Por Belén Cianferoni.
Crónica de la muerte del cisne santiagueño Crónica de la muerte del cisne santiagueño
Hola, mis estimados domingueros, ¿cómo va ese matecito o ese café?
Yo estoy aquí, ya por el segundo desayuno. Me despierto temprano a tomar un café tostado sin azúcar, uno que venden enfrente de la casa de don Koli Arce. Espectacular. Qué lindo poder consumir algo de calidad local. Cada vez que lo tomo siento que mis pies bailan guaracha.
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¿Ustedes también aprendieron a bailar con la puerta y la escoba, como yo de chica? ¿O fue solamente mi timidez la que me llevó a imaginar amigos invisibles? Solo para que mi madre sepa: yo no barro porque no podría hacerle eso a mi amiga ¿Cuándo se vio que una maltrate así a una amiga? Pero por favor.
¿Sabían ustedes que de pequeña quería ser bailarina de ballet? Sí, sí, sí. Quería ser un hada diminuta que se despegara del piso y lograra volar con cada movimiento.
Veía cómo Anna Pavlova y Maya Plisétskaya se volvían pájaros y volaban en cada paso. Julio Bocca, Eleonora Cassano, Maximiliano Guerra tantos voladores con sus pies. Los miraba transformarse en criaturas sobrenaturales.
Quería ser como ellos.
Pero nunca supe el costo que iba a pagar por querer ser bailarina.
Mamá me vio soñar. Lo pedí tanto que me llevó a luchar por ese sueño. Fui con una profe de ballet en el teatro y ahí empezó todo.
Estuve una semana con ese hermoso traje, con un rodete tirante y la frente en alto. Si me esforzaba, iba a ser la mejor bailarina de Santiago. En mi mente de nena, yo ya estaba bailando con Eleonora.
Pero no todos tenemos los pies. No todos tenemos la vitamina moral para soportar las espinas mientras dibujamos figuras en el aire.
"Su hija no tiene lo necesario para ser bailarina de ballet. No tiene el cuerpo requerido", sentenció la profesora.
Mi mamá hizo lo que cualquier madre amorosa haría: me alejó del dolor.
Belén, no puedo llevarte a ballet a esa hora. Tengo que trabajar y tu papá tampoco puede.
La Belén de ocho años la odió. ¿Cómo no sabía que iba a ser la revolución del ballet? Que el Bolshói me estaba esperando y que no podía demorarme.
Mamá prefirió ser la mala. Decir no, sonriendo. Pero sus no son no.
Y siempre es por algo solo que en ese momento una no pregunta.
Yo sentí como si un cisne muriera en mí. Sentí, otra vez, que Tchaikovsky era santiagueño y que estaba orquestando mi vida en ese preciso instante.
Había volado tan alto estaba en el sol con Ícaro, y caí en picada contra el piso, con las plumas saliéndome en cada lágrima.
Pasó el tiempo.
Y vino Sailor Moon. Vino Rubén Darío. Y el arte volvió a curar este corazón roto.
El arte siempre me curó.Pasaron los días, las semanas, los años y de pronto, una lapicera y un papel me hicieron volar de nuevo sobre un cielo donde mis pies no pudieron llevarme.
Otra vez, la muerte del cisne se asomaba. El preludio de Tchaikovsky y su oscuridad me estaban comiendo nuevamente, cuando sentí que mi mano se ponía rígida, tiesa
De los labios de Rubén Nacul vino un nuevo desafío:Tenés esclerosis múltiple.
Y de esa misma mano, también una posibilidad:
Pero podés adelantarte y empezar un tratamiento. Belén, podés enfrentarlo pero vas a tener que esforzarte.
Y ahí entendí algo que la nena del rodete no podía saber.
Que el cuerpo a veces te baja del escenario pero el arte siempre te vuelve a subir, aunque sea de otra manera.
Que no todos nacimos para volar con los pies. Algunos volamos con palabras.
Y sí, quizá nunca fui ese cisne perfecto que la profe de ballet quería. Ella no pudo ser mi instructora de vuelo, porque no sabía cómo volar.
Pero aprendí a volar... Sin ella por otro lugar.
Solo que ahora, cada movimiento lo escribo.








