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Nuestro desafío: una autonomía a escala humana

- 10:48 Opinión

Por Ricardo Daniel Daives. Diputado Nacional.

Desde el momento en que naciera esta oportunidad de reflexionar juntos este tiempo histórico, único y nuestro, comencé a preguntarme si somos conscientes de que transitamos hoy una contundente ruptura entre la lógica moderna hacia una posmoderna. O para decirlo de un modo más llano, entre la lógica política del siglo XX y la que inaugura el siglo XXI.

Es pertinente también preguntarnos si hemos construido los santiagueños nuestra historia, honrando el legado que nos dejaran, en igualdad de méritos, Juan Francisco Borges y Juan Felipe Ibarra.

Esos interrogantes dispararon mi comprensión de otras variables. Por ejemplo, lo que sostuvo el gobernador Gerardo Zamora en el acto de lanzamiento oficial del Bicentenario de la Autonomía provincial, «hoy es necesario repensar la historia de lo que ocurrió a partir de aquel 1820». Y lo que ocurrió, fue la vigencia omnipresente, de un relato histórico-político nacional centralista, que diseñó modos y categorías de pensamiento para legitimar sus prácticas opresivas sobre un “interior” que terminó ocupando la centralidad de una idea de identidad, de Nación.

Nuestro gobernador también expresó ese 2 de enero que «las provincias, en consecuencia, no surgieron como parte constitutiva de un Estado central, sino como Estados Soberanos, autónomos con un nuevo régimen representativo». Aquí resulta indefectible reconocer una tensión histórica entre dos concepciones de Estado, tensiones que se evidencian todavía (y quizás más que nunca), en la lógica subyacente de lo que se contó, en cómo se contó y desde dónde se contó.


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De ese discurso también se desprende otro acierto, al sostener que la Autonomía debe ser pensada como «la dimensión positiva de la libertad que implica hacerse cargo del propio destino, ser dueños de sí y auto-determinarnos como sociedad organizada», ya que es esa la síntesis de un pensamiento nutrido en el valor de la reivindicación de nuestro rol como herederos de aquellas luchas.

Ahora bien, siguiendo su razonamiento de que «nuestra generación tiene ante sí el desafío y la oportunidad de construir un proyecto de Autonomía a escala humana, no dependiente», podemos celebrar que haya sido la política la madre de un proyecto, consecuente y superador, que fortalece al Santiago de hoy para su inserción en la sociedad global que vivimos en este siglo XXI.

Por eso, en Santiago del Estero hemos resignificado a nuestras instituciones, para que la democracia viva en su dimensión sustancial y no meramente formal. Esto es participación y pluralidad de voces, diálogo intersectorial y un gobierno surgido de un consenso básico que contempla los intereses comunes, que no son otros que los de nuestra provincia como Estado y los de nuestro pueblo como tal. Un pueblo cuyos jóvenes ya no nutren los cordones industriales de “provincias ricas”, porque buscan y encuentran, cada día más, su futuro en su propio suelo natal, su provincia, su lugar, Santiago del Estero.

El modelo político que impulsa nuestro gobierno es de integración real y de participación horizontal en la búsqueda de las mejores respuestas para los sectores más vulnerables, desde una ética de la solidaridad. La ética que nutría la concepción política de Raúl Alfonsín, entre otras lúcidas democráticas y humanas conciencias políticas que lucharon por la igualdad de los pueblos en sentido total, por lo que hoy nosotros podemos decir lo que somos, porque hemos superado aquel principio que nos daba sentido solo a partir y desde la mirada del afuera.

Hoy Santiago del Estero trabaja para fortalecer una economía «del conocimiento» e invierte «en el capital humano y el capital social» y quiere aportar su dinámica objetiva y su sustento, que es una ética política de integración e igualación en el campo de los derechos individuales y colectivos, a un proyecto de Nación que se nutre también de otras miradas federales que ponen en valor la noción de regionalismo, en el marco de un nuevo federalismo con el norte puesto en trabajar en un nuevo formato organizacional a nivel institucional nacional.


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Este, nuestro tiempo, es un tiempo de posmodernidad porque vivimos una permanente transformación y reformulación de modelos de convivencia y de representación, lo que ha modificado la idea tradicional de democracia como emergente de una secularidad que es el signo distintivo del Estado, en tanto se reconoce responsable de ordenar una realidad de diversidades nuevas a las que debe asegurar la vigencia de las garantías constitucionales, desde una ética que contenga la dignidad de los menos favorecidos.

Y no se trata de la sustitución mera de un sistema, sino de su mejoramiento constante dentro de las reglas éticas y de pluralismo que la sociedad necesita y reclama. Es decir, en palabras de Gerardo Zamora, un Estado «que conjugue la competitividad económica con la solidaridad social y la protección del medio ambiente».

Por aquello de que la ética política que sostenga un pueblo, determinará cómo ha de hablar de ese pueblo la Historia, debamos pensar que en este siglo XXI, hemos comenzado a escribir «una autonomía a escala humana». Entonces el desafío está planteado, somos nosotros los que decimos lo que somos y escribimos hoy la historia de nuestro tiempo de cambios culturales, de nuevos paradigmas y de transformaciones.

Somos nosotros quienes decidimos cómo queremos que de nosotros hable la Historia.


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