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Claves para leer a Borges

Por Griselda Colombo Escritora. Profesora y Licenciada en Letras.

- 21:31 Viceversa

Así como durante años Jorge Luis Borges estuvo “silenciado” para los oídos populares argentinos por el simple hecho de sostener ideas políticas consideradas “incorrectas”. En general resultaban independientes de su obra literaria. Desplegaba esas concepciones en alguna que otra entrevista, o las presentaba como elementos humorísticos de intención satírica. A quienes lo admiramos por su labor creativa y su conocimiento profundo de los clásicos, el juicio que lo censura nos resulta irrelevante en virtud de que al manifestarse en ese sentido, no lo hacía como artista, sino como ciudadano. En eso podría haberse equivocado y sólo se habría igualado al resto del pueblo que tantas veces se equivocó al elegir los gobernantes. Si así lo midiéramos, lograríamos un juicio nada celoso de la labor que desarrollaba profesionalmente. A pesar de que casi toda su vida de personaje público sufrió el mismo fenómeno que lo mantuvo lejos de las masas, llegó el tiempo postmortem de que Argentina, –con el revisionismo tan de moda hoy en las universidades– tuviera el propósito de quitarle el mute a su voz.

Uno puede leer un texto breve de Horacio Quiroga, de Silvina Ocampo, de Abelardo Castillo, o de Mark Twain, por nombrar cuatro autores al azar, sin conocer sus obras completas y sin perderse por ello nada esencial del cuento en cuestión. En el caso de Borges las cosas no son tan simples.

Históricamente su lectura supone una formación previa bastante sofisticada, especialmente en términos filosóficos, históricos o en lo que concierne a la tradición literaria. Quien no conoce los clásicos, difícilmente pueda apreciar con justicia esta obra prolífica signada por el concepto de “mímesis”. Concepto que el mismísimo Aristóteles hubo desplegado acabadamente en su Poética, el libro en el que abordó las cuestiones de la literatura en el siglo IV a.C., en los albores de la civilización occidental.

Cuando la lectura ocurre en circunstancias diferentes, la sensación que suscitan en el lector esos textos es la de ser víctima de una especie de exclusión. Leer a Borges es como ingresar en un nuevo país en donde se habla un idioma del que apenas reconocemos los números, los modos de decir “buen día” y “hasta luego”, junto con algún que otro verbo por demás común, equivalente a “ser”, “amar” o “ir” en castellano.

Pero si conociéramos de antemano el tema propuesto por su texto, habríamos de apreciar más su forma de plantearlo que la de cualquier genio literario alternativo. Por eso, el manejo de conceptos clásicos de la filosofía y las letras es lo que hace accesible la creación borgesiana (y no borgeana). Así define lo surgido de su propio arte el entonces director de la Biblioteca Nacional, aunque confiesa odiar esos epítetos.

Si no conociéramos el asunto del que trata el escrito, difícilmente podríamos deducirlo más que con la intuición o la emoción estética –siempre subjetivas.

Sin embargo, lejos de estar motivado por la apariencia, por el crédito social, por impresionar al mundo académico, Jorge Luis Borges reflejaba ese universo culto, clásico y tradicional, más relacionado con la lectura que con la experimentación porque ése era su mundo. Ése era el pan diario para él.

El autor era un hombre que pasaba mucho más tiempo en su cosmos de papel que en el contacto social, el esparcimiento, la familia, los deportes, el aire libre, etc. Incluso nombraba amigos con quienes trababa vínculos poco comunes, casi todos montados en la complicidad artística, las coincidencias estéticas y el afán de analizar lo leído. En una ocasión incluso confiesa tener un amigo de lo más cercano con el que se veía permanentemente, que lo participó de su casamiento un tiempo después de que ocurriera. “Era una de esas amistades inglesas que empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo.” La conformidad en ese silencio compartido se sustenta en una cosmovisión similar que más que eso es una comunión estética, un humor compartido e intereses en las mismas disciplinas.

“Uno de mis mejores amigos se casó y se olvidó de decirme que se había casado. Porque como hablábamos de temas generales y era muy tímido también, le parecía que contar algo personal podía ser una impertinencia. Nunca nos hicimos confidencias. La amistad puede prescindir de la confidencia”.

Quizá la mayoría piense que esta forma de relación es contraria a la amistad, es más bien un acercamiento profesional o ideológico. Y también juzgue que para convertirse en amigos es preciso explicitar dolores, debilidades, etc. Algunos sentimos, como él, que la amistad con sujetos de hace milenios por medio de sus obras es incluso más genuina y profunda que aquella que conecta a dos o más personas porque deben pagar mucho de ganancias; porque votan al mismo candidato, porque temen a la impotencia sexual; o porque les gusta el brócoli gratinado.

“Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera.”

Lo cierto es que las lecturas se tornan el mayor puente no sólo con autores de cualquier tiempo, sino también conecta entre sí a aquellos lectores que saben valorarlas.

Crítica peruana

Cuando en su libro Medio siglo con Borges, Vargas Llosa lo critica ácidamente, desplegando una indiscreción, sin precedentes aplicados a un hombre de la cultura con modales sutiles y un comportamiento social atinado. El premio Nobel peruano revela el debut sexual de Borges como si él mismo lo hubiera contado públicamente, como si se tratara de un personaje mediático y exhibicionista. Asimismo, Vargas Llosa también reclama el estilo de amistad y califica de cobarde a quien circulaba por el mundo dictando conferencias en que recitaba de memoria y en lengua antigua una serie interminable de poemas sajones, teutones, islandeses, etc. Y lo hacía sin necesidad de traductor. Dominaba el inglés, el francés, el alemán, el italiano, entre otros; y todo ello para expresar conceptos complejos o de gran especificidad técnica. No parece ser la actitud temerosa de un hombre paralizado por la timidez.

