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Las curaciones de Jesús

- 01:03 Opinión

Por Mario Ramón Tenti

Especial para EL LIBERAL

L as curaciones de Jesús son quizás los testimonios históricos más fidedignos, junto a los relatos de la pasión, que relatan los evangelios y documentos extra bíblicos. Solo en el Evangelio de Marcos, el más antiguo, ya desde el comienzo hay curaciones de un leproso, un paralítico, un hombre con la mano paralizada, una mujer con flujo de sangre, sordomudos, ciegos, etc. Mc 1, 32-34, nos dice: “Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males”. Cuando Juan el Bautista envió dos discípulos a ver a Jesús para preguntar si él era el Mesías o debían esperar otro, Jesús respondió: “Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo y oyendo, los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los leprosos son purificados, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Mt 11, 3-5).

Flavio Josefo, historiador del siglo I en su obra Antigüedades Judías escrita entre los años 93 y 94 dice: “Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, si es lícito llamarlo hombre, porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad”.

Resulta curioso que a pesar de que los Evangelios relaten numerosas curaciones realizadas por Jesús, durante siglos su actividad sanadora fue silenciada y los cristianos recuerdan más sus enseñanzas que los prodigios curativos que realizó.

A quiénes curó Jesús

Si bien los relatos de los Evangelios narran curaciones a personas de todo tipo, judías y paganas, creyentes y no creyentes, pobres y gente con cierto poder adquisitivo, no caben dudas que las curaciones de Jesús estuvieron dirigidas principalmente a los excluidos de la sociedad.

Muchos de los que se acercan a Jesús son enfermos a causa de la pobreza: ciegos, paralíticos, enfermos de la piel, desquiciados, que no sólo padecen las consecuencias de la enfermedad que los aqueja sino que a la vez son estigmatizados y excluidos de la sociedad, obligados a vivir en la mendicidad, en la soledad y el abandono. Jesús se encontrará con ellos en los caminos, en las entradas de los pueblos y ciudades y en las puertas de las sinagogas, pidiendo una ayuda para sobrevivir, despreciados por la mayoría, incluso por aquellos que tenían el deber moral de ayudarlos.

La salud y la enfermedad en ese contexto cultural

En tiempos de Jesús, la salud y la enfermedad eran interpretadas de una manera muy diferente a como la entendemos nosotros hoy. Había tres ámbitos desde los cuales se abordaba la situación: a) popular, de la familia y de los vecinos donde se empieza a interpretar el fenómeno y se buscan soluciones; b) el profesional, médicos, que en tiempos de Jesús estaba poco desarrollado, y c) étnico, que reúne medicinas alternativas y sanadores. Las sanaciones de Jesús, deben situarse en este tercer ámbito. Fue un sanador popular al estilo de los profetas Elías y Eliseo.

En aquel tiempo pensaban que las enfermedades se originaban por el pecado cometido por la persona, incluso por sus ascendientes: Jn 9, 1-2: “Al pasar vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?” o por espíritus malignos. Por eso, las enfermedades tenían no sólo una dimensión física sino también social y religiosa. Los enfermos, especialmente de algunas dolencias como lepra y ceguera, eran estigmatizados y excluidos de la sociedad.

Como se creía que la causa de la enfermedad podía deberse a algún pecado cometido, el enfermo, era excluido del culto y la práctica religiosa y se sentía abandonado por Dios. El caso de la lepra, que nada tiene que ver con lo que hoy conocemos como “enfermedad de Hansen”, sino más bien con enfermedades debidas a la mala alimentación y falta de higiene producto de la pobreza (erupciones, eccemas, etc,) era aún más estigmatizada, ya que el enfermo era considerado “impuro” y según el Libro del Levítico 13, 45-46: “El afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gritando “impuro, impuro”. Todo el tiempo que dure la llaga quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada”.

Para todo judío Dios es el autor de la vida y la salud, por lo que los enfermos se sentían abandonados por Dios. Esta es quizás la peor de las consecuencias de esta mentalidad, al dolor físico y la exclusión, sentir que Dios no los quería, que los había abandonado, que no eran sus hijos.

Jesús el profeta sanador

Jesús anuncia la llegada del Reino y muestra un Dios que es Padre cercano y providente, que quiere la salud y felicidad de sus hijos.

La mayoría de las veces Jesús cura con su palabra pidiendo al enfermo que tenga fe y otras, muy pocas, con gestos que recuerdan a los sanadores populares: “entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusieran las manos. Jesús lo separó de la multitud y llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después levantando los ojos a cielo, suspiró y le dijo: “Effatá” que significa ábrete. Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente”. (Mc 7, 32-35). Sin embargo, jamás Jesús cura a través de palabras y gestos mágicos sino siempre para manifestar el amor de Dios. Para que el enfermo sienta que Dios lo ama, que no lo ha abandonado y se ocupa de su salud y su felicidad.

Es Jesús en toda su persona, el rostro sanador de Dios. El que se encuentra con él es sanado de cualquier dolencia que tenga, el motor que impulsa la curación no es otro que su compasión frente al sufrimiento de sus hermanos.

Su cercanía a los enfermos suscita la fe, trata de animarla para que sepan que Dios los ama, y la curación sea posible. Hay un pasaje en el evangelio de Marcos, 5, 21-43 en que Jesús cura a una mujer con hemorragias y resucita a la hija de un jefe de la sinagoga llamado Jairo. A la mujer le dirá: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad”, y a Jairo: “No temas, basta que creas”. A veces la fe flaquea, y por eso le piden que los ayude a creer, como cuando el padre de un muchacho poseído por un espíritu maligno, a quien los discípulos no pudieron curar, le pide que cure a su hijo de manera dubitativa: “Si algo puedes ayúdanos, compadécete de nosotros. Jesús le dijo: que es eso de si puedes. Todo es posible para el qué cree. Al instante gritó el padre del muchacho: creo, ayuda a mi poca fe” (Mc 9, 17-24). Incluso, en su propi pueblo Nazaret, sólo pudo hacer algunos pocos milagros a causa de la falta de fe de la gente (Mc 6, 1-6).

Recapitulando

Como un modo de entender mejor lo que significaron las sanaciones realizadas por Jesús podemos concluir diciendo que:

n Jesús fue un sanador popular, aunque nos resulte difícil aceptar esta manera de ver su misión, ya que estamos acostumbrados a verlo como un profeta que anuncia tiempos nuevos y un maestro de sabiduría que imparte enseñanzas sabias para la vida. Jesús fue un sanador que al curar imitaba a Dios que sana y cuida de sus hijos.

n Sus curaciones muestran su cercanía y amor preferencial por los pobres, muchas veces, los toca o se deja tocar por ellos, transgrediendo de esta manera las normas de pureza establecidas en la sociedad.

n Sus curaciones ponen de manifesto que el Reino de Dios estaba llegando y tal como lo anunciaron los profetas, se expresaba en la curación de los enfermos, el anuncio de la buena noticia a los pobres, la liberación a los cautivos.

Las curaciones son una parte muy importante de la actividad de Jesús, que junto a los exorcismos, muestran que Dios vence al mal e inaugura un tiempo de felicidad para su pueblo. El próximo miércoles, comentaremos sobre la acción exorcista de Jesús. l


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