×

Los jardines contiguos

Cuento de Fabiana Calderari.

- 23:25 Viceversa

Los dos amigos atravesaron el primer jardín y se dirigieron hacia una puerta pequeña, al final del sendero. Era un sendero angosto, oscuro y apenas marcado por los pasos. Uno de ellos, el alto, cargaba una bolsa de la cual sobresalían ramas y hojas. —¿Crees que a ella le importe si planto el arbolito en este lugar? —dijo el gigante, conteniendo una sonrisa. —Sara va a patear todas estas plantas cuando se entere —dijo el otro amigo, mordiéndose el labio para no consentir la ocurrencia. —No creo, es toda una dama. Las damas refinadas no dan patadas, además, es mi jardín —agregó el hombre grande, levantando el hombro derecho. —Las mujeres nunca perdonan —sentenció el amigo, exhalando el humo, con pausas traviesas que creaban círculos. —¡Ahá! Ojalá me perdiera en este paraíso enmarañado —dijo el dueño del jardín. Los ojos velados del amigo delataron cierta comprensión. Se quedaron en silencio, fumando. Bastaba una mirada urgente por el jardín para notar la vegetación abandonada. Una naturaleza obscena. Los claros de luna la mostraban siniestra. Las flores tenían apariencias exóticas y los arbustos se acomodaban, prosperaban y se ensanchaban en un rectángulo de veinte metros de largo, sin más límites que cuatro muros de tres metros. El ancho del jardín estaba marcado por seis palos borrachos, tres de cada lado. Crecían como acompañándose, recostados cada uno sobre el otro, todos torcidos. Cuando florecían, no se reconocía a cuál de ellos pertenecía cada flor. Las colas de zorro frondosas, llenaban las esquinas. Entre las higueras deformadas, aparecían y desaparecían las enredaderas. Brotaba la vegetación por cualquier lado, dándole al lugar una apariencia salvaje. Una de las enredaderas asomaba una rama por encima del muro. —Debes cortarla —musitó el amigo percibiendo la invasión—. O te meterás en problemas. Luego hubo silencio. Los amigos tiraron las colillas en el rincón habitual del césped. Salieron del jardín para atravesar el otro jardín. Ambos retomaron también la compostura de las costumbres y entraron con estilo en ese otro hábitat tan prolijo y cuidado. Ese otro jardín se veía como siempre. Simétrico, intocable, detenido, como si allí la naturaleza tuviera un pacto exagerado con el orden. Margaritas pálidas, alineadas en una armonía exacta. Plantas más pequeñas colocadas en formas geométricas. El césped, una alfombra verde, de verde perfecto. El aroma de los caminos de lavanda escoltaba los sentidos hacia la pileta. Un espejo de agua incolora en un receptáculo celeste, donde bailaban las luces blancas que, por momentos, se pintaban de colores. —¿Ves el cantero izquierdo de azaleas? — pregunto el dueño del otro jardín a su amigo. El muchacho movió la cabeza. —Lo manda a regar puntualmente. A las siete de la tarde. El jardinero debe regar la tierra que se encuentra debajo de la planta, evitando mojar hojas y flores, si no… —Si no, queda despedido, no me extraña. —¿Ves las plantas de tallos altos? Allá, agrupadas. —¿Los agapantos blancos? —Esos. La semana pasada Panchito las aplastó jugando. —¿Y? —Y nada... El perro es sagrado. Ese animal tiene una credencial de indemnidad para toda la casa. Desmenuza mis pantuflas, esconde las medias, se revuelca por el suelo con mis libros entre los dientes. Restriega mis camisas contra el empedrado del patio. Sara solo dice: «¡Perrito travieso, venga con mami!». Ambos suspiraron fuerte, entendiéndose, como quienes cargan una complicidad ancestral reparadora. Cada uno caminó hacia la mesa en direcciones opuestas. Todos hablaban al mismo tiempo; por un lado, las mujeres, moviendo animadamente las manos y poniendo en sus bocas gestos exagerados. Los hombres, menos contorsionados, bebían y reían con desenfreno. —¡Pancho! —le gritó uno de ellos, con el brazo levantado. Ven. Ven y cuéntanos la anécdota del museo. “Los anteojos” —agregó, entre risas, indicándole que se sentara a su lado. Mientras tanto el perro, también a su lado, relamía unos restos de comida. Los presentes ya conocían la historia. Francisco la alimentaba con detalles y siempre la volvía a narrar robustecida -tanto para animar a los amigos como para molestar a Sara. Sara, sentada frente a Francisco, rechinando los dientes ofreció otra ronda más de café a los invitados. Cuando entró en la casa, el esposo se volvió para asegurarse de que ella ya no lo escuchaba, y comenzó a contar animosamente el acontecimiento. En público, el gigante se mostraba osado; en sociedad poseía una audacia que contrastaba con la indiferencia que teñía la vida privada del matrimonio. La cabeza pulida de Francisco -tan pulida como una bola de billar- le relumbraba por la luz que venía del asador. De espalda a las brasas, que seguían ardiendo, comenzó a reparar, con perspicacia, a Sara: –...Y mientras visitábamos el Museo de Arte Moderno de San Francisco, un grupo de adolescentes decidió mostrar a los asistentes de qué se trataba el arte moderno. El fenómeno estético se produjo cuando Sara se acercó a una multitud que rodeaba la obra misteriosa. Me llamó asombrada: «¡Pancho,mirá esta belleza!