Por Eduardo Lazzari.
BERNARDINO RIVADAVIA: SU GENIO Y SU ACCIÓN BERNARDINO RIVADAVIA: SU GENIO Y SU ACCIÓN
Los doscientos años del inicio de la primera presidencia argentina de la mano de Bernardino Rivadavia han pasado desapercibidos, en general, en la conmemoración histórica sin que se hayan registrado actos en su mausoleo porteño ni en ninguna, que sepamos, de las representaciones estatuarias del prócer en el país. Volvemos a recordar la frase del presidente Nicolás Avellaneda: "Los pueblos que olvidan sus tradiciones, pierden la conciencia de sus destinos, y los que se apoyan sobre tumbas gloriosas, son los que mejor preparan el porvenir". Concluimos hoy el relato de la vida y de la obra de un personaje que fue abordado desde la polémica, muchas veces desde la ignorancia cuando no desde la mala intención, sobre todo por su perfil ideológico que lo postuló como el representante de Mayo en los borrascosos tiempos de la década de 1820.
Sus últimos años permiten confirma el aserto de que las grandes revoluciones de la historia se devoran a sus mejores hombres. Recorreremos hoy el retiro de don Bernardino y sus destinos en el mundo.
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Su exilio en Europa y Sudamérica
La historia suele regalar momentos únicos. Los dos grandes adversarios políticos de unos años atrás permanecieron embarcados al mismo tiempo, en mayo de 1829, en el Río de la Plata. Desde Montevideo José de San Martín emprendió el exilio definitivo rumbo a Europa. Y desde Buenos Aires, Bernardino Rivadavia partió hacia la calle Neuve St. Agustin 51, en París, donde se recluyó, viajando por el viejo continente durante 5 años. Regresó a Buenos Aires en 1834, habitando su casa, que aún sobrevive en la calle Defensa al 300, por sólo cuatro horas, ya que fue expulsado del país. Se refugió en su hacienda de Colonia del Sacramento. La guerra civil oriental lo llevó a la cárcel, y lo desterraron a la isla de Santa Catalina, en Brasil. Allí vivió en forma miserable con su esposa
Luego de ser indultado en 1841, el matrimonio Rivadavia compartía su exilio en Río de Janeiro. Allí, doña Juana sufre una fractura a media.
Su muerte en Cádiz y el destino de su casa
En 1844 parte definitivamente don Bernardino hacia el viejo mundo y se radica en Cádiz. Alquila un piso a un sacerdote por 137 pesetas y disfruta de un tiempo tranquilo. En su escritorio luce los obsequios que en 1824 le hiciera San Martín: el estandarte de Pizarro y la campanilla de la Inquisición de Lima. En sus raras caminatas viste de rigurosa levita y luce su antiguo bastón de mando presidencial. Cada vez que un argentino lo encontraba y saludaba, él contestaba lacónicamente: "Ese hombre que usted dice ha muerto hace mucho tiempo. Ya no existe". Al acercarse la muerte indica a su administrador en Buenos Aires Manuel Cobo: "Quisiera sepultar conmigo las crueles violencias e ingratitudes de que he sido víctima".

gratitudes de que he sido víctima". El 30 de agosto de 1845 sufre un ataque de apoplejía y el 2 de septiembre, a las 6,30 hs. muere en su habitación gaditana de Murguía 145, calle que hoy lleva su nombre. Fue sepultado en el cementerio de la milenaria ciudad y es estremecedor el relato que un cronista de ese entonces hace del personaje: "Cubierto por su raída capa de presidente de las Provincias Unidas de la Argentina, en el cansino andar de don Bernardino Rivadavia podía adivinarse la dignidad de un rey depuesto". El edificio donde murió Rivadavia fue adquirido en 1928 por el empresario José Roger Balet, dueño del mítico Bazar "Dos Mundos", y donado al estado argentino para su preservación, siendo hoy el Consulado Argentino. Se conserva una fotografía de la habitación del prócer, donde se ve la modestia de su vida en el exilio.
