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En Memoria de Ari

- 11:47 Viceversa

Por Alberto Tasso.

Independencia 184 si no recuerdo mal. Una casona histórica con dos escalones que aun con pequeñas modificaciones edilicias mantuvo su ambiente de época, enriquecido con piezas memorables, como una rueda de carro o un tonel de vino que había pertenecido a la finca Los Mimbres de Don Alfredo Palumbo.

Nació a comienzos de los años ’80, cuando terminaba la dictadura y comenzábamos a respirar el aire libre de la democracia, que permitía decir en voz alta las palabras calladas por la represión. Alberto Ari Paz, su emprendedor propietario, sintió que hacía falta un espacio que contuviese nuestras voces, y con la compañía de su hermano Ramón lo hizo y sostuvo durante décadas.

No sé si tuvo un nombre formal. El real, que conocemos todos, fue Bar de los Cabezones, apodo con que se conocía a los hermanos, unidos por el canto además de la sangre: es difícil de olvidar sus voces enhebrando vidalas y chacareras.

Lo cierto es que siempre fue espacio de músicos y cantores; entre muchos más recuerdo a Juan Carlos Almada, Juan de Dios Navarrete, Alfredo Palumbo, Morenito Suárez, Carmela Olmedo. También era propicio para el arte y lo poblaban esculturas de Roberto Tuti Delgado y los cuadros de Rafa Touriño y Horacio Abate.

Los amantes de la poesía también hallamos un lugar propicio para decir y escucharnos, que durante los años anteriores hacíamos casi en secreto, en las casas de Esther Ibarra, Bichi Castiñeira y otros.

Fue el lugar que elegimos para iniciar un ciclo de lectura de poesía, que primero se llamó Poesía del Sábado a la noche, que coordiné junto a la inolvidable voz y presencia de Marcela Espíndola. Los encuentros eran quincenales, había en cada uno tres invitados y se editaba una plaqueta con sus poemas que se distribuía entre los asistentes.

Pasado un tiempo se convirtió en Poesía de los Viernes, ahora con la colaboración de Lucas Cosci, que lo recuerda en un escrito reciente. Creo que esos ciclos contribuyeron a hacer visible la comunidad de las letras. Al emprenderlo nos guió una larga tradición, que habíamos aprendido de Alfonso Nassif y Ricardo Dino Taralli, y ellos de Bernardo Canal Feijóo y Francisco René Santucho.

El bar fue un centro cultural en los márgenes, valga el oxímoron. Recuerdo una disertación del filósofo Samuel Lito Schkolnik en la que se preguntó “¿Quieren saber qué es el humanismo hoy?” y como toda respuesta arrojó su llavero sobre una mesa.

También la conferencia del historiador Gastón Doucet sobre el Padrón de Vecinos, Moradores y Residentes de Santiago del Estero en 1608, un valioso documento que halló en el Archivo Nacional de Bolivia, en Sucre. Lo presentó Luis Alen Lascano ante una sala colmada.

El bar tenía públicos y horarios diferenciados. Por ejemplo, los sábados a eso de las once se reunía la mesa de los notables, integrada por Pío Montenegro, Alfonso Nassif, Raúl Lima, José Andrés Rivas y Ricardo Aznárez, entre otros.

Yo solía sentarme en la segunda mesa entrando a la derecha, que me permitía ver todo el panorama, desde quien entraba a lo que pasaba al fondo, donde estaba la barra que a veces atendía el Gringo Herrera y se escuchaba templar las guitarras.

Todavía me siento ahí, viendo pasar no solo a los concurrentes sino también un tiempo, una generación, con su clima y su lenguaje propio. Solo puedo decir “Gracias, hermano Ari”.

UN SONETO DE OCASIÓN

No sin odio y rencor escribo ahora

al bar amado de los Cabezones

donde hallo Paz, y Paz, y unas canciones

y plática o polémica a deshora.

Aquí duerme la siesta santiagueña

la cultura, vestida de vidala

y de modernidades. En la sala

a veces hay olor a naftalina.

Pues aquí estoy, ardiente e inseguro

buscando una muchacha provinciana

que ilumine la noche de mi espera.

Bebo fernet con coca o vino puro

en esta salamanca casi urbana.

Las empanadas son del Gringo Herrera.



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