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Una bandeña de cuarentena en Madrid

- 18:09 Opinión

Por Silvia Pérez Trejo. Periodista. Escritora. General Manager Imagine Press Ediciones SL.

El 15 de marzo pasado fue declarada la Alarma Nacional Sanitaria en España que determinó el confinamiento obligatorio de todos los ciudadanos. Acaba de ser prorrogada hasta el 26 de abril. De igual manera, Pedro Sánchez, el presidente español, advirtió a la población que seguramente la situación de confinamiento se alargaría más tiempo.

La cifra de muertos asciende a más de 13.000 personas y 135.000 infectados. No hay absolutamente nadie en este país que no tenga algún fallecido o contagiado cerca. La pandemia se ha cebado especialmente, y de forma escalofriante, con Madrid, la capital del Reino.

Vivo en España hace 25 años, por lo que me considero hija adoptiva de Madrid, gran ciudad cosmopolita, multirracial y generosa como pocas. Estoy muy agradecida a esta tierra, aquí formé mi familia, nació mi hija y tuve muy buenas oportunidades profesionales.

Le debo tanto a este país que muchas veces lloro de tristeza e impotencia cada vez que veo por televisión los cientos de féretros cargados en cualquier vehículo desfilar hacia las pistas de patinajes sobre hielo, ahora convertidas en morgues improvisadas. Las funerarias y los cementerios están colapsados.

Siempre digo que aprendí a disfrutar de la vida en este país. He viajado bastante por el mundo y ningún otro país de los que conocí, tiene esa maravillosa alegría de vivir de los españoles. Se han conservado, con mucho mimo, viejas tradiciones y sus fiestas populares. La característica principal que los define es su afición por hacer vida en la calle, da igual que sea invierno o verano o caigan truenos. Pasan una buena parte de su día en los bares y restaurantes. Siempre hay algún motivo que celebrar.


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Recuerdo perfectamente lo que me llamó poderosamente la atención cuando llegué, por primera vez, a Madrid. La gente reía a carcajadas. Con ganas. Siempre con una sonrisa amable. Nunca una pena, nunca una queja. Era un país de gente feliz, que disfrutaba y celebraba la vida hasta que llegó la pandemia, hace apenas 30 días, y todo cambió.

Estoy convencida que mi hija Samira y yo nos salvamos del contagio masivo de Madrid (y cruzo los dedos para que siga así) por haber tomado precauciones mucho tiempo antes de que el Gobierno español tomara conciencia de la gravedad de la situación. El hecho de  haber vivido muchos años en Shanghái y haber aprendido de la disciplina china ayudó mucho. Todavía tengo muchos amigos allí, los llamaba casi a diario para animarlos y hacerles llevadero el encierro. Hoy, es justamente al revés, son ellos los que me llaman cada día preocupados por lo que sucede aquí (según las cifras del Gobierno asiático, España ha triplicado el número de fallecidos chinos), por lo que sabía, al detalle, lo que estaba ocurriendo y la gravedad de la pandemia.

Como ha ocurrido en muchos otros países del mundo, las autoridades confiaron que el virus no saldría de las fronteras chinas, era inconcebible que llegara a la Europa de los países ricos y felices, de los adelantos científicos y de la medicina próspera y abundante.

Apenas tuvimos conocimiento que el virus había llegado a España, nos autoimpusimos una cuarentena bastante tiempo antes de que se decretara oficialmente. Mi hija es asmática, está en la franja de personas de riesgo con lo cual no había más opciones que el aislamiento más extremo y cuanto antes. Desde ese día, (llevamos más tiempo que el resto del país) no dejo que mi hija ni se acerque a la puerta.

Soy yo la única que salgo a la calle, solo para hacer la compra cada 15 días. Ahora las entregas a domicilio se han suspendido o la lista de espera es de 15 días. A mí no me importa, hay que ser creativos y darnos vuelta con lo tenemos, hago una compra grande y la traigo a casa en una valija con ruedas.

Cada vez que salgo a la calle tengo que prepararme como si fuera a una zona de guerra. Lo peor, es que no puedes ver al enemigo, ahora nos enteramos que está hasta en el mismo aire que respiras y en todas las superficies.

Ahora salgo con barbijo (solo conseguí uno, pagado a precio abusivo, costaba 0,50 céntimos y ahora te piden 5 euros), un par de guantes de látex que desinfecto cada vez y un gel que tuve que esperar 15 días que llegara a la farmacia. Hay un desabastecimiento brutal. No hay manera de conseguir lo básico: barbijo, guantes y gel desinfectante. No hay control de precios, el Gobierno está desbordado y como la gente ha caído en la desesperación, en el mercado negro y en algunas farmacias, están pidiendo 20 euros por un pedazo de tela que dicen que es un barbijo. Algo increíble de pensar hasta hace poco tiempo atrás que fuera posible algo así en un país europeo.

En un país donde las relaciones sociales, con los vecinos y con la gente en general es común y casi una religión, tuve que hacer rutinas para evitar todo lo posible el contacto con personas y no tocar nada. Voy al supermercado a la hora de la comida, cuando apenas hay movimiento. Hace pocos días los comercios de alimentos tienen la obligación de poner un empleado en la entrada para controlar el número de clientes, nunca debe superar a lo que se estima una distancia prudencial. Te dan unos guantes de plástico y te piden que hagas tu compra lo más rápido posible.

Regreso a casa y repito el ritual cuidadosamente. Dejo el calzado en la entrada, las bolsas y todo lo que traje de fuera. Desinfecto todo con un pulverizador de agua con lavandina. Me quito la ropa, la pongo inmediatamente en el lavarropa con agua caliente y me ducho. Todo cuidado es poco.

Lo peor que llevo es no poder abrazar a mi hija cada día y darle besos como antes. Hasta en casa mantenemos la distancia física, no nos tocamos. Aunque hacemos vida en común, me alejo de ella todo lo que puedo, soy la que salgo a la calle.

Cada tarde, a las 20:00 hs., toda España sale a las ventanas a aplaudir con todas las fuerzas para agradecer al personal sanitario que se está dejando la vida para salvar a los demás. España sigue siendo un enorme corazón solidario, y salvo pocas excepciones, se cumple a rajatabla las recomendaciones del Gobierno.


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Cada vez que salgo a mi balcón, veo las calles vacías, sin ruido, sin esas terrazas llenas de gente y de risas estridentes. Es como si los zoombies nos acecharan. Nadie se atreve a hacer ruido, tampoco se escucha esa música a todo volumen que antes no faltaba en ningún lado. Solo se escucha como un aullido las sirenas de las ambulancias. Te imaginas lo peor. Rezas para que no llegue a tu edificio, significa que vienen a buscar a alguno de tus vecinos que puede estar agonizando.

Para no entrar en el pánico colectivo, nosotras aprovechamos el tiempo al máximo. No vemos la televisión, solo unos minutos para estar al día. Luego tenemos nuestra rutina como si hiciéramos una vida normal. Mi hija dedicada al trabajo final de su máster y yo con mis nuevos proyectos online. Estuve muchos años viviendo fuera del país con lo que estamos recuperando todo ese tiempo de ausencias. Trabajamos mucho en ser positivas y agradecemos a Dios cada día por estar juntas y con vida.

Y me sumo al lema que Italia hizo suyo, esa esperanza que ahora contagia España: «Confiemos. Todo saldrá bien».


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