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La maldición de Camila, una feminista temprana

Por Carlos Polimeni. Especial para EL LIBERAL

- 00:36 Viceversa

En la sociedad post colonial de mediados del siglo XIX, la enérgica y divertida Camila O’Gorman –quinta de los seis hijos de una respetada familia rica porteña de ascendencia mixta irlandesa, francesa y española- era una flor que brillaba en las fiestas de la aristocracia.

Camila, que leía con avidez infrecuente, tenía asegurado un destino de dama central en la alta sociedad argentina de entonces: amiga íntima y confidente de la hija de Juan Manuel Rosas, la popular Manuelita, la esperaban un casamiento inolvidable, una vida acomodada y confortable, un mundo rodeado de sirvientes y amanuenses.

Nadie podía sospechar que pocos años después de su gran presentación en sociedad aquella muchacha llena de vida sería fusilada por haberse enamorado del hombre equivocado: un cura jesuita tucumano, hijo de la aristocracia norteña, del que además había quedado embarazada.

El historiador Adolfo Saldías la describe como una mujer adelantada, una feminista temprana: “Artista y soñadora, dada a las lecturas que estimulan la ilusión hasta el devaneo”, que pensaba que “era demasiado estrecho el círculo fijado a las jóvenes de su época, y no menos ridículos los escrúpulos de las costumbres y las imposiciones de la moda”.

A pesar de que eso estaba vedado para las mujeres de su época “continuamente se la veía dirigirse sola desde su casa a recorrer las librerías de Ibarra, La Merced o de la Independencia, en busca de libros que devoraba con ansias de sensaciones”, puntualiza Saldías en el tercer tomo de una investigación llamada “Historia de la Confederación Argentina”,

Los padres habían planificado para los suyos destinos de grandeza: uno de sus vástagos, Eduardo O’Gorman, haría una gran carrera como religioso, en las filas de los jesuitas, otro Enrique O’Gorman resultaría el fundador de la Academia de Policía de Buenos Aires y a Camila le esperaba el casamiento inolvidable con el mejor soltero disponible, acaso un cuadro de la política criolla.

Pero Camila, que vivía con su familia en la esquina de Corrientes y Cerrito, a metros de donde luego se edificó el Obelisco, no sólo compraba y leía con avidez libros, incluso los prohibidos, sino que acumulaba otros llamativos gestos transgresores, entre ellos ir a diario a misa sola, en la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Suipacha y Juncal, sin dar mayores explicaciones a nadie.


“Le predican la virginidad, el catecismo, las conveniencias, la costura, el matrimonio, la sumisión”, apuntó el poeta Enrique Molina en su novela “Una sombra donde sueña Camila O’Gorman”. “Pero cuando hablan de una boda no es en ella en quien piensan, sino en casar a la familia. Ella es un objeto, una propiedad de la cual la familia debe obtener ventajas”.

Si bien está claro que el feminismo más o menos organizado empezó a existir en la Argentina varias décadas después de su muerte, con las mujeres que reclamaban el derecho a voto, en general parte de la élite social, resulta más que probable que Camila, haya leído textos sobre un tema que la obsesionaba que circulaban desde antes de su nacimiento.

Las luchas de las mujeres empiezan a recortarse, de hecho, a partir de la Revolución Francesa en 1789, siempre ligada a la ideas igualitarias y racionalistas del Iluminismo, y a las nuevas condiciones de trabajo surgidas a partir de la Revolución Industrial, así como a los impulsos libertarios que hasta allí habían sido reprimidos.

La escritora francesa Olimpia de Gouges, que fue guillotinada durante el gobierno de Robespierre, al que adhería, publicó en 1791 la llamada “Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana”, en que sostenía qué los “derechos naturales de la mujer están limitados por la tiranía del hombre, situación que debe ser reformada según las leyes de la naturaleza y la razón”.

En 1792, la pensadora inglesa Mary Wollstonecraft escribió un texto llamado “Vindicación de los derechos de la mujer”, planteando demandas que parecían inusitadas para el siglo XVII: igualdad de derechos civiles, políticos, laborales y educativos, y derecho al divorcio con libre decisión de las partes.

