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A 50 años del Golpe: la Argentina y su eterna amnesia

Por el Dr. Carlos Scaglione.

24/03/2026 16:32 Opinión
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El 24 de marzo de 1976 no fue solamente un golpe militar, fue un cambio de modelo económico, social y cultural impuesto con terrorismo de Estado. La dictadura del Proceso de Reorganización Nacional no solo secuestró, torturó y desapareció personas: también cambió la estructura económica del país.

Mientras los grupos de tareas secuestraban de noche, de día el ministro José Alfredo Martínez de Hoz abría la economía, destruía la industria nacional, endeudaba al país y trasladaba ingresos del trabajo al capital financiero, No fue casualidad. La represión y la economía fueron parte del mismo plan.

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A 50 años, lo más inquietante no es lo que pasó. Lo más inquietante es que todavía se discuta.

La dictadura que algunos quieren olvidary otros necesitan negar. En la Argentina hay algo más peligroso que el olvido, la reinterpretación interesada del pasado.

Ya no se justifica abiertamente la dictadura como en los años 80 o 90. Ahora se la relativiza, se la discute, se la pone en contexto, se habla de guerra, de excesos, de números, de versiones. Es una forma más sofisticada de negar: no negar los hechos, sino vaciarlos de significado.

Mientras tanto, organismos como Madres de Plaza de Mayo y Abuelas de Plaza de Mayo siguen recordando que no fue una guerra, fue terrorismo de Estado. Pero la discusión de fondo nunca fue solo sobre derechos humanos, siempre fue sobre economía y poder.

El modelo económico que sobrevivió a la dictadura

El modelo económico que comenzó en 1976 no terminó en 1983, continuó en los años '90 con Carlos Menem, reapareció con Mauricio Macri y hoy vuelve a discutirse con las políticas de Javier Milei: apertura económica, endeudamiento, reducción del Estado, privatizaciones, desregulación y mercado como organizador absoluto de la sociedad.

No son gobiernos iguales, no son épocas iguales, pero la discusión de fondo es la misma desde 1976: Estado o mercado. Industria o finanzas. Trabajo o capital. Por eso, cada 24 de marzo no se discute solamente memoria, se discute modelo de país.

La tragedia argentina no fue solamente la dictadura, la verdadera tragedia es que 50 años después el país sigue discutiendo las mismas cosas.

Seguimos discutiendo si el Estado tiene que existir, seguimos discutiendo si la industria sirve. Seguimos discutiendo si la educación pública vale la pena. Seguimos discutiendo si los derechos humanos son un negocio, seguimos discutiendo si la política es necesaria o si hay que destruirla. 

Es decir, seguimos discutiendo las mismas ideas que se intentaron imponer en 1976.

A 50 años del golpe militar, un sector de la dirigencia política de la Argentina no tiene solamente un problema de memoria, tiene un problema de comprensión histórica.

Porque un país que cada veinte años vuelve a discutir el mismo modelo económico, que cada treinta años vuelve a endeudarse, que cada tanto vuelve a destruir su Estado, no es un país sin memoria.

Es una dirigencia política que no termina de entender su propia historia. Y cuando una parte de la dirigencia parece que no entiende su historia, no repite el pasado por error. Lo repite porque todavía hay sectores a los que ese pasado les conviene y mucho.

El mayor peligro ya no es solo el olvido, sino la banalización.

Las sociedades no repiten las tragedias cuando las recuerdan; las repiten cuando las convierten en una fecha más del calendario, en un feriado largo, en una discusión de redes sociales o en una pelea política menor.

La banalización es más peligrosa que el olvido, porque el olvido duele, pero la banalización, anestesia y un país que banaliza sus tragedias empieza lentamente a perder la noción de lo que es grave, de lo que es inaceptable, de lo que nunca más debería volver a pasar. Y cuando una sociedad pierde esa noción, todo vuelve a ser posible.

El terrorismo de Estado no empezó con los centros clandestinos ni terminó con el regreso de la democracia. Empezó cuando una parte de la sociedad creyó que había argentinos que sobraban, ideas que había que prohibir y economía que había que imponer, aunque fuera con miedo. Y termina recién cuando toda la sociedad entiende que nunca más significa nunca más para todos y para todo.

Lo más grave: es empezar a creer que la democracia es natural, que siempre estuvo, que siempre va a estar, que no costó nada. Y la historia argentina demuestra exactamente lo contrario. Las democracias no mueren de un día para el otro. Se van deteriorando lentamente cuando la sociedad deja de valorar la política, cuando deja de valorar el Estado, cuando deja de valorar la educación, cuando deja de valorar la memoria. No caen con un golpe militar; caen primero con la indiferencia, con el descreimiento y con la banalización de la historia.

Por eso, a cincuenta años, el verdadero debate no es solo qué pasó en 1976. El verdadero debate es si los argentinos entendimos lo que pasó en 1976.

Porque los países que no entienden su historia están condenados no a repetirla exactamente, sino a repetir sus errores con otros nombres, con otros discursos y con otras caras, pero con las mismas consecuencias. 

Lo que debes saber
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