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EL LIBERAL . Viceversa

Un cuento de María Fabiana Calderari

23/12/2012 04:00 Viceversa
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Un cuento de María Fabiana Calderari Un cuento de María Fabiana Calderari

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El alboroto de la lluvia paulatinamente se torna un sonido homogéneo. Cae, ya sin que se note, sobre la pequeña carpa improvisada y acentúa la tristeza del día. Los cordeles se deslizan al compás lento y estremecedor de la manivela sujeta a la polea. Shtt rrrrr Shtt rrrrr Shtt shhhhrrrrrr…Shutt rrrr Shuutt rrrr Shttrrrrrrr Shtt rrr Shtt rrrr shhhhut…Shutt Shuuttrrrrrr. Al hombrecito apenas se le ve la cara (lleva una gorra harapienta, torcida hacia el costado derecho) y sus manos cubiertas con guantes de guardameta se mueven por la fuerza de su rutina. Y, aunque llevase al descubierto sus manos y su rostro, en esos momentos desolados, nadie suele observar la imagen de un sepulturero.

Ahí está Lorian Lefebure. Dentro de una jaula de madera. Muerto. Solo. Amansado.

La joven de hombros flacos se detiene junto al cajón. Ha intentado apagar su dolor, llevarlo adentro, como al amor, y sus dientes chirrían, y la garganta le ciñe la pena, y su aliento no es más que un esfuerzo huérfano, helado, inútil. Con los ojos aún hinchados, posa su mano en el féretro, y acaricia por última vez ese algo que les queda sin haberles pertenecido nunca. Una flor blanca oculta su boca, esa boca que muerde un beso vedado. Luego es devorada por una multitud abrigada con paraguas negros.

Las siluetas de los familiares y amigos íntimos se hacinan, prietas, alrededor del cajón. La fosa vacía se oscurece, profunda y tenebrosa. Las pisadas (que desaparecerán cuando el sol férvido de la siesta agriete la tierra) regresan hacia las huellas húmedas, y el desconsuelo de los asistentes se entremezcla con la música suave de un violín, que reproduce el eco de las lágrimas con la vibración de sus cuerdas.

Los rostros anónimos de los presentes se familiarizan por los recuerdos de sus muertos que el muerto les trae sin querer; y el silencio atroz les devuelve, remisamente, las entrañas doloridas.

Ordóñez se seca a escondidas la humedad de los ojos, y ya sin aliento repite la última frase “…Definitivamente, duerme un sueño tranquilo y verdadero.”

Los concurrentes muestran una fascinante concentración, aunque las muecas perturbadas de las caras y las manos inquietas no logran esconder del todo ese alivio íntimo y mezquino que sienten porque volverán a sus casas, a sus hábitos, a sus propios mundos paralelos.

El profesor Ordóñez se presenta como el amigo entrañable del difunto; contrito y tembloroso, recita con expresiones reforzadas unos versos de Machado: “Tierra le dieron una tarde horrible…”.

El padre Gabriel se encarga de improvisar los responsos. Ni demasiados largos y empalagosos, ni tan indiferentes, de acuerdo con las indicaciones de Paula. “Padre, Padre, no me gustan los rituales místicos ni las simulaciones urbanas que llevan consigo los adioses”. Y el cura consiente el pedido de la mujer.

Las exequias son demoradas hasta la llegada del padre Gabriel, el tío abuelo preferido por todos en la familia.

El séquito es una hilera tímida de autos que se arrincona tras el vicio callejero de bocinas y semáforos. Y los gritos de una ciudad que recién despierta.

Un efluvio corporal los obliga a cerrar el cajón. Llegan los primeros amigos, presurosos y acongojados, disimulando a tientas el asombro y la desesperación, con alguna carraspera inoportuna y unas tazas de café caliente.

Las flores que adornan la sala velatoria cubren el leve olor del café recién servido.

La cara empolvada de Lorian se hace pálida, y una contorsión inmóvil tallada por la muerte curva los labios que ambicionan una sonrisa. Los brazos, dispuestos sobre el pecho, encubren la tragedia. Lo arropa Andrés, con parsimonia, sin despertarlo de ese sueño impuesto y prolongado. Paula se niega a vestirlo.

Un viento fresco y penetrante anticipa la lluvia en las ventanas. La llegada de Andrés, el hermano menor de Lorian, revive, entre los familiares y amigos cercanos, el estruendo de la noticia. Se abrazan y se besan, y recuerdan el descuido del cariño y el tiempo sin verse.

El apuro urbano huele a Buenos Aires o a París, o a cualquier otra ciudad donde se extrañe el sosiego. El tercer piso del edificio “Catedral”, en la calle Azcuénaga al cien, se inunda de gente que va y viene sin un destino resuelto, como si repitiese las escenas de algún mundo inventado.

La habitación de Lorian parece ajena a ese ajetreo de miedos y extrañezas. Esta sólo Lorian. Y los libros, y la clase de francés que no escucharán sus alumnos. Y la guitarra que truena:“Hay recuerdos que no voy a borrar, personas que no voy a olvidar, hay aromas que me quiero llevar, silencios que prefiero callar…”

Su esposa, Paula, corre estremecida, corre. Se congela en un alarido, lo toca en la cama, lo encuentra rígido. Ella, llega en la madrugada de un viaje de posgrado. Esos estudios sobre los cuales nunca hablaban.

La habitación permanece oscura y callada. La humedad acicala los contornos olvidados. Lorian ha encontrado un refugio. Una pared para golpear su pico. Está dormido.

Tarde en la noche, Lorian se sacude. Se mueve de un lado a otro. Agitado, se toma el pecho con las manos, tirita. Se revuelve, como si alguien lo zamarreara. Siente dolor, un hilo tenso que le aprieta un brazo, la garganta, el corazón. Se duerme, como yéndose. Sueña con Adele, aquella alumna de hombros flacos, cuya inocencia se le pega en los labios, en los ojos, en la postura de sus piernas, en la risa dulce y descuidada, como si algunas almas pudieran verse a través de una boca fresca que oculta un beso vedado.

Aunque la noche comience gris, será una de esas noches que pueden pintarse con los colores que se llevan íntimamente. Lorian sueña con su clase de francés y con su alumna. Y la pregunta que deja al descubierto esa boca lejana: “Professeur, comment voulez-vous dire aigle en espagnol?” Ella ocupa sus pensamientos y él agradece que los pensamientos sean esa clase de milagros sobre los cuales no se dan explicaciones. Lorian delira. Sueña con un ave avejentada que puede elegir morir o renovarse. Sus alas están deterioradas, gruesas. Pesan. Sus viejas plumas se desarman. Snifftucc Snifftucc Shtt rrrrr Shtt rrrrr Shtt shhhhrrrrrr…Shutt rrrr Shuutt rrrr Shttrrrrrrr Shtt rrr Shtt rrrr shhhhut. Golpea su pico contra la pared hasta desprenderlo. Las uñas comienzan a nacer. Emerge victorioso, renovado. Sus garras están fuertes. Y los ojos puestos en un espejo retrovisor, como si la vida marcha atrás fuese un curioso cuento donde caben sus sueños. Siente las alas nuevas en su alma. Y coraje, inagotable coraje para despertarse y volver a empezar.

l’écrivain

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