La francesa de padre peruano Flora Tristán, considerada una de las figuras claves del primer feminismo latinoamericano, fundó, en 1842 La Unión Obrera, para lo cual escribió un manifiesto que sostenía que “la mujer es la proletaria del proletariado”, ya que “hasta el más oprimido de los hombres quiere oprimir a otro ser: su mujer”.

En esa ciudad de Buenos Aires que recorría sola Camila, otra mujer de elevada cultura y fuerte temperamento, Mariquita Sánchez, famosa por haber interpretado en su casa por primera vez el Himno Nacional Argentino, había conseguido después de 13 años de proceso judicial anular el matrimonio con un comerciante rico al que la obligaron sus padres para casarse con el hombre de su vida, su primo Martin Thompson.

Si la Revolución de Mayo tuvo entre sus filas a numerosos varones, entre ellos Manuel Belgrano, Mariano Moreno, Juan José Castelli, que tuvieron temprano acceso a los textos revolucionarios franceses, ¿no sería lógico pensar que Camila repitió años después a la lectura de esos libros y aquellos otros que le interesaban en su condición de mujer asfixiada por el entorno en que vivía?

El jurista que redactó la Constitucional Nacional, Juan Bautista Alberdi, escribió que Mariquita “fue la personalidad más importante de la sociedad de Buenos Aires”, una figura sin la cual resultaría “imposible explicar el desarrollo de su cultura y buen gusto”, por lo que es imposible que su ejemplo de libertad no influyese sobre aquella joven.

El nudo de la historia que la convertiría en una figura trágica fue desarrollándose en unos pocos meses de 1847 y 1848: primero en misa, después en la confesión y finalmente en la intimidad, en ese mundo que como pueden generan los que se quieren, Camila y el padre Ladislao Gutiérrez avanzaron en una relación pasional. sin saber de todo en que se metían.

Cuando los rumores fueron confirmados en aquella Gran Aldea, y circuló el rumor de un embarazo, se conjugaron todos los elementos de una tragedia clásica: los tórtolos quedaron en el centro de un escándalo político lleno de resonancias, con el propio padre de la dama pidiendo a Rosas que interviniera y la Iglesia procurando asordinar el ruido que la situación generaba.

Los opositores unitarios exiliados en Uruguay, Bolivia y Chile bramaban afirmando que Buenos Aires era Sodoma y Gomorra, seguros de que a Rosas, cuyo poder llegaría al fin a principios de 1852, después de la Batalla de Caseros, el episodio le debía originar un costo político pesado, además de un fuerte dilema moral.

El diario El Mercurio de Chile publicó una nota que decía: “Ha llegado al extremo la horrible corrupción de costumbres bajo la tiranía espantosa del Calígula del Plata que los impíos y sacrílegos sacerdotes de Buenos Aires huyen con las niñas de la mejor sociedad, sin que el sátrapa infame adopte medida alguna contra esas monstruosas inmoralidades”.

Cuando la clase alta porteña se sumó al repudio de una de las propias quedó sellado el destino fatal de la pareja, de cuya relación prohibida ya hablaba medio Buenos Aires: Camila y Ladislao huyeron rumbo a Corrientes, tratando de que el caso pasara a segundo plano, soñando con que había otra vida posible, lejos de la hoguera de las apariencias.

En agosto de 1848 los arrestó en Goya -habían organizado allí una escuela primaria para chicos carenciados- un sacerdote irlandés llamado Michael Gannon, que luego comandó la operación por la que ambos fueron enviados a Buenos Aires, donde serían juzgados por un delito que no estaba contemplado en ley alguna existente.

De acuerdo con las leyes que regían aquella sociedad, lo lógico hubiese sido que el Estado entregara al sacerdote a su Orden, para que le iniciara un proceso interno, ya que a lo sumo podían quitarle los hábitos y considerarlo el autor de un rapto sin violencia, y a Camila, que era mayor de edad, no había de que acusarla.

Interrogada en un raro proceso de investigación, Camila negó haber sido violada, como sugería su familia, y afirmó que su amado no era responsable de los hechos. Ella dijo, acaso intentando protegerlo de la justicia eclesiástica, que lo había avanzado, buscando el romance, y era la ideóloga de la fuga rumbo al Litoral, escala previa de una hipotética vida futura en Brasil.

El gobierno, que no consiguió que un comité de expertos encontrara un delito en este caso, aseveró que existía un auténtico “clamor popular” por la violación de los votos de castidad del sacerdote para justificar lo que iba a suceder: un doble fusilamiento, que se concretó el 18 de agosto de 1848 en el cuartel de Santos Lugares.

En las memorias del comandante de Santos Lugares, Antonino Reyes, queda claro que Camila había declarado durante el proceso que estaba embarazada, lo que agravaba la decisión tomada, porque en rigor se trataba de tres vidas, pero no consta que la gestación fuera de ocho meses, como dicen algunos textos.

“Ninguna persona me aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y Camila O’Gorman, ni persona alguna me habló ni escribió en su favor”, le aseguró Rosas a un amigo en una carta de 1870, cuando su exilio en Inglaterra le daba todo tiempo de revisar su vida. “Siendo mía la responsabilidad, ordené la ejecución”, subrayó, en obvia respuesta a quienes dijeron que dudaba mucho sobre qué hacer.

La trampa para el estadista, que llevaba muchos años de desgaste en el poder, era doble, ya que una vez que estalló aquel escándalo que cruzaba religión, alta sociedad, política y moral, hiciera lo que hiciese sus opositores iban a intentar crucificarlo, como si él fuese responsable de las decisiones personales que aquellos dos ciudadanos habían tomado.

En 1984, la aristocrática directora María Luisa Bemberg, con Susú Pecoraro, Imanol Arias y Héctor Alterio al frente de un gran elenco, popularizó los elementos centrales de esta trágica historia de amor con la película “Camila”, que tras los años de plomo le servía también para retratar la hipocresía de las clases dominantes argentinas, tal vez su complicidad con los crímenes de Estado.

La película, que convocó la friolera de 2.660.000 espectadores en 1984, fue concebida a partir del relato tradicional de los historiadores vinculados a la línea narrativa mitrista -Rosas era malo, malo, malo- pero agregó una serie de matices llamativos sobre la personalidad de Camila, muy vinculados al feminismo de época que caracterizó la obra completa de la cineasta.

“Más allá de las miserias y los oportunismos (…) quedarán siempre resonando las últimas palabras de la valiente y luminosa Camila”, escribió Felipe Pigna en su “Mujeres tenían que ser”. “Voy a morir, y el amor que me arrastró al suplicio seguirá imperando en la naturaleza toda. Recordarán mi nombre, mártir o criminal, no bastará mi castigo a contener una sola palpitación en los corazones que sientan”.

Sin embargo, la maldición de Camila no cesa: en 2017, a 169 años de su fusilamiento, el diario argentino fundado por Mitre contó que la bóveda que alojaba lo que quedase de Camila en el Cementerio Recoleta estaba destruida por el paso del tiempo, sin que nadie, ni la familia ni el Estado se hicieran cargo de subsanar el problema.

Fuentes del Ministerio de Espacio Público porteño, que tiene a su cargo el mantenimiento del Cementerio, explicaron por entonces al diario La Nación que las bóvedas son concesiones de uso de un espacio público a particulares.

Al igual que la de Camila, hay muchas de las 4.870 bóvedas de Recoleta en estado de deterioro, y además docenas de familias han dejado de pagar la titularidad del espacio, esa especie de alquiler de la morada final de sus seres queridos.

“La situación de la bóveda de O’Gorman, y de tantas otras, es un llamado a que la gente cuide a sus muertos”, dijeron por entonces los expertos, tal vez ajenos por completo a la ironía de la expresión, en un país qué, a veces, ni siquiera cuida a los vivos.


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