Las cruces invisibles Las cruces invisibles
Todos las llevamos. Grandes, pequeñas. Visibles o invisibles. Esas cruces que Dios nos ha entregado, o que ayudamos a otros a cargar. Algunos las muestran, otros buscan brazos hermanos para ayudar a alivianar el peso. Hasta Jesús tuvo a Simón, el Cirineo que aunque obligado, aceptó el desafío de llevar en sus hombros la Cruz del Nazareno.
Las hay enormes, pesadas, de esas que nos doblan la espalda. Las hay pequeñas, que miden lo que mide un niño, que le pone el cuerpo a esa cruz, sus padres y la familia le ayudan a cargarla.
Las hay escondidas en la sonrisa permanente de los que cuidan a sus hijos, a sus hermanos o a sus padres. Las hay a veces perfumadas de rosas donde las espinas son pequeñas y están escondidas pero aún asi lastiman. Y las hay de distintas maderas como los hombres que las arrastran, o que por momentos la levantan por un tiempo y las llevan con serenidad, hombres agigantados o empequeñecidos por un dolor. O de oro o de plata como los cofres de quienes las recibieron y no saben muy bien qué hacer con un cruz que se imaginan no se merecen pero que está allí y la deben aceptar. No nos es posible devolver un regalo al Señor.

Dios entrega a cada uno su cruz al nacer pero solo nos revela su peso y su tamaño cuando hemos transitado en esta tierra y hemos conocido Su Calvario.
A veces pensamos ingenuamente que nuestra cruz siempre es más pesada que la que tocó en gracia a otros. Es inútil comparar esas cruces invisibles. Solo quienes las reciben conocen su carga, su presión, su valor. El agobio que nos produce y nuestra aceptación o no, de esa cruz.
Las cruces visibles o invisibles que todos cargamos.








