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Cuando la prevención se confunde con persecución: un problema que nos involucra a todos

Por el Dr. Diego Basualdo.

20/04/2026 15:36 Opinión
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En los últimos tiempos, distintas comunidades educativas han comenzado a atravesar situaciones que generan alarma social: amenazas anónimas, rumores, mensajes intimidantes o episodios de violencia simbólica dentro del ámbito escolar. Frente a estos hechos, las instituciones educativas se ven obligadas a actuar con rapidez, prudencia y responsabilidad, priorizando siempre la seguridad de los alumnos.

Sin embargo, en ese mismo escenario aparece una reacción cada vez más frecuente: cuando la escuela interviene, algunos padres interpretan esas acciones como actos de persecución, estigmatización o injusticia hacia sus hijos.

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Esta tensión no es menor. Y tampoco es nueva. Pero hoy se vuelve más visible por un factor determinante: la amplificación inmediata que generan las redes sociales y la intervención, muchas veces apresurada, de discursos externos que simplifican situaciones complejas.

Prevención no es persecución

La escuela tiene un deber claro: cuidar, prevenir y actuar. No puede mirar hacia otro lado ante situaciones que puedan comprometer la seguridad o el clima institucional.

Cuando un alumno aparece "involucrado" en un contexto de riesgo, eso no implica que sea culpable. Implica, simplemente, que la institución debe observar, intervenir y, si corresponde, acompañar.

Confundir esa intervención con una acusación es un error. Pero más grave aún es convertir ese error en un discurso público que desacredita a la institución.

El rol de las familias

Los padres tienen un lugar central en la educación. No solo como titulares de derechos, sino también como portadores de deberes: acompañar, colaborar y respetar la autoridad pedagógica.

Cuando una familia reacciona desde el temor o la angustia es comprensible. Pero cuando esa reacción deriva en la difusión de versiones infundadas, acusaciones públicas o cuestionamientos sin sustento, el problema deja de ser individual y pasa a afectar a toda la comunidad educativa.

Porque en ese punto ya no se está defendiendo a un hijo: se está debilitando a la institución que debe proteger a todos.

La escuela en el centro de la tensión

Las escuelas hoy enfrentan un desafío complejo: deben actuar, pero cualquier acción puede ser interpretada como exceso. Deben prevenir, pero sin generar alarma. Deben intervenir, pero evitando ser acusadas de señalar.

Este equilibrio es difícil. Y muchas veces, injusto.

Porque cuando la escuela no actúa, se la crítica por omisión. Pero cuando actúa, se la acusa de persecución.

 El impacto de los discursos públicos

Un elemento que agrava estas situaciones es la circulación de discursos en redes sociales o medios informales. Allí, las versiones se simplifican, se distorsionan y se amplifican sin control.

En ese terreno, la prudencia suele perder frente a la urgencia de opinar.

Y lo que debería resolverse con diálogo institucional, termina convertido en un conflicto público que daña a todos.

Un problema que no se resuelve contra la escuela

La pregunta de fondo es sencilla, pero incómoda:

¿Queremos escuelas que actúen o escuelas que miren hacia otro lado?

Si la respuesta es la primera, entonces hay que aceptar que actuar implica tomar decisiones, intervenir y, a veces, incomodar.

Pero eso no convierte a la escuela en enemiga. Al contrario: la coloca en su rol más importante.

Conclusión: de la confrontación a la corresponsabilidad

Los conflictos en el ámbito educativo no se resuelven enfrentando a la escuela, ni desacreditando su accionar, ni judicializando cada intervención preventiva.

Se resuelven entendiendo que:

la escuela tiene un deber de cuidado 

las familias tienen un deber de acompañamiento 

el Estado tiene un deber de garantía 

Y que ninguno puede cumplir su rol si los otros lo obstaculizan.

En definitiva, la seguridad y el bienestar de los alumnos no se construyen "contra" alguien.

Se construyen entre todos.

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