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José de San Martín: El libertador de medio continente (Tercera Parte)

Por Eduardo Lazzari

23/08/2026 02:36 Santiago
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La estrategia de las grandes batallas y la independencia de Chile

El 12 de febrero de 1817 la batalla de Chacabuco desafió todas las teorías militares, ya que el ataque de San Martín no tuvo en cuenta la cantidad de hombres necesarios para tomar una posición y el triunfo completo no evito una rencilla que estaba latente entre el general chileno O'Higgins y el general porteño Soler, quién acusó al primero de no respetar las órdenes de San Martín. El peligro de la discordia en el bando de los revolucionarios hizo que San Martín tomara una decisión no deseada que fue enviar a Buenos Aires a su querido Soler. La alianza política con O'Higgins fue privilegiada por sobre la razón militar. 

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El 16 de febrero de 1817, reafirmando la independencia chilena, convocó a una asamblea para elegir gobernante. No aceptó ser él el jefe político, ya que manifestó la voluntad libertadora de los pueblos y Chile debía ser gobernado por un chileno. Así fue como O'Higgins resultó elegido director supremo del país naciente. Vale notar que se eligió el mismo camino institucional de las Provincias Unidas y es una demostración del carácter libertador de la gesta sanmartiniana. A principios del año siguiente sería proclamada la independencia de Chile, probablemente escrita por uno de los colaboradores de San Martín, el tucumano Bernardo de Monteagudo.

La sorpresa de Cancha Rayada durante la madrugada del 20 de marzo de 1818 puso en riesgo la libertad de Chile, siendo herido O'Higgins y resultando fracturado su brazo. Una acción audaz y genial del general Juan Gregorio de Las Heras salvó al grueso del Ejército Unido, formado por el antiguo Ejército de los Andes y el Ejército Chilena, y permitió seguir adelante con la campaña. En sólo una quincena San Martín reorganizó a las tropas y el 5 de abril arrasó al ejército imperial en el valle del Maipo, en la batalla que conocemos como Maipú, la más extraordinaria victoria militar en el cono sur. Chile fue independiente para siempre y ha quedado como imagen de esa batalla el abrazo de los dos libertadores, que figuró durante décadas en los billetes de 5 pesos.

CAMPAÑA AL PERÚ. PROTECTOR DEL PERÚ. ENTREVISTA DE GUAYAQUIL

Desde Santiago de Chile, San Martín decidió seguir adelante con el plan continental. Fortaleció a su ejército, al que desde entonces llamó Unido. Contrató al almirante Cochrane para conducir a sus hombres hacia Perú por mar. Logró, con una estrategia de guerrillas, desarmar el aparato defensivo de la capital española de América, Lima. Tomó la capital imperial y el 28 de julio de 1821 declaró la independencia del Perú, país que lo reconoce como su máximo héroe nacional. Vale un artículo especial la gestión de nuestro Libertador como Protector de la Libertad del Perú y el efecto de sus encantos en las damas limeñas. Fue San Martín quien soñó los colores de la bandera peruana. Y decidió viajar a Guayaquil, para vencer todas las resistencias de Simón Bolívar, y terminar la guerra de la independencia. Nunca se sabrá con exactitud que hablaron el 26 de julio de 1822, los dos libertadores, que junto a George Washington, fueron los más importantes hombres de la historia de América, según la definición de Bartolomé Mitre..

Ha quedado para la historia la carta que San Martín, luego de la decisión de retirarse del escenario político y militar en beneficio de Bolívar, le enviara al venezolano: "Le escribiré, no sólo con la franqueza de mi carácter, sino también con la que exigen los altos intereses de la América. Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente, yo estoy íntimamente convencido, o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa". Es nuestra opinión que el carácter megalómano del Libertador Bolívar impidió la colaboración entre ambos colosos de la historia, y eso prolongo la guerra de la independencia y sobre todo, generó conflictos civiles que se habrían podido evitar. Pero imaginar lo que hubiera pasado es una imprudencia de cualquier historiador.

REGRESO A LA ARGENTINA. MUERTE DE REMEDIOS

San Martín regresa sigilosamente a la Argentina. Llega a Mendoza en 1823, y las intrigas políticas del Plata lo advierten, a través de Estanislao López, gobernador de Santa Fe, de los peligros de un viaje a Buenos Aires. Allí se entera de la enfermedad de su esposa Remedios y de la caída de su amigo O'Higgins. El mundo le iba cerrando sus puertas. Decide viajar a Buenos Aires y llega para encargar la sepultura de su esposa. Allí plasmará en palabras el amor que sentía por la madre de su única hija. Pide a Felipe Bertress que la lápida de su Remedios, la más antigua existente en el Cementerio de la Recoleta, exprese su sentimiento. Dice el mármol "Aquí descansa Da. Remedios de Escalada. Esposa y amiga del Grl. San Martín". En tiempos solemnes, mucho es el cariño que marca ese epitafio. Luego de una pelea con su suegra, logra hacerse de Merceditas, y parte, para siempre, desde el puerto de Buenos Aires, en el buque "Le Bayonnais", rumbo a Europa, el 10 de febrero de 1824. Intentaría volver en 1829, pero los avatares de la guerra civil, transmitidos por sus viejos amigos y conocidos, lo hacen desistir de desembarcar. Recaló en el puerto de Buenos Aires, pero no volvió a pisar tierra argentina. 

