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Eso estuvo cerca

- 23:36 Opinión

Por Lic. Diego J. Bossi

Comunicador profesional.

 

¿Qué pasaría si un japonés y un argentino se cruzaran con el distanciamiento social como si fuera un conocido más? Probablemente el japonés haría una reverencia a la distancia apropiada, mientras el argentino le daría la mano o hasta un abrazo.

Este ejemplo gráfico, más allá de pretender una distinción étnica, nos posibilita comprender que detrás de nuestra resistencia al distanciamiento social hay un origen cultural, que podemos pensar y explicar desde la comunicación profesional.

En los ’60, el antropólogo norteamericano Edward T. Hall acuñó el término “proxémica”, proveniente de proximidad, y se convirtió en la rama de la comunicación no verbal que estudia el espacio personal así como las necesidades espaciales que tenemos los seres humanos.

Según sus postulados, cada persona lleva alrededor de sí misma una “burbuja de aire” que determina la distancia que establecemos con otros, y a su vez clasifica el espacio alrededor en cuatro zonas, de acuerdo a la cercanía con el cuerpo:

* Zona pública (3,6 m+)

* Zona social (1,2 m – 3,6 m)

* Zona personal (45 cm – 1,2 m)

* Zona íntima (0-45 cm)

Estas medidas espaciales están determinadas culturalmente y terminan de asumirse alrededor de los doce años. A su vez, dependen de una serie de factores como la edad, el sexo, la personalidad, el estatus, etc. Por ejemplo, en las áreas rurales, las personas suelen tener distancias personales mayores que aquellas de las áreas urbanas.

Es así como podemos establecer una diferenciación entre dos clases de culturas: las culturas del “no contacto”, como algunas asiáticas, donde las personas son un poco más reservadas y mantienen distancia entre sí; y las culturas del contacto, como las latinoamericanas, donde la gente interactúa más cerca y utiliza bastante contacto físico.

Los argentinos nos caracterizamos por tener una cultura del contacto. Tenemos rituales como el saludo, que adquiere tantas variantes como dar la mano, un beso o un abrazo. De hecho, un símbolo nuestro es el mate, donde un objeto ingresa a nuestra zona íntima y es compartido por otros que, a su vez, hacen lo mismo, convirtiéndolo en un sinónimo de la unión y cercanía.

El desafío es, entonces, desaprender momentáneamente nuestras prácticas adquiridas dentro de una cultura del contacto, para reemplazarlas por los nuevos lineamientos que emanan desde los entes oficiales a fin de mantener nuestra salud y prevenirnos de la amenaza del Covid-19, teniendo en cuenta también que tenemos una responsabilidad personal que se vuelve social en tanto lo que hacemos puede afectar a otros.

Aceptemos el desafío para que cuando todo pase podamos volver a ser esa cultura cálida y afectuosa que tanto nos caracteriza.

 


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