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La Argentina y la visita del Papa

Por Adriana Sirito 

30/09/2026 16:32 Opinión
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Hay visitas que se anuncian en una agenda. Nos enteramos por un flyer que nos llega por WhatsApp y lo reenviamos a un grupo de difusión en el que lo básico es que no nos conocemos entre los receptores, no sabemos nada unos de otros. Otras visitas, en tanto, comienzan cuando un pueblo empieza a preparar el corazón y se contagia. Así está sucediendo con la llegada de León XIV a la Argentina .

Somos muchas las generaciones que esperamos este encuentro, quienes recuerdan las visitas de san Juan Pablo II, quienes aprendieron a reconocerse en la cercanía de Francisco y los jóvenes que nacieron en un mundo atravesado por pantallas, algoritmos e Inteligencia Artificial. Historias, edades y heridas diferentes, pero unidas por una misma esperanza: la de reencontrarnos.

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La Argentina necesita encontrarse. Hemos permitido demasiadas veces que nuestras diferencias se conviertan en trincheras, que las palabras se transformen en armas y que las heridas terminen definiéndonos frente a los otros. Pero un país no puede vivir indefinidamente desde la herida. Podemos recordarla, reclamar justicia y aprender de ella, pero alguna generación tiene que atreverse a comenzar la restauración. Tal vez ésta sea nuestra oportunidad de preparar el corazón argentino para ello.

Magnifica Humanitas, la primera encíclica de León XIV, llega providencialmente a una humanidad fascinada por las posibilidades de la inteligencia artificial. Frente a ese avance, el Santo Padre nos invita a recuperar una medida esencial, la de crecer en capacidad sin dejar de crecer en humanidad, poniendo límites allí donde el progreso tecnológico pueda alejarnos de lo verdaderamente humano.

Podemos construir máquinas capaces de procesar en segundos cantidades inmensas de información, automatizar decisiones y conversar con sistemas que parecen comprendernos. Pero una máquina no conoce el peso de una ausencia; no sabe lo que significa perdonar cuando todavía duele; no puede sentarse frente a alguien que la hirió y decidir empezar de nuevo. Puede incluso imitar nuestras palabras y reproducir conversaciones cargadas de emoción, pero nunca tendrá experiencia de humanidad.

Por eso, León XIV nos coloca frente a un desafío paradójico, ya que cuanto más poderosa se vuelve nuestra tecnología, más urgente resulta permanecer profundamente humanos. En Magnifica Humanitas aparecen dos imágenes que interpelan especialmente: Babel, nacida de la fascinación por el poder, y Jerusalén, reconstruida paciente y comunitariamente por Nehemías, piedra sobre piedra.

También la Argentina debe elegir qué quiere reconstruir. Podemos seguir levantando nuestras pequeñas Babeles cotidianas, convencidos de que el otro es el problema, refugiados entre quienes sólo confirman lo que pensamos, amplificando el enojo y midiendo quién venció a quién. O podemos emprender una obra mucho más difícil, como es la reconstrucción del amor, la amistad social y la confianza.

San Agustín -fundador de la orden a la que pertenece el papa León- decía que dos amores construyen dos ciudades. Aquello que amamos termina dando forma a nuestras relaciones, nuestras instituciones y nuestra convivencia. Por eso recuperar el bien común no significa regresar a una idea antigua, sino asumir una pregunta radicalmente actual: ¿somos todavía capaces de querer un bien que no sea solamente el nuestro?

El bien común comienza cuando comprendemos que el destino del otro también nos pertenece; que ningún proyecto personal puede realizarse plenamente dentro de una comunidad destruida y fragmentada; que no existe verdadero desarrollo si dejamos personas descartadas a la vera del camino. Estamos llamados a ser puentes de reconstrucción y de paz. Restaurar no significa volver atrás, borrar la memoria ni fingir que nada ocurrió. Quien restaura conoce las grietas, respeta la historia y trabaja cuidadosamente sobre aquello que fue dañado. También los pueblos necesitan la delicadeza de la restauración humana.

Fuente: Clarín 

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