La repatriación de sus restos
Rivadavia había ordenado a sus albaceas testamentarios que "su cuerpo no vuelva jamás a Buenos Aires y mucho menos a Montevideo, esas ciudades ingratas ". Sin embargo, apenas caído Juan Manuel de Rosas en 1852 comenzó una campaña para la repatriación de los restos del primer presidente. La Sociedad de Beneficencia de Buenos Aires resuelve traer a su fundador, pagando el costo del traslado. El gobierno de la provincia apoya la iniciativa y desde el diario "El Nacional", Domingo Faustino Sarmiento se convierte en propulsor del tema, añadiendo la colocación en cada escuela pública de un busto de don Bernardino ya que "los que han servido al pueblo deben estar a la vista de las nuevas generaciones. El Fundador de las Escuelas debe estar vivo en las escuelas". Recordaba con esto el sanjuanino que Rivadavia había creado las primeras escuelas públicas del país bajo el régimen lancasteriano de preceptores. Frente a tanta presión los hermanos Achával, a cargo del testamento de Rivadavia, acceden sosteniendo que la negativa del prócer se debía a su intención de eludir los vejámenes de Rosas y de Oribe, y no para sustraerse al reconocimiento y a la devoción del pueblo. Así es que el 20 de agosto de 1857 desembarca en Buenos Aires el ataúd de don Bernardino Rivadavia.
Casi toda la población de la ciudad participa de las conmemoraciones y sus restos son depositados en el Cementerio de la Recoleta. Se dice de él en las ceremonias fúnebres: "Es el ilustre padre del país", "Sin Rivadavia, la resurrección de la República Argentina no hubiera sido posible", "Es el genio que vela sobre los destinos de la República". En 1880 se repiten los homenajes al cumplirse 100 años de su nacimiento, coincidiendo los festejos con la repatriación de los restos del general José de San Martín, una reconciliación póstuma inspirada por Nicolás Avellaneda, el primer presidente que no sabía disparar un arma.
La estatura histórica de Rivadavia
El sillón de Rivadavia se ha convertido en el símbolo de los primeros mandatarios argentinos. Sin embargo, no existe. Salvo una poltrona que Bernardino Rivadavia utilizaba en los oficios religiosos en la Catedral de Buenos Aires y que se conserva en su museo, no hay ningún mueble que pueda ser vinculado con el primer ciudadano que fue titulado presidente del país. Si se visita el vestíbulo de honor de la Casa Rosada, uno se encuentra con los bustos de los presidentes argentinos ordenados en forma cronológica. Y el recorrido comienza por Cornelio de Saavedra, que era presidente, pero sólo de la Junta Gubernativa del Río de la Plata. Y a continuación el rostro que la escuela hizo familiar de don Bernardino Rivadavia, curiosamente tío y sobrino.
La historiografía liberal ubicó a Rivadavia en la cumbre del panteón histórico argentino. Pueden leerse libros que lo ubican como el "Padre de la Patria" civil, acompañado en el podio de la historia por los libertadores militares, el nacional Manuel Belgrano y el continental José de San Martín, así como también encontramos trabajos que lo describen como un traidor inescrupuloso contra los intereses nacionales, sobre todo en trabajos provenientes del revisionismo y de la historiografía política antiliberal. Como en todo debate vinculado a la política nacional la verdad histórica está ubicada en un punto medio entre esos dos extremos, pero se puede afirmar que Rivadavia fue un apasionado argentino, que hizo lo mejor según su leal saber y entender, y que sobre todo sufrió en los últimos años de su vida un desprecio y un olvido inmerecido.
Como bien se dice: "los hechos son sagrados, las opiniones diversas". En 1932 el presidente Agustín Pedro Justo inaugura el mausoleo del prócer en el centro de la plaza de Miserere, siendo hasta hoy el monumento fúnebre más grande del país y el único que se venera en la vía pública en Buenos Aires. La obra es una genialidad artística del escultor Rogelio Yrurtia, El friso del monumento fúnebre luce la frase que Bartolomé Mitre dijera en su homenaje: "Al más grande hombre civil de la tierra de los argentinos". Su cripta merece ser restaurada y convertirse en un lugar sagrado visitable. La intención del relato que antecede es simplemente conocer más a este gran personaje desde una perspectiva más humana y sobre todo entender que el amor a la Patria puede tener muchas manifestaciones y que la función pública en esos tiempos fundacionales de la Argentina fue una tarea titánica e ingrata que provocó que los grandes hacedores del país terminaran en su gran mayoría muriendo en el exilio, sufriendo todo tipo de privaciones y sobre todo con un reconocimiento que les llegaría sólo después de la muerte.