EXILIO EN EUROPA Y VIDA FAMILIAR

Su exilio fue tranquilo, a pesar de que nunca perdió contacto con las realidades de su tierra. Sus problemas económicos fueron sobrellevados gracias a la generosidad de su amigo Alejandro Aguado, el marqués de las Marismas. En 1844 escribió su testamento, donde lega su sable al gobernador Juan Manuel de Rosas, poniéndose a su disposición para defender el país de las agresiones extranjeras; y dispuso lo siguiente: "Prohíbo el que se me haga ningún género de funeral, y desde el lugar en que falleciere, se me conducirá directamente al cementerio sin ningún acompañamiento, pero sí desearía, el que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires". La interpretación de esta cláusula será polémica: en el "cementerio" de Buenos Aires, o en el "corazón" de Buenos Aires. La decisión fue, al llegar sus restos a la capital argentina, sepultarlo en el "corazón", o sea la Catedral. En esos años fue entrevistado por dos gigantes de nuestro pensamiento político: Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento.

Hacia 1848 una carta a su amigo Tomás Guido muestra un aspecto galante y pícaro de don José: "Estando en los bosque de Boulogne, una dama joven comenzó a mirarme, y yo también. Y así permanecimos bastante tiempo, entre sonrisas y gestos. Finalmente, decidí saludarla y retirarme, causando sin duda cierto desconcierto en la bella dama. Lo hice ya que a esta altura de mi vida, lo único que puedo sostener son las miradas". La revolución parisina de ese año lo decide a trasladarse a Boulogne Sur Mer, donde habita una casa que hoy es museo, donada al estado argentino por un filántropo argentino nacido en Cataluña, don José Roger Balet, dueño del bazar "Dos Mundos", que también obsequiera la casa de Rivadavia en Cádiz.

MUERTE, REPATRIACIÓN Y HOMENAJES

Enfermo de cataratas y arrastrando los males de salud de toda su vida, muere a las 3 de la tarde del 17 de agosto de 1850, acompañado por su hija Mercedes, su yerno Mariano y las dos nietas: María Mercedes y Josefa Dominga. Sus últimas palabras fueron: "Esta es la calma que precede a la tormenta…". Fue conducido a la cripta de la iglesia de Nuestra Señora de Boulogne. Once años después fue trasladado a la bóveda familiar en el cementerio de Brunoy, en las afueras de París, donde había sido sepultada pocos días antes su nieta Mercedes. Durante años pocos recordaron al gigante de los Andes en sus tumbas.

Está claro que la figura de San Martín es tan gigantesca, que no pudo ser olvidada, pero si se demoró su consagración como Libertador hasta la aparición, en 1887, de la monumental obra historiográfica de Bartolomé Mitre, "Historia de San Martín y la emancipación americana". Y unos años antes, el espíritu romántico del presidente Nicolás Avellaneda propuso una reconciliación póstuma entre dos encarnizados adversarios de la historia: Bernardino Rivadavia y José de San Martín. El 20 de mayo de 1880 se recordaron los cien años del nacimiento del primer presidente argentino, que se encontraba sepultado, contra su voluntad, en el Cementerio de la Recoleta. Y cuatro días después, el buque "Villarino" recalaba en el puerto de Buenos Aires, conduciendo el féretro de San Martín. El 28 de mayo de ese año fueron desembarcados los restos del prócer y depositados en la Catedral Metropolitana de Buenos Aires, donde permanecen hasta hoy.

Hablaron ese día Avellaneda, que dijo frente al Libertador: "¡Que vuestro brazo invisible trace murallas de fierro en las fronteras, para que la bandera que hicisteis flamear en las cumbres más excelsas de la Tierra, no sea jamás uncida al carro de un vencedor!"; y luego Sarmiento que proclamó: "A nombre de la presente generación recibimos estas cenizas del hombre ilustre, como expiación que la historia nos impone de los errores de la que nos precedió. Honor y Gloria al Gran Capitán".

La comisión encargada del monumento funerario que fuera encargado a los mismos autores que el mausoleo de Napoleón Bonaparte, el atelier de Albert Carrier Beleuse, se topó con dos graves problemas: el catafalco de mármoles no entraba adecuadamente en la capilla de Nuestra Señora de la Paz, por lo que se procedió a ampliar ese recinto, obra que estuvo a cargo de Carlos Aberg, uno de los arquitectos suecos de la Casa Rosada. Y el otro inconveniente, mucho más serio, fue descubrir que los restos de don José estaban embalsamados, y por lo tanto, no había forma de ubicarlos dentro del monumento. Ante la crisis, se resolvió ubicar el ataúd dentro de la estructura del mausoleo, en una posición bastante insólita: con una inclinación de 45°, con sus pies hacia la puerta del templo, a la altura del piso, y su cabeza hacia el altar mayor, aproximadamente a un metro cincuenta.

La designación del año 1950 como Año del Libertador puso a San Martín definitivamente como el Padre de la Patria, más allá de la picardía del presidente Perón, entonces gobernante de asimilar su figura de general a la del gran general de la historia. Es hoy el prócer más reconocido por los argentinos. Sus estatuas se cuentan por millares, desde las ecuestres en diversos lugares del país y del mundo, hasta los sencillos bustos en cada plaza, institución u organismo oficial o privado. La más afectuosa es la que se emplaza enfrente de la réplica de su casa de Grand Bourg, en Palermo, en Buenos Aires: un anciano San Martín que disfruta de la compañía de sus nietas. Miles de aulas tienen su retrato. Miles de calles llevan su nombre. Pero sin duda, el mayor homenaje es la emoción que todos los argentinos tienen por su nombre. Vale terminar este texto con las palabras finales del libro de Mitre: "Fiel a la máxima que regló su vida: FUE LO QUE DEBÍA SER, y antes que ser lo que no debía prefirió NO SER NADA. Por eso vivirá en la inmortalidad."

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