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Cristo es nuestra Pascua

17/04/2020 20:59 Opinión
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Cristo es nuestra Pascua Cristo es nuestra Pascua

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Por el Padre Gregorio Makantassis.

Iglesia Ortodoxa de Antioquía. Parroquia San Jorge.

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Esta es una Semana Santa distinta, inesperada y dolorosa para nosotros, ya que no podremos saludarnos y confesar juntos su resurrección en el templo. Lo cual me hace exclamar con el salmista: “Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad” (Salmo 84:10). ¡Señor ten piedad de nosotros y perdona nuestros pecados y ofensas, cometidas voluntaria o involuntariamente!

Pero tenemos que reconocer la mano de Dios y su amor en todo lo que nos está sucediendo. Dios es soberano y tiene el control de todas las cosas. De modo que si estamos atravesando esta pandemia mundial es porque Dios lo ha permitido con algún propósito para toda la humanidad. Muchos están temerosos y con miedo, pero Dios por medio del apóstol Pablo nos dice: “Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados.” (Rom. 8:28). Por lo que si creemos en el Señor y en sus palabras él mismo nos dice: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí”. Pues el miedo nos impide vivir nuestra vida con verdadero sentido y nos quita la libertad de amar. Por esto Cristo recordaba a sus discípulos en reiteradas ocasiones: No tengan miedo.

Dios mismo habla en el Evangelio sobre los últimos días, sobre las pruebas y aflicciones que el mundo pasará antes de su Segunda Venida. Sin embargo, no percibimos ni tristeza ni desesperación en Sus palabras. El Señor que oró en el huerto de Getsemaní con sudor de sangre para la salvación del mundo entero, dice que cuando veamos las cosas terribles que preceden su segunda venida, debemos levantar la cabeza con motivación, porque nuestra redención se acerca (Lucas 21:28). Celebrar la Pascua es celebrar nuestra propia historia de salvación.

Si bien hemos sido privados de la Divina Liturgia por un período largo, por las medidas de protección contra el coronavirus, lo debemos soportar con fe. Si bien cuando participamos del Cuerpo y la Sangre de Cristo nos llenamos de su gracia, hay otras formas de crecer en la gracia de Dios: cuando practicamos la oración invocando el santo nombre de Cristo, permanecemos en la presencia de Dios con la mente en el corazón. Así la oración nos trae la gracia de Cristo porque es inseparable de su persona y nos lleva ante su presencia. Esta presencia de Cristo que nos purifica, nos limpia de nuestras transgresiones y pecados, renueva e ilumina nuestro corazón para que la imagen de Dios nuestro Salvador, Jesucristo, pueda formarse en nosotros. Además, también tenemos su Palabra, la que si mora continuamente en nuestro corazón, si la estudiamos y oramos, si se convierte en nuestro alimento y nuestro idioma con el que hablamos a Dios, como él nos habló, entonces tendremos nuevamente la gracia del Señor. Pues todo contacto con Cristo que es nuestra Pascua santificará nuestras vidas.

Nosotros los cristianos creemos que Jesús vino al mundo para salvarnos, tal como nos lo dice en Su Palabra: “Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él” (Juan 3:17) y “Sí también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Heb. 9:28). Asimismo nosotros confesamos en el credo que Jesús volverá por segunda vez, pues ha resucitado de entre los muertos. Por ello más que nunca en este día de “la Fiesta entre las fiestas”, la Pascua, confesemos con fe: Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Exclamando al igual que Job: “Yo sé que mi redentor vive, y que al final triunfará sobre la muerte” (Job 19:25).

Entonces, si nos vemos imposibilitados de reunirnos en la Iglesia, también podemos estar unidos en espíritu en estas santas virtudes que son conocidas dentro del Cuerpo de Cristo, la Santa Iglesia, cuya cabeza es el Señor y que preservan la unidad de los fieles con Cristo y con los otros miembros de Su Cuerpo. Todas las obras que hacemos por Dios es una liturgia, estas buenas obras sostienen nuestra salvación. Así que quedémonos en casa pero con Dios en nosotros, lo cual no nos impide de tener comunión espiritual entre nosotros.

La Resurrección de Cristo es la que da sentido a nuestra predicación y a nuestra fe, y la pasión dolorosa del Señor ha sido un puente, para el paso (pascua) de la humanidad en Cristo hacia el Padre Celestial, que se ha completado en la resurrección y ascensión a los cielos. Es el paso de la muerte a la vida eterna. Así Cristo ha inaugurado la nueva alianza y comunión de vida que se ha realizado plenamente en la humanidad del Salvador, el nuevo Adán que nos rescata del pecado por medio de su vivificadora cruz y al resucitar de entre los muertos, vence a la muerte, siendo exaltado a la diestra del Padre en Su gloria.

Pero por sobre todo debemos considerar lo que nos enseña el Apóstol Pablo: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra”. Elevemos nuestros corazones en esta Pascua diciéndole: ¡Ven Jesús resucitado a nuestros corazones! Para San Pablo el misterio pascual es el misterio de la salvación, en el que hay que creer y confesar con nuestros labios: “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo” (Rom. 10:9).

De modo que nuestra Pascua es Cristo mismo, por lo que en estos momentos y en esta bendita fiesta, confesemos con fe verdadera desde lo más profundo de nuestros espíritus: “Cristo ha resucitado por y para nosotros”. Felices Pascuas.


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