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Crónica de la periferia y el centro

Por María Belén Cianferoni

25/10/2026 01:38 Viceversa
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Buenas, ¿cómo les va? ¡Qué hermosa mañana fresca! Estoy incógnita en un lugar recóndito mientras el pueblo santiagueño contempla las nubes.

Vivir en el interior es esto: ser feliz con el clima, hablar con nosotros de las amenazas del día y de algún ocasional sueño. Somos marineros de río y no tenemos ni calor ni frío, diría don Calamaro.

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Cuando era changa chica, pensaba en los beneficios que hubiera tenido de haber nacido en Buenos Aires. Pensaba en lo que hubiera sido poder acceder a circuitos de literatura más completos: un taller con Laiseca, clases de teatro con Kartun, tomar una Coca y encontrarlo a Charly García tirando algo por la ventana. «Cada cual tiene un trip en el bocho», diría el genio del bigote bicolor.

Pero pasaron los tiempos y cada día mi ciudad me llama más la atención. No es que no haya nada que hacer: hay de todo para hacer. Incluso hay algo que no se compra con una inscripción a un taller: el tiempo. El tiempo que brinda una óptica distinta.

Estoy muy segura de que se viene una rebelión filosófica con eje norteño en nuestra ciudad. Somos gente muy inteligente, linda y a la que no se le pasa el arroz.

Por eso me quedé pensando en todo lo que producimos y hacemos. Me siento muy bien descansando mi cabeza en el esfuerzo compartido.

Hace unos días leí una publicidad en Facebook. Una escritora de Buenos Aires, muy conocida, promocionaba un taller para escribir crónicas y columnas «que de verdad sí se leen».

Y yo me quedé pensando.

Primero: no diga cómo vivo. Jajajaja. Sí, es verdad, pero, doñita, no lo diga así.

Llevo un buen rato escribiendo en este espacio y siento que es una lucha constante contra el tiempo y la distancia. Y, como dice el cantante, «dicen que la distancia es el olvido».

El público, no en calidad sino en cantidad, es diferente. El alcance es distinto. Y no sé si hacer un taller pueda hacer una diferencia con respecto a eso.

Porque hacer talleres es, en gran parte, hacer contactos. Conocer pares. Aprender técnicas, sí, pero también enterarse de quién publica, quién recomienda, quién invita, quién lee y quién conoce a quién.

Beatriz Sarlo dijo: «Si no tenés agentes, no tenés premios», y desgraciadamente es algo bastante sustentado.

Entonces una empieza a preguntarse por los caminos de la literatura.

¿Escribir mejor? ¿Escribir más? ¿Escribir lo que una quiere? ¿Escribir lo que quieren leer? ¿Mandar el manuscrito? ¿Mandarlo de nuevo? ¿Conseguir un contacto? ¿Ir a Buenos Aires? ¿Tomarse un café estratégico? ¿Aprender a pronunciar «sin s» sin que se note el espanto?

Y aquí aparece una cuestión que me interesa cada vez más: el centro y la periferia.

Durante mucho tiempo pensé que estar lejos era una desventaja. Y, en algunas cosas, lo es. Hay libros que llegan tarde, autores que no llegan nunca, presentaciones que quedan a cientos de kilómetros, talleres imposibles de pagar si se suman el viaje y el alojamiento, y circuitos que parecen diseñados como si la Argentina terminara después de la General Paz.

Pero también hay algo que sucede cuando una escribe desde acá.

Una empieza a mirar de otra manera.

El centro tiene sus propias urgencias, sus modas, sus discusiones, sus pequeñas guerras literarias y sus nombres que se repiten. La periferia también tiene las suyas. La diferencia es que las nuestras muchas veces no llegan al centro. Eso no significa que no existan.

A veces pienso que tenemos una enorme producción cultural que circula como el agua de una acequia: está ahí, pasa todos los días, sostiene cosas, alimenta otras, pero nadie desde lejos se entera de que existe.

También está el asunto de lo publicado.

Porque una descubre, con cierta tristeza y bastante sentido del humor, que no siempre se publica lo mejor. Se publica lo que se conoce.

Lo que tiene un nombre atrás. Lo que viene recomendado. Lo que ya fue leído por alguien que conoce a otro alguien que trabaja con alguien. Lo que tiene una historia previa. Lo que entra fácilmente en una conversación.

Y entonces aparece esa pregunta medio antipática: ¿cuánto de una carrera literaria tiene que ver con escribir bien y cuánto con haber conseguido que te lean?

No tengo la respuesta.

Ojalá la tuviera, pero sí sé que escribir desde el llano en llamas es una forma de insistencia.

Escribir desde Santiago del Estero es escribir desde un lugar que muchas veces aparece en el mapa cultural como paisaje, como folclore, como postal, como leyenda, como «lo regional». Y nosotros también somos eso, claro. Pero somos bastante más.

Tenemos discusiones, libros, artistas, pensamiento, humor, deseo, contradicciones, chicas que escriben, viejos que piensan, jóvenes que inventan cosas y gente que está tratando de hacer cultura mientras consigue que funcione el aire acondicionado.

Creo que la periferia no tiene que convertirse desesperadamente en centro. Tenemos que dejar de pedir permiso para existir.

Una carrera literaria no siempre se construye por la ruta más corta. Hay caminos que son largos, torcidos y llenos de pozos. Como nuestras calles, para no perder la identidad.

Yo sigo escribiendo con gerundios y con s.

A veces me leen muchos. A veces me leen tres. A veces sospecho que uno de esos tres es mi mamá y otro es el algoritmo, que ya tampoco sé cuál de los dos me conoce mejor.

Pero sigo.

Es hermoso escribir desde el interior: una puede mirar hacia el centro sin dejar de mirar alrededor. Y mientras algunos buscan el lugar donde están todos, nosotros podemos empezar a construir el lugar donde queremos estar.

Total, si viene la rebelión filosófica norteña, más vale que nos agarre escribiendo.

Hasta la semana que viene, mis croniqueros. Salud y brindis, aquí, mientras escucho consejos de ahorro de un turco amigo.

Nota de edición: corregí «en escribir» por «escribir» y ajusté «llano en llamas» como posible alusión literaria. Conviene confirmar esta última expresión con la autora para asegurar que sea la frase que quiso utilizar. También mantuve el tono coloquial y las referencias culturales originales.

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