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Análisis de la reforma laboral en el marco de la sociedad líquida y adiaforizada 

Por Mario Ramón Tenti.

20/01/2026 06:00 Opinión
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El gran sociólogo polaco Zygmun Bauman describe a la época actual como "modernidad líquida", época que mantiene algunas de las características de la modernidad tales como el desarraigo de las estructuras tradicionales (estado, familia, trabajo, normas y patrones sociales), pero que contiene nuevas características: el cambio constante, la transitoriedad, la fluidez de las relaciones humanas, económicas y laborales, el consumismo y un exacerbado individualismo.

Hemos pasado de una sociedad de "productores" a la de "consumidores", ya no se trata de producir lo necesario para la vida sino de consumir irreflexivamente cosas sustituibles y descartables, reemplazadas por otras nuevas que la cultura consumista ofrece fagocitando el deseo humano.

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Existe, es decir, tiene visibilidad y pertenencia el que consume; el consumo nos da identidad, nos hace ser una persona con estatus, aggiornada, parte de una comunidad, la "comunidad de los consumidores".

Lo paradójico es que todos quieren pertenecer a este sector social, y nadie querría dejar de ser parte del mismo, pero la gran mayoría en el fondo solo pertenece de manera formal, porque no puede adquirir por su situación de precariedad económica, los bienes y servicios que la sociedad consumista ofrece.

Es necesario diseñar un sistema económico que sea productivo, que los trabajadores sean respetados en sus derechos laborales, que se incorporen las nueva tecnologías sin descartar a las personas

Por eso, la dinámica social implica reforzar el deseo de consumir prometiendo nuevos bienes al alcance de la mano que nos dará la felicidad tan deseada. El principio que anima la sociedad consumista es: "consumo, luego existo".

Este modelo socio cultural trae como consecuencia la "adioforización", es decir la pérdida de la sensibilidad moral en la sociedad, la neutralidad e indiferencia frente a hechos y situaciones deleznables desde el punto de vista ético y humano.

El Papa Juan Pablo II en la Encíclica Reconciliatio et Penitencia nos alertó respecto de la pérdida del sentido del pecado, la falta de conciencia sobre el mal que azotaba al mundo, de nuestra responsabilidad frente al mismo y de la indiferencia moral que se manifiesta en un relativismo que ha penetrado todos los sectores y estamentos, especialmente de la cultura occidental.

En este contexto socio cultural, se debate en nuestro país la reforma laboral. Si bien tiene varios puntos para el análisis, el elemento cohesionador es la llamada "flexibilización laboral": extender horario de trabajo y periodos de prueba, cierta flexibilidad en los contratos laborales, priorizar acuerdos con las empresas de manera individual y no con convenios sectoriales, etc.

El gobierno nacional argumenta que la reforma es necesaria para "modernizar" y adaptar el sistema a nuevas realidades laborales, facilitar contrataciones y reducir la informalidad, atraer inversiones y dinamizar la economía.

Haciendo un poco de memoria, estas políticas neoliberales ya se aplicaron en Argentina en los años 90. Las consecuencias fueron negativas: empeoraron las condiciones laborales, se precarizó el empleo, se redujeron derechos y salarios, y no se creó más empleo formal.

Por el contrario, se aumentaron las ganancias empresariales a costa de la estabilidad del trabajador.

En la actualidad, según el tipo de sociedad que arriba he descrito, una reforma laboral con esas características ocasionará un daño mayor que el de los 90. Desde el punto de vista económico porque la matriz del modelo económico actual no es "productiva" sino de acumulación financiera, pretendidamente financiera, porque tampoco lo es en su integralidad; y porque la "atmósfera" socio cultural de insensibilidad moral, de competencia e insolidaridad, de indiferencia frente al dolor de los que sufren: los pobres, los "consumidores frustrados" como los llama Bauman, no promueve el rescate de los descartados sino que son vistos por un vasto sector de la sociedad como "enemigos peligrosos" que hay que eliminar.

Por eso, creo que es necesario preguntarnos qué tipo de sociedad queremos ser, que país queremos construir, y de acuerdo a ello, diseñar un sistema económico que sea productivo, que los trabajadores sean respetados en sus derechos laborales, que se incorporen las nueva tecnologías sin descartar a las personas, centrado en el bienestar de todos, priorizando la cooperación, la sostenibilidad y la justicia social sobre el lucro desmedido, donde el éxito se mida por el bien común, fomentando la participación ciudadana, la ética empresarial y la responsabilidad social.

Es decir, un modelo económico más humano para una nueva humanidad. Esto es posible desde un contrato ético alternativo, un nuevo modo de situarnos y vivir en sociedad.

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