¡Sacá muchas fotos!». Me asomé. Ahí estaban: ese par de anteojos de lectura, en el suelo. Y el público asistente, junto a Sara, admirando el repentino arte ideado por unos pícaros estudiantes». Y las carcajadas atronadoras pintaron el resto de la noche. Una y otra vez, Sara aparecía, bruscamente, admirando la obra. Su marido gozaba, en todas las reuniones, del astuto placer de verla enojada y silente en público, guardando recato. Reservando la ira para después, para más tarde, cuando estuvieran solos. Siempre. Cuando los amigos se marcharon, las luces se apagaron y quedó la luna ocultando la rutina, iluminando las formas distantes de los jardines contiguos. Inútilmente a Francisco le hubiera gustado ser como Panchito. Antes de entrar a la casa, sacudirse, olvidarse de los errores y abandonar las culpas. Ser sumiso, hundir, arquear, el lomo cuando una mano tibia se apiadara de él. Echarse de patas abiertas, al lado de su dueña. Entregarse incompleto, humanamente animal. Mostrarse fiel a las instrucciones. Pensó también que al perro le hubiera gustado ser como él, crecer en su jardín. Hubiera podido correr, saltar, trepar, enloquecer. Francisco, a veces, entraba a su jardín solo para mirarlo. El caos lo reconfortaba de alguna manera. Esa libertad indómita escondía un sutil lenguaje que compartía: «Quiero caminar a contracorriente. Olvidarme de los modales y de las formas. Irme por los cauces de la imaginación y perderme entre sus escondrijos…Atreverme a ser real y no un triste ser inventado por la rutina». Casi siempre entraba cargando bolsas, macetas con helechos, palas, rastrillos, sobres con semillas. El paisaje desastroso, salvaje, que hubiera enloquecido a Sara, era un solaz de la naturaleza para él. Estaba un rato, todas las noches. En ese juego nocturno, daba vueltas, caminaba, fumaba, se movía tranquilo. Tomaba un rastrillo, alisaba la tierra, recogía la hierba, las plantas secas. Arrancaba algunas ramas, olía las hojas, las flores. Los aromas inquietaban sus sentidos. Ahí adentro, entre la fronda, las estrellas parecían ninfas cautivas. Ahí adentro, él, parecía gobernarse entero. Era el jardinero de los sueños osados. Los muros del jardín se erigieron como una defensa contra los insistentes reclamos de Sara. Las humillaciones personales de la mujer que él, prolijamente, juntaba, cargaba, cavaba, plantaba con cada semilla. Se hundían en la tierra fresca y removida como su bronca y su impotencia. Día a día, su carácter se robustecía entre las plantas, para salvarse de la barbarie de esa boca ingrata. Francisco inhalaba un aire diferente. Ni siquiera regaba su jardín con grandes cuidados. Una vez por semana, abría el grifo de una canilla antigua, apoyada sobre uno de los muros sin revocar y una serpiente de goma, larga e inquieta, comenzaba a moverse por todos lados. Una noche encontró a la mujer en la hamaca del jardín, el otro jardín. Los aspersores encendidos del paraíso prolijo lo obligaron a moverse en zigzag. Sara lo increpó: —¿Dónde estabas Francisco? Pensé que dormías —. Él no respondió. Intentó mostrar distracción levantando los hombros y se unió, silenciosamente, al balanceo de la hamaca. Así, sentados juntos, pensó que, de alguna forma, podrían solucionar los problemas. Pero no. La cercanía incomodó a Sara. Se corrió, se movió y terminó por instalarse en el almohadón del otro extremo. No pronunciaron ninguna palabra. Esperaron un rato más y volvieron a la casa, a la cama distante. Los días conyugales transitaban por un laberinto lleno de espejos cóncavos. Cuando se encontraban en algún recinto, no podían tocarse ni entenderse, porque no eran ellos, sino una imagen retorcida de ellos, una elipsis, un punto aparte. Ambos se preguntaban, hablando solos, a dónde y cuándo habían extraviado el lenguaje, los sentimientos, esos retazos de humanidad que alguna vez se prometieron. La pareja quedaba a salvo en las distancias aprendidas. Cuando Sara entraba a la casa, Francisco salía de la casa. Solo compartían las apariencias impuestas por las reuniones sociales o las peleas por el destino de las fiestas navideñas. Y los gustos opuestos. Francisco pudo, durante años, mantener a salvo su refugio. El misterio de los jardines contiguos. Hasta la noche del veinticuatro de diciembre. Ella: «¿A la casa de tu mamá? ¡Ni loca!». «¡A la casa de mi hermana!». Él: «Pero…». «Nos esperan en...». «Nos dijeron que lleváram…». «Mis…». Esa noche, las estrellas parecían iluminar un sendero angosto, oscuro y apenas marcado por los pasos. Francisco se fue, silenciosamente, hacia su jardín. Cansado, se sentó en un tronco viejo. Bebía. Vencido, se durmió entre las ramas de una enredadera. Panchito ladraba. Ladraba con insistencia. Sara salió al jardín a buscar al perro. Caminó hacia el sendero. Descubrió la puerta. La mujer entró al lugar y vio el jardín. El jardín de Francisco. Su jungla privada. —¿Qué es esto, Francisco? —gritó la mujer. —¿Qué es esto, Francisco? —repitió con un rugido fuerte. Él dormía, soñaba. Una mujer gritaba. Se sobresaltaba, no respondía. Alcanzaba a dar unos pasos hacia el costado, hacia atrás y tropezaba. Una de las ramas de la enredadera se doblaba en su pie derecho. Luego entre sus rodillas. Tomaba sus brazos, el cuello. La mujer se alejaba gritando. Antes de que las ramas cubrieran la boca, le apareció una sonrisa. Si, Francisco sonreía.

Más noticias de hoy