abre un camino de vida: el camino de Jesús. 

En San Roque, la verdad del Evangelio se vuelve concreta: la herida se transforma en signo de inclusión, la enfermedad en revelación y la vulnerabilidad en fortaleza sostenida por Dios. Como afirma el apóstol Pablo: "cuando somos débiles, entonces somos fuertes" (2 Cor 12,10). Así, la fragilidad humana no es un obstáculo, sino el lugar donde Dios se revela.

Este testimonio nos recuerda que la santidad no consiste en una perfección rígida y distante, sino en una cercanía bondadosa y un compromiso eficaz. En su cuerpo llagado se transparentó el encuentro con Dios y con quienes más lo necesitan. ¡Roque, santo bendito, ruega por nosotros!

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