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El universo de Manuel J. Castilla

El poeta salteño Hugo Roberto Ovalle. Interpretó con toda modestia, otra faceta de Manuel J. Castilla, propietario de un particular estilo literario y muy poco conocido.

- 22:02 Viceversa

S on tan vigentes la vida y la obra de Manuel J. Castilla que, tanto ambas, la vida y la obra, siguen siendo fuentes de estudios investigativos, de conclusiones diferentes y de infalibilidad equivocadas.

Quien más, quien menos, ha hecho su mundo propio del mudo literario o vital de Manuel José Castilla. Y todos son válidos, porque la cotidianeidad y el texto poético del hombre y del autor literario son tantos como interlocutores tengan sus días y de sus versos.

Permítaseme, entonces, entre tantas experiencias que el hombre y el poeta de “Andenes al ocaso” tuvo con amigos, con la gente y hasta con personajes extraños, que yo intente la confidencia de mi propia experiencia con Manuel J. Castilla y su relación con nombres y cosas que identifican y determinan el protagonismo de distintas generaciones en una misma época.

Acaso porque es inevitable decir su nombre sin que, simultáneamente, nuestra memoria no convoque también a otros nombres relacionados con hechos concretos del movimiento cultural de Salta y la Argentina.

Es que Manuel J. Castilla, como muy pocos fue un aliento receptivo e impulsor de vocaciones y proyectos, pronto a crear las posibilidades del universo creativo de las acciones edificantes del ideario artístico y social proyectado a mejorar el espacio y el tiempo externo e interno de Salta.

Más allá de los ensayos que se ocuparon de analizar los más recónditos motivos lingüísticos y antropológicos de su poesía, de los “ismos” y las ecuaciones semánticas y dialécticas, la conciencia popular aún no tiene conocimiento de lo que el hombre, el poeta hacía pensando en la dignificación de su pueblo, no sólo a través de la literatura y de su cancionística, sino alegre y preocupadamente hundido en la diaria necesidad ontológica de las personas.

Cualquier hecho intrascendente le significaba a Manuel Castilla la imprescindible oportunidad pedagógica para aplicar su didáctica en pro de aprender, o enseñar a la gente.

La conversación con un carnicero podría convertirse de pronto en un compendio fundamental e instructivo para no equivocarnos en el corte, el tiempo de cocción y la textura del punto exacto de los más exquisitos platos con carne vacuna y, a la vez, saber la geografía productiva de la ganadería del mundo y su referencia a los climas de Salta según la tonada y el número de versos de esa o aquella copla perteneciente a tal o cual región de la provincia.

Claro, ningún académico o intelectual puede ocuparse de esta supuesta siempre menor de Manuel Castilla, como también es cierto que la mayoría de los académicos e intelectuales no poseen la virtud de relacionar el común de los días de un poeta con la higienización de la sociedad, como lo quería Octavio Paz, por intermedio de su constante creativa, ya que el verdadero artista jamás abandona su proceso creador.

Es evidente que a todo esto, Castilla lo sabía. Su poder de observación no cesaba. Un apellido, un oficio, la manera de caminar de un desconocido le indicaba un origen, la costumbre de alguna región y, siempre, su memoria escarbando la historia o los modos de la tradición. De la tradición del hombre, quiere decir, que al fin y al cabo es el que hace, soporta y cambia todas las tradiciones.

Era imposible que un lustrabotas no saliese con unas monedas de más en el bolsillo y algún texto en sus oídos referente a su trabajo o al sueño inalcanzable que el propio lustrín le confiaba, o que al otro día se hallara con el cuerpo de la promesa hecha, ya fuese un libro, un par de medias o el pasaje para ir a ver a su madre a Morillo; hasta los gatos de Cacho Aramayo lo saben.

Alguna vez dije que la anécdota es una caricatura de la vida, sigo sosteniendo lo mismo, porque en Manuel Castilla las anécdotas son las que le inventaron quienes quisieron encontrarle solemnidad, complejidades psicofilosóficas o encasillamientos sociológicos; en realidad, Manuel Castilla era así, vivió aplicando su conocimiento, trabajando siempre en su raíz intuitiva sin explicar sus frutos.

Porque sabía que lo simple viene de lo práctico, Castilla prefirió la sencillez de la sabiduría.

Por eso siempre abrió las puertas de su casa, nos prestó su biblioteca y hasta arriesgó sus propios poemas a nuestras correcciones.

Para eso tuvimos que ser sobrevivientes de su crítica, de su razón tan bien intencionada que no pocos le debemos el nombre en letras de molde o la vigencia de algún cuarto de página.

Castilla fue aliento y desafío ante el emprendimiento infinito que significa el intento de cualquier obra artística, pero también doloroso rigor ante los balbuceos del alma

Jamás dejó de conversar la poesía, de sugerirnos la poética de la vida y de prevenirnos el riesgo de soportarlo todo, incluso el desprecio de nuestros propios seres queridos. Y así supimos compartir su mesa y, por supuesto, la honra de su trabajo en la comida.

Lo mismo que su trascendencia y la magnitud de su obra, hasta sus recopilaciones de coplas populares ya no le pertenecen. Cantó al hombre y a la esencialidad latinoamericana, a la soledad y a las adversidades e injusticias propias y ajenas.

Con su ser, de naturaleza a naturaleza fue tatuando su sentido de muerte, la médula de su estética.

Sin embargo, todo artista permanece en su origen

Acaso por lo mismo, Manuel Castilla siempre creyó que en cada persona existe un original que es necesario educar y desarrollar para alegrar y hacer menos dramática la existencia de la especie humana. (portal salta.gov.ar)

GENTE EN LOS SUEÑOS


Los sueños tienen gente.

y uno, dormido, es como una casa

que de golpe se llena de personas.


Hay veces que ellas y uno, todos, caminamos y hablamos

y nos oímos apenas como si conversáramos desde lejos.


Uno habla con los amigos muertos.


Y cuando se recuerda

se hunde en un espejo, de espaldas,

las manos llenas de ademanes vacíos.


Y un día brillante queda lejos y solo. l



BAJO LAS LENTAS NUBES


Voy creciendo de ti.

Yo soy una hoja nueva que apenas toca el viento.

Yo soy ese verano que siente que su seno

se le abulta de frutas

y se te cae encima fecundándote.


Yo soy ese que trepa por los yuyos

y que grita en el hambre desvelado del zorro,

yo soy una vidala

y delicadamente te enamoro. l



PIEDRA IMÁN


A veces quedo viendo

el animal pesado que palpita en tu roca,

que no puede saltar y que no duerme.


Boca quieta del vértigo, manotón del abismo,

agónico recuerdo del recuerdo, cicatriz de la nada,

atada sed del aire,

adiós empantanado para siempre, piedra ciega tanteando

la orilla peligrosa de su propio derrumbe.


¿Qué levedades busca para asirse,

a quién está llamando su voz que ya no es su voz,

su mano que no es mano?

¿Qué pensamiento estira y se le olvida

y se le vuelve adentro y se le apaga tímido?

¿Qué amor le está naciendo suave en sus ademanes

y en la flor de tinieblas de su sexo revienta?

Miel de metal,

suspiro sin destino de la greda,

regreso silencioso de la magia.


Cuando dé el salto, cuando se levante,

cuando devore todo lo que pide,

podrá su huevo cálido el espanto. 

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