Por Belén Cianferoni.
Crónicas de la lucha en la quietud Crónicas de la lucha en la quietud
Voy a escribir la crónica más aburrida del mundo. Empieza conmigo mirando la pared. Absolutamente quieta, dura y petrificada como un fósil del miedo. Por fuera era una mujer de 25 años que, hacía unos tres minutos, había empezado a mirar la pared; por dentro corrían ochenta milenios de supervisión constante y esforzada de la pared. Poco a poco el embole se apoderaba de mí.
No podía hacer absolutamente nada. Mis piernas duras dejaron de funcionar ese día y me quedé quieta, asustada, con mi amiga pared les manda saludos, por cierto. Mi teléfono se había quedado sin batería y ahora no tenía nada con qué anestesiarme. No podía ver Reels ni TikTok. Chau Instagram: no había peleas de chismes en los grupos de compra y venta, nada. Todo era una terrible nube de pensamientos que me atacaban como avispas. Y duelen esas basuras. Estaba el pensamiento de la inutilidad junto con el de mi fragilidad, abrazados al más grande de todos: el pensamiento del futuro avanzando sobre mis planes y proyectos. Estás vieja y discapacitada, sos inútil, sos frágil y así no vas a encontrar trabajo.
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Era fuerte como patada de toro y me dejó quietita mirando la pared. Cuando estás así, nunca sabés qué te puede salvar. Ese día me salvó un mosquito. Me picó tan fuerte que me hizo rascarme con ganas y ayudó a descarrilar ese tren de pensamientos que buscaba arrollar a esta leonina. La picadura me dio sed y mi cuerpo empezó a rebelarse pidiendo agua. Sentía como si hubieran pasado décadas sin que un trago de ese líquido maravilloso entrara en mi cuerpo. Busqué ayuda: justo estaban todos en la verdulería y, con el mayor de los cuidados, me levanté para desafiar al destino por un vaso. Lo encontré al lado de la canilla y lo llené como un ladrón de bancos metería todos los billetes en una bolsa.
Mientras el agua penetraba en mi cuerpo, parte por parte, músculo por músculo, sentía energía nueva. Llené otro vaso y otro hasta que la energía estuvo completa. Me apoyé contra la pared, busqué mi bastón y muy serenamente desafié a la vida para llegar a la silla y agarrar un libro en verdad era un cómic, pero ustedes imagínense un libro, porque queda mejor como personaje y ustedes también quedan mejor como lectores.
Seguía encimismada y no quería molestar a nadie, pero el miedo estaba tocando el timbre y era muy ruidoso. Tuve que atender y enfrentarlo. Sé muy bien cómo es ese miedo, conozco su cara y sé dónde vive. Pero ahora estaba enfrente mío y era hora de atenderlo: se llamaba "ganas de ir al baño". Fui hasta el baño con mi bastón; ustedes dirían que una tortuga estornudó, y solo puedo decir que era yo corriendo.
A la salida me quedé escuchando la tele que había dejado mi padre prendida. Hablaban de becas y nuevas oportunidades laborales para personas con discapacidad. Una mujer muy bella explicaba en lengua de señas, acompañada por una intérprete igualmente vistosa, diciendo que había posibilidades de trabajo y que se podía aplicar. Me asusté pensando que leían mis pensamientos y anoté los datos. Cuando el destino te habla, Dios quiera que tengas papel y lápiz a mano.
Han pasado más de diez años desde que pensé que tal vez había posibilidades más allá de una enfermedad. Ha pasado mucha agua bajo el río y no quiero volver a mi antiguo cargo de supervisora de paredes. Ahora que se acerca esta nueva reforma, esta nueva ley, el miedo volvió a llamar, pero esta vez tiene una cara diferente y también es menos misericordioso que la vez anterior. Este miedo es más grande.
Opción de final
Ese miedo es más grande, sí, pero ahora ya no me encuentra quieta. Porque la mujer que miraba la pared esperando que algo ocurriera ya no trabaja de supervisora de paredes: ahora anota teléfonos, manda formularios, toma agua, se levanta despacio, se ríe de los mosquitos salvadores y, aunque tiemble, atiende el timbre igual. Y si el miedo insiste en volver mañana, que vuelva nomás. Yo también voy a estar.
Este miedo es más grande. No es el miedo íntimo de una chica mirando la pared. Es el miedo estructural. El que viene con membrete, con reforma, con decreto, con ajuste. El que decide desde un escritorio quién es "apto", quién es "productivo", quién merece existir en planilla Excel. Ya no es solo mi cuerpo el que tiembla.
Es el sistema el que vuelve a mirarnos como gasto, como carga, como estadística incómoda. Pero hay algo que aprendí en estos años: no somos supervisores de paredes. Somos personas. Y cuando una ley retrocede, cuando una reforma amenaza, cuando el trabajo vuelve a convertirse en privilegio y no en derecho, el problema no es nuestra discapacidad. El problema es la discapacidad moral de quienes diseñan un mundo sin nosotros. Yo ya miré suficiente la pared. Ahora la pared tiene que mirarnos a nosotros. Y si el miedo vuelve a tocar el timbre, esta vez no lo atiendo sola.








