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Las gracias de los alumnos que nunca olvidan

- 08:33 Opinión

Por Juan Aragón. Escritor.


La clave para entender la persistencia de los maestros, aun trabajando en las peores condiciones posibles, hay que buscarla, tal vez, en el mandato evangélico: “Id, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, (Mateo, 28,19). Desde entonces los maestros tienen una misión fundamental, de la que no se apartan aunque la paga sea insuficiente o no tengan los elementos necesarios para desarrollar su tarea. Antes de cumplir con su vocación, quizás sin saberlo, tienen una re ligazón con Dios.


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No hay quien no se acuerde del pago lejano, a veces tres casas en medio del bosque santiagueño y siempre una escuela cercana o a unos cuantos kilómetros de distancia. A la memoria siempre vuelve uno o varios maestros que, a fuerza de paciencia, enseñaron las letras, las cuatro operaciones matemáticas básicas, las primeras nociones de geometría, la geográfica ubicación en el mundo y el indeclinable amor a la patria.

Es una presencia que luego de atravesar todas las capas de la sociedad, de años se queda cabal, en un rincón del corazón, para siempre.

Hay quienes creen que la docencia está en la naturaleza de las cosas, que así como hay una escuela en la otra cuadra, también debe tener maestras para que atraigan chicos a las aulas. Es posible que olviden que no es una tarea improvisada, cada clase hay que prepararla y no es lo mismo dar clases en un barrio de Santiago que en un poblado de nombre quizás en quichua que pocos conocen, perdido en los caminos del departamento Moreno o Copo o Sarmiento, en un lugar al que apenas llega un polvoriento colectivo, dos veces a la semana, con chicos que tienen otros marcos abstractos de referencia, distintos de los de la ciudad.


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Algunas ocasiones, creemos que como sociedad hemos fallado en la economía, hemos errado en las decisiones políticas, no hemos sabido mantener relaciones internacionales provechosas, no compramos o vendimos al mundo los artículos indicados para cada ocasión, en fin. Pero la falla principal, la primordial, de la que se desprenden las demás, es no haber recordado que los maestros están en la base de la pirámide del desarrollo de la nación, sin ellos lo demás no es posible.

Entre los viejos, al menos, siempre hay la memoria de una maestra cercana, una madre, la abuela, una tía, una hermana que pasaron o continúan en las aulas arruinando sus cuerdas vocales para hacer que sus alumnos entiendan cómo se conjuga el modo indicativo de un verbo regular o tratando de que recuerden para siempre que la bandera no es un trapo que se cuelga del mástil sino el estandarte que seguían los soldados en las batallas.


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Recordamos a nuestros maestros como gente sencilla, alegre, afable, divertida, con un chiste en la punta de la lengua y siempre dispuestos a reírse de sí mismos, porque no les pesa ser los  depositarios de un mandato de más de mil años de antigüedad, llevan la mochila contentos sin  sentir su peso. Hacen su tarea con humildad, sabiendo que todos los días moldean con la sabiduría que les da ser los alfareros de la inteligencia y el saber, el carácter y la personalidad de miles de chicos en la provincia y en la Argentina.

Un día al año, les agradecemos, no tanto por los conocimientos que entregaron, sino porque se dieron ellos mismos, con su cuerpo y con su alma, a la difícil tarea de mostrarnos el mundo, en un pizarrón de tres por dos. Con sólo una tiza por arma, nos hicieron comprender que el mundo de las palabras y el pensamiento cabe en una hoja de papel, entendimos por ellos, abstracciones complicadas de explicar, como las tablas de multiplicar, supimos que el mundo era redondo y que no se terminaba en los confines del barrio o del camino por el que pasaba el ómnibus. Nos abrieron la cabeza para que luego tuviéramos herramientas para enfrentar el universo solos, sin ayuda de nadie.

Lo que cada uno hizo después con lo que entregaron los maestros, viene a ser otra cuestión.


Señorita Adriana

Mi señorita Adriana, de segundo grado, fue la que me recibió siempre con una sonrisa cariñosa, un abrazo de esos que llegaban a transmitir paz. Fue la que me enseñó que con esfuerzo, se puede llegar a donde me proponga. Gracias a ella aprendí que el compañerismo, la fraternidad y el amor son la base para llegar a cualquier lado. Recuerdo que enseñaba con paciencia, imploraba orden y tiene y tenía un gran interés por que aprendamos, siempre fue observadora y por supuesto carismática. Ella no necesita elogios, con el cariño de los alumnos que la hemos conocido, le basta para sentirse querida. Enseñó con dedicación, ahora sé que es una tarea difícil con niños de 6 o 7 años, y quiero decirle que gracias a ella no sólo estudié matemáticas, lengua, si no que aprendí también a vivir la vida con una sonrisa, con solidaridad. Nos enseñó que la imperfección tiene lados buenos, y que son todos diferentes.

Nos enseñó también como curso a caminar juntos. Como amigos. Soy María Celia. Segundo grado, año 2011. ¿Para qué escribir mil palabras si con solo dos alcanzan? Te quiero.  


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