Percepción de idealista

El mismo Borges revela que siempre ha sentido, desde muy pequeño, que llevaba impreso un destino “literario” como una vocación ineludible. Vivía allí más que en la calle Maipú, en una ciudad como Buenos Aires y en un siglo belicoso como pocos. Para él, que no daba la espalda intencionalmente a los hechos efervescentes de cada etapa, tenían tanta o más sustancia los contenidos de los libros que aquello que se experimentaba con la piel. Pensamiento y experiencia física tenían, en su perspectiva, valencias similares. Así lo acredita en un pasaje de El milagro secreto:

“No se cansaba de imaginar esas circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes, …Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos; cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de su muerte.”

El escriba pleno

La inspiración para Borges, como para tantos otros, constituía una manifestación del Espíritu (¿Santo?). Quien presta el oído y la mano es quien suscribe la autoría del texto. Sin embargo, lo escrito ha sido puntualmente dictado por alguien que está más allá de la comprensión del sujeto escribiente.

En términos generales sostenía Borges la creencia de que el Espíritu se expresa en miles de escrituras de distintos hombres a lo largo de la historia y de diversas latitudes. La imagen del gran Creador o del Espíritu habría de irse construyendo por las sucesivas producciones que, reunidas, terminarían de develar a Dios, al Espíritu, al Absoluto, o como lo llamemos. Según esta concepción, la suma de las criaturas o, en este caso, de las creaciones literarias de esas criaturas, fraguará, algún día, en la revelación completa del Ser en plenitud,

En el poema “El otro”, que comparte el título con otro texto (el cuento “El otro”), se explica en un soneto y de este modo: 

En el primero de sus largos miles

de hexámetros de bronce invoca el griego

a la ardua musa o a un arcano fuego

para cantar la cólera de Aquiles.

Sabía que otro —un Dios— es el que hiere

de brusca luz nuestra labor oscura;

siglos después diría la Escritura

que el Espíritu sopla donde quiere.

La cabal herramienta a su elegido

da el despiadado dios que no se nombra:

a Milton las paredes de la sombra,

el destierro a Cervantes y el olvido.

Suyo es lo que perdura en la memoria

del tiempo secular. Nuestra la escoria.

Sujetos que no tenían por qué haber sido geniales o dotados. Limitados como cualquier otro individuo, con la única diferencia de que habían sido escogidos inexplicablemente por el Espíritu, para mediar en la comunicación, a pesar de su falta de méritos. En un poema sobre Enrique Banchs aborda el mismo fenómeno:

… eran el talismán que le fue dado//para alcanzar la página que vive/ más allá de la mano que la escribe/ y del alto cristal de catedrales.//Cumplida su labor, fue oscuramente/un hombre que se pierde entre la gente; /nos ha dejado cosas inmortales.

Banchs, el hombre, es un sujeto más, pero cuando se ofrece como instrumento del Espíritu entonces deja “cosas inmortales” cuya sabiduría está más allá de su capacidad, “más allá de la mano que la escribe”.

Agnosticismo

Puede sorprender esta mirada que supone un “Espíritu” semejante viniendo de alguien que no se considera católico. Circula un equívoco hasta hoy. La afirmación de que Borges repudiaba o, como mínimo, subestimaba las religiones.

Ni un minuto de su vida se permitió ser ateo ni se sintió en derecho de poder negar aquello que no constató fehacientemente. Ni por sí ni por no, conciben los agnósticos la figura divina. Sin embargo, la Biblia, el Corán, la Torah y una serie de textos religiosos hinduistas, budistas, entre otras confesiones, forman parte de la tradición literaria universal. Como tales, Borges las estudia, se interesa en ellas y las utiliza como intertextos o como referencias que ilustran tanto poemas como cuentos o ensayos de su autoría.

No conocer lo que plantea cada uno de esos libros habría sido una deficiencia ya no religiosa ni espiritual sino intelectual. La formación de un escritor necesariamente las incluye.

Ser agnóstico, en este contexto, supone la imposibilidad del hombre de comprender realidades absolutas, el infinito, el alfa y la omega, y las imágenes que remiten a lo eterno perfecto. La inteligencia humana no alcanza para atrapar en una mente limitada un objeto ilimitado. Esto es lo que implica el agnosticismo.

Sin embargo, el autor confiesa que por una cuestión de hábito impuesto por su madre Leonor, todas las noches de su vida rezaría un Padre Nuestro, a quien se encomendaría con o sin íntima fe.

En suma, sirvan estas pocas claves para acceder a la lectura de uno de los grandes autores de la historia, a nivel mundial. Recomiendo, por la pureza del estilo que fue haciendo con los años, una obra que ostenta la prosa más simple: El libro de Arena, de 1975, donde como la metáfora del título, vuelve a mencionarse un tema de su obsesión: la naturaleza del Tiempo. De esa literatura o de cualquier otra de su autoría, juzgará el lector si merecía el crédito del público argentino más allá de las polémicas de corte político.


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