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Identidad de un pueblo y su poema fundacional

Por Gisela Colombo. 

Gisela Colombo

Gisela Colombo

31/08/2026 13:13 Opinión
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Hay una escena que conviene tener pre sente antes de avanzar: Stalingrado, febrero de 1943. Un ejército entero agoniza de hambre y de frío, cercado, sin salida. Y para despedirlo, el poder no elige una imagen moderna ni una arenga de trinchera. Elige un poema de ochocientos años. Hermann Göring compara a esos soldados condenados con los borgoñones del Cantar de los Nibelungos, aquellos que ardieron en el salón en llamas de Atila peleando hasta el último hombre por la palabra empeñada. "Nibelungentreue", la llama: la lealtad de los nibelungos. Una masacre militar, vestida de gesta, con la autoridad prestada de un texto medieval.

Ese préstamo es la pregunta es clave. ¿De dónde saca un poema semejante poder de convocatoria, siglos después de haber sido escrito? Y ahí aparece algo que no esperábamos: no todos los poemas fundacionales nacieron al servicio del trono. Algunos fueron reclutados mucho después, casi contra su voluntad, como quien despierta a un soldado retirado para una guerra que no es la suya.

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La Eneida es el caso más franco. Augusto no encontró un mito: lo encargó, con la precisión de quien pide un traje a medida. Le pidió a Virgilio un relato que legitimara a Roma y, de paso, a su propia sangre —porque Julio César, y por lo tanto Augusto, descendían según la leyenda de Ascanio, el hijo de Eneas—. El linaje imperial quedó cosido en la trama antes de que el poema respirara su primer verso.

El Cantar de Mio Cid es más esquivo, y por eso dice más. El Rodrigo Díaz de Vivar de carne y hueso fue un soldado que sirvió lo mismo a reyes cristianos que a taifas musulmanas, según lo que su carrera necesitara; llegó a pelear para un rey moro contra otros cristianos. El poema, hacia 1200, no miente exactamente: elige. Poda esa ambigüedad incómoda y deja a un vasallo ejemplar, desterrado sin justicia pero fiel hasta el hueso al rey que lo destierra. Aquí el poder no encargó el texto desde la nada, como Augusto; se limitó a beneficiarse de una memoria ya limada, ya dócil, perfectamente útil para la Reconquista que necesitaba contarse a sí misma.

Homero es otra variante todavía, quizás la más enigmática. Nadie le encargó la Ilíada ni la Odisea a nadie, entre otras cosas porque ni siquiera sabemos si detrás de ese nombre hay un hombre o una tradición oral de siglos, condensada como la niebla se condensa en agua. Ahí el poder llegó después, y lo hizo con otra intención: no inventar, sino fijar. El tirano Pisístrato —o su hijo, según a quién se le pregunte— ordenó que los poemas homéricos se recitaran completos y en orden en las fiestas Panateneas. Antes, los rapsodas tomaban de aquí y de allá, a su gusto, como quien recoge flores sueltas. Después, hubo un solo ramo, oficial, controlado, que Atenas podía exhibir como herencia de todos los griegos, reforzando de paso su propio prestigio. Pisístrato no creó a Aquiles ni a Ulises. Los puso bajo un mismo techo y los convirtió en bandera.

El Cantar de los Nibelungos es el reclutamiento más tardío y también el más brutal. Nacido hacia 1200 de un autor sin nombre, en la actual Austria, recogía leyendas germánicas mucho más antiguas: la caída real del reino borgoñón ante los hunos, en el año 437, deformada durante generaciones hasta volverse mito. Y luego, silencio. Casi seiscientos años de olvido, hasta que en 1755 un erudito suizo desempolvó un manuscrito y lo devolvió al mundo. El romanticismo alemán del siglo XIX lo recibió con los brazos abiertos: ahí estaba, por fin, la Ilíada germánica, la prueba de que los pueblos de lengua alemana también tenían su propia épica. Wagner lo llevó a la ópera. El nacionalismo de fin de siglo, y después el nazismo, terminaron de convertirlo en cantera de consignas: la lealtad sombría y autodestructiva de Hagen y los suyos —que en el poema original tiene más de condena que de virtud— se leyó, de pronto, como ejemplo militar. Nadie escribió el Cantar de los Nibelungos pensando en el Tercer Reich. El Tercer Reich fue a buscarlo, setecientos años más tarde, al fondo de la estantería.

Entre estos cuatro casos hay una escala, casi una geometría del poder frente al mito. En un extremo, el poder encarga el relato entero, como Augusto con Virgilio: el mito nace ya uniformado. Un paso más allá, no toca el poema pero reescribe la memoria que lo sostiene, como la monarquía castellana con la biografía del Cid: el mito nace libre y es domesticado después. Más lejos todavía, el poder no interviene en el contenido pero decide cuándo y cómo se lo recita, como Pisístrato con Homero: el mito ya estaba libre, y el poder solo le puso un marco. Y en el extremo opuesto, el poder ni siquiera asiste al nacimiento: simplemente encuentra el poema, siglos después, dormido en el fondo de una biblioteca, y decide que ahí hay una lealtad todavía disponible para reclamar, como el nazismo con los Nibelungos.

La lección, incómoda como todas las que valen la pena, es esta: un poema no necesita nacer como propaganda para terminar sirviendo como tal. Le basta con esperar. Tarde o temprano, alguien vendrá a preguntarle si todavía sabe morir por una causa ajena.

Especial para EL Liberal.

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