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El nuevo rostro de la guerra

Por Facundo Piñón

02/04/2026 12:30 Opinión
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El asesinato del líder supremo iraní Alí Khamenei, el 28 de febrero, desencadenó una escalada de violencia que rápidamente superó los ataques recíprocos entre Estados Unidos e Israel contra Irán, proyectándose hacia toda la región y tensionando tanto el tablero geopolítico y la estabilidad económica global.

En menos de un mes, una sucesión de eventos -tales como el bloqueo al Estrecho de Ormuz, a través del cual transita el 20% del petróleo crudo consumido globalmente; el reciente bombardeo al yacimiento de gas South Pars, el más grande del mundo; el ataque a bases militares occidentales en Oriente; y la expansión de operaciones militares israelíes en el sur del Líbano- desestabilizó los mercados energéticos y expuso crecientes diferencias al interior de las alianzas.

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De esta forma, la guerra en Oriente demostró que los conflictos bélicos contemporáneos no pueden ser entendidos a partir de lógicas y perspectivas del siglo pasado. La velocidad de los acontecimientos, la intensidad fluctuante, las coaliciones flexibles y los impactos multidimensionales configuran un panorama de alta complejidad en tiempos de hiperconexión global. Sin embargo, y paradójicamente, la temida posibilidad de una confrontación generalizada –e incluso nuclear- parece hoy más contenida que en otros momentos de la historia reciente.

Entonces, ¿qué cambió en la naturaleza de la guerra para que los conflictos actuales sean más complejos de gestionar y más difíciles de concluir? 

Factores estructurales

Primeramente, cabe resaltar las transformaciones estructurales que el sistema internacional comenzó a experimentar desde finales del siglo pasado y que influyen en las tendencias actuales de los conflictos bélicos. 

El imparable avance de la tecnología en todos los ámbitos revolucionó el campo de batalla. La movilización territorial masiva de vehículos, tropas y armamento pesado ha perdido centralidad frente a modalidades de guerra híbrida. Actualmente, el uso de la inteligencia artificial, satélites y sistemas informáticos conlleva la incorporación de nuevas armas. En este sentido, los ciberataques a sistemas bancarios, energéticos o comunicacionales, así como los drones y misiles de precisión se presentan como métodos óptimos para atacar puntos estratégicos y reducir pérdidas humanas.

En este caso, los ejemplos más notables son el llamado "Iron Dome" de Israel –un sistema de defensa aérea que permite interceptar misiles balísticos- y los drones empleados para atacar tanto a altas figuras políticas y militares como a instalaciones logísticas y petroleras o infraestructuras civiles sensibles.

En segundo lugar, la interdependencia económica implica reacciones automáticas en las cadenas comerciales, logísticas y productivas frente a escaladas de tensión: el cierre de rutas comerciales clave en el Golfo Pérsico, por ejemplo, disparó el precio de los hidrocarburos -más del 50% en el petróleo y picos de 140% en el gas licuado-, obligando a grandes mercados energéticos, como el chino o el indio, a buscar fuentes alternativas de aprovisionamiento. 

No obstante, las disrupciones económicas no surgen simplemente como consecuencia del conflicto, sino que también forman parte de él. Cada vez son más frecuentes las modalidades de guerra comercial a través de presiones arancelarias, embargos, sanciones económicas, desfinanciamiento y, como se mencionó, ataques a infraestructura productiva o de transporte.

Cabe resaltar, además, la consolidación de una tendencia en torno al debilitamiento del monopolio estatal de la violencia. Especialmente en regiones como Oriente Medio, la proliferación de actores paraestatales armados ha desordenado el tablero político y multiplicado las agendas de intereses, lo que dificulta la negociación y la concreción de alianzas. 

La milicia Hezbollah en Líbano, el grupo palestino Hamas, el movimiento de los hutíes en Yemen, la guerrilla kurda en Turquía y coaliciones armadas en Irak y Siria representan los casos más destacables de actores que ejercen el control territorial mediante capacidad militar propia y apoyos de potencias extranjeras.

Consecuentemente, la frontera entre las disputas internas e internacionales se desdibuja y la guerra se fragmenta.

Dinámicas operativas

Más allá de los condicionantes contextuales, los conflictos contemporáneos presentan lógicas de gestión que determinan su desarrollo. 

Empezando por los objetivos, la ocupación de territorios, la rendición del enemigo y la expansión ideológica ya no constituyen intereses primordiales, tal como ocurría en las disputas del siglo XX. Hoy, el desgaste, la contención, la disuasión, la preservación de equilibrios o el contrapeso frente a la influencia externa constituyen objetivos menos definitivos o totales, pero más estratégicos y acotados.

Por consiguiente, los ataques puntuales y las respuestas calibradas evitan un enfrentamiento directo a gran escala, pero mantienen la tensión de forma sostenida. Los objetivos de los principales actores reflejan esta lógica: Israel busca degradar las capacidades militares y nucleares iraníes, consideradas una amenaza existencial; Estados Unidos apunta a contener la influencia de Teherán y preservar el equilibrio estratégico; mientras que Irán responde intentando proyectar poder, sostener su red de aliados y evitar un debilitamiento decisivo de su posición. 

En este contexto, donde el desgaste se vuelve central, la disputa no se limita al plano militar. También se traslada al terreno simbólico y discursivo: el control del relato, la construcción de legitimidad y la influencia sobre la opinión pública global pasan a ser herramientas estratégicas tan relevantes como las operaciones en el campo de batalla.

Considerando que los fines se vuelven más abstractos y los intereses más diversos, las consecuentes alianzas adquieren una mayor flexibilidad o parcialidad, reorganizándose en función de las circunstancias. 

Así, los alineamientos automáticos o basados en cercanías ideológicas se vuelven menos frecuentes. Por un lado, la escasa cooperación que obtuvo Estados Unidos por parte de sus aliados tradicionales -Canadá, Europa, Australia, entre otros- y, por otro, el acercamiento de posiciones de los países árabes del Golfo –Arabia Saudita, Kuwait, Bahréin, Qatar y Emiratos Árabes Unidos- con Israel tras décadas de enfrentamiento por la causa palestina son claros ejemplos de que las nuevas lógicas de cooperación tensionan las alianzas históricas y habilitan otras que, hasta hace algunos años, resultaban impensables.

Dada la combinación de estos factores, los conflictos en el siglo XXI se caracterizan por no tener un final definitivo. Su complejidad inherente provoca que una resolución de paz –con todas las concesiones y negociaciones que implica- sea mucho más costosa y menos utilitaria que el mantenimiento de un conflicto de baja intensidad. 

De esta manera, no siempre hay ganadores y perdedores claros. La guerra se vuelve administrable e intermitente: ingresa en períodos de latencia cuando la confrontación bélica no resulta mutuamente conveniente y se reinicia cuando los incentivos estratégicos vuelven a favorecer el uso de la fuerza.

La guerra en Oriente es un espiral cíclico de violencia que lleva décadas. Con cada reinicio y reconversión, se transforma en un escenario cada vez más difuso, multifacético, amplio y difícil de estabilizar. 

Cada momento histórico aporta sus propias dinámicas a los conflictos. Esta nueva transformación no solo redefine la guerra, sino también la noción misma de estabilidad internacional. Lejos de un equilibrio basado en la ausencia de conflicto, el sistema parece orientarse hacia una forma de orden donde la tensión constante, la competencia y la confrontación limitada cumplen una función estructurante.

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