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EL LIBERAL . Santiago

Crónica del Identikit doméstico (o quiénes somos según lo que odiamos hacer).

Por Belén Cianferoni.

11/01/2026 06:00 Santiago
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Lo que más odiamos hacer dice más de nosotros que cualquier test de personalidad. En las casas —lejos de los discursos y de las fotos prolijas— se arma el verdadero identikit: el de las tareas que evitamos, postergamos o hacemos a medias. En Santiago del Estero, además, todo eso ocurre bajo un calor que no perdona.

Planchar, por ejemplo.

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En esta provincia, planchar es un acto de fe o de negación. Apenas apoyás la plancha, el vapor del ambiente deshace cualquier intento de prolijidad. La ropa se arruga sola, como los cuerpos cansados. Quien odia planchar suele haber entendido algo antes que el resto: el control es una ficción cara, y con calor extremo, directamente inútil.

Tender la cama es otra historia.

¿Para qué tensar las sábanas si en cinco minutos están húmedas de transpiración? Hay cuerpos —sobre todo los que conviven con una discapacidad— que ya despiertan negociando con el cansancio. Tender la cama es fingir que el día empieza ordenado cuando el termómetro ya marca derrota.

Limpiar el piso divide aguas.

Baldear puede ser terapéutico: agua que corre, algo que se va. Lampasear, en cambio, exige equilibrio, fuerza sostenida, muñeca firme. En un clima donde el calor derrite hasta la voluntad, no todos los cuerpos están disponibles para esa coreografía doméstica. El piso puede esperar. El cuerpo, no.

Lavar los platos todavía conserva algo ritual. Espuma, repetición, ruido blanco que tapa el zumbido del ventilador. Acomodarlos es peor. Acomodar platos implica sostener un orden, recordar, clasificar. Con calor y fatiga neurológica, eso ya no es una tarea: es un desafío cognitivo.

Sacar la basura merece capítulo aparte.

Salir con la bolsa chorreando, bajar escaleras, cruzarse con el vecino mientras el calor pega como cachetazo. Para muchas personas con discapacidad, implica calcular energía, dolor, tiempo de recuperación. A veces no se posterga por desidia, sino por autopreservación.

Cocinar puede ser arte o castigo.

Depende del día, del cuerpo, del calor que sube desde las hornallas y se queda a vivir en la cocina.

Antes, mientras limpiábamos, sonaba Abba.

Siempre Abba. Prendías la radio al barrer y, de pronto, Suiza. El detergente hacía espuma como en un videoclip, la escoba era micrófono y Frida y Agnetha eran dos fantasmas cómplices, testigos de todo lo que dolía y no se decía. Abba no bajaba la temperatura, pero ordenaba algo adentro. Eso también es accesibilidad emocional.

Hoy escuchamos cumbias, podcasts de crímenes, paranormales, chismes. Mucho chisme. Música para no mandar todo al demonio mientras el cuerpo cumple lo justo y necesario. Videos mientras se lavan platos. Multitasking, sí, pero emocional: distraer la mente para que el cuerpo aguante un poco más.

Este identikit doméstico no aparece en los manuales médicos ni en los discursos motivacionales. Aparece en las casas calurosas, en las cocinas sin aire acondicionado, en los pisos sin lustrar. Somos quienes hacemos lo que podemos, como podemos, en un clima que agota y en cuerpos que no siempre responden.

Y si algo nos define, no es lo que dejamos impecable,

sino lo que elegimos no hacer

para seguir de pie

—o sentadas, con el ventilador apuntando directo al cuerpo— 

un día